Crucifixión y las Santas Mujeres
en el sepulcro
Último cuarto del siglo XIII
S. Brabant, Países Bajos
TACIANO, DISCURSO CONTRA LOS GRIEGOS (continuación)[1]
La doctrina de los cristianos. La creación5. Dios era en el principio (Jn 1,1; cf. Gn 1,1); y nosotros hemos recibido la tradición que el principio estaba el poder del Verbo. Porque el Dueño del universo, que es por sí mismo soporte de todo, en cuanto la creación no había sido aún hecha, estaba solo; pero en cuanto estaba con Él todo poder sobre lo visible e invisible, todo lo estableció Él mismo y el Verbo que estaba en Él, por medio del poder del Verbo. Por su sola voluntad, sale el Verbo; y el Verbo, no salta en el vacío, sino que resulta la obra primogénita del Padre (cf. Col 1,15).
Sabemos que Él es el principio del mundo; pero se produjo no por división, sino por participación. Porque lo que se divide queda separado del origen; pero lo que se da por participación, tomando carácter de una dispensación, no disminuye la fuente de donde se toma. Porque a la manera que de una sola antorcha se encienden muchos fuegos, pero no por encenderse muchas antorchas se disminuye la luz de la primera, así también el Verbo, procediendo del poder del Padre, no dejó sin razón al que había engendrado. Es así que yo mismo estoy hablando y ustedes me escuchan, y, ciertamente, no porque mi palabra pase a ustedes me quedo yo vacío de palabras al conversar con ustedes, sino que al emitir mi voz, me propongo ordenar la materia que está en ustedes desordenada. Y a la manera que el Verbo, engendrado en el principio, después de engendrar nuestra creación mediante la fabricación de la materia por sí mismo, así yo, he sido reengendrado, a imitación del Verbo, y habiendo comprendido la verdad, trato de organizar la confusión de la materia, de cuyo origen participo. Porque no es la materia sin principio, como Dios, ni por ser principio es igual en poder a Dios, sino que ha sido creada, y no por otro ha sido creada, sino por el que es Creador de todas las cosas.
La resurrección del cuerpo6. Por eso también creemos que ha de darse la resurrección de los cuerpos después de la consumación del universo; pero no a la manera como dogmatizan los estoicos, según los cuales las mismas cosas nacen y perecen después de determinados períodos cíclicos, sin utilidad ninguna; sino de una sola vez, totalmente acabados los tiempos que vivimos, se dará la resurrección de solos los hombres por razón del juicio. Entonces nos juzgarán no Minos ni Radamante, antes de cuya muerte, como dicen las fábulas, ningún alma era juzgada, sino que el juez es el mismo Dios que nos ha creado. Y por más que nos tengan por necios y charlatanes (cf. Hch 17,18), nada se nos importa de ello, después que hemos creído en esta doctrina. Porque a la manera que, no existiendo antes de nacer, ignoraba yo quién era, y sólo estaba latente en la sustancia de la materia física; a través de mi nacimiento yo, que antes no era, creí que existía; de la misma manera, al haber nacido, por la muerte dejaré de ser y otra vez desapareceré de la vista de todos; nuevamente volveré al estado previo de no existencia que precedió a mi nacimiento; y aun cuando el fuego destruya mi carne, el universo recibe la materia evaporada; y si desaparezco en los ríos o en el mar o soy despedazado por las fieras, quedo con todo depositado en los tesoros de un dueño rico. El pobre ateo desconoce estos depósitos; pero Dios, que es rey, cuando quiera restablecerá en su ser primero mi sustancia, que sólo para Él está visible.
La creación de los ángeles y de los hombres. La caída7. El Verbo celestial, espíritu que viene del Espíritu y Verbo del poder del Verbo, a imitación del Padre que a Él le engendrara, hizo al hombre imagen de la inmortalidad, a fin de que, como en Dios se da la incorrupción, del mismo modo el hombre, participando de la herencia de Dios, posea el ser inmortal.
Ahora bien, el Verbo, antes de crear a los hombres, fue artífice de los ángeles, y una y otra especie de criaturas fue hecha libre, sin tener en sí la naturaleza del bien, que sólo Dios posee, sino que se cumple por los hombres gracias a su libre elección. De este modo, el malo es con justicia castigado, pues por su culpa se hizo malo; y el bueno merecidamente es alabado por sus buenas obras, pues, ejerciendo su libre albedrío, no traspasó la voluntad de Dios. Tal es nuestra doctrina sobre los ángeles y los hombres.
Pero como el poder del Verbo tenía en sí la presciencia de lo por venir, no por la fatalidad del destino, sino por la libre determinación de los que eligen, predijo los acontecimientos futuros, y por sus prohibiciones puso freno a la maldad, y alabó a los que perseveran en el bien. Sucedió, sin embargo, que a uno que, por ser criatura primogénita, aventajaba a los demás en inteligencia, le siguieron los hombres y los ángeles y le proclamaron dios, a aquel justamente que se había revelado contra la ley de Dios; y entonces el poder del Verbo desterró al archirebelde y a sus seguidores de la convivencia con Él. Así, el hombre, que había sido creado a imagen de Dios, al apartarse de él el espíritu más poderoso, devino mortal; y el que fuera primogénito, por su transgresión y su rebelión fue declarado demonio, junto con todos los que habían seguido su ejemplo. Y los que imitaron sus fantasías formaron el ejército de los demonios, los cuales, por razón de su libre albedrío, fueron entregados a su propia insensata locura.
Contra la mitología y la astrología8. Los hombres se convirtieron en el objeto de la apostasía de los demonios, porque habiéndoles mostrado, como los que juegan a los dados, el mapa de las constelaciones, introdujeron el factor del destino, muy injusto por cierto; porque conduce tanto al que juzga como al que es juzgado adonde están hoy; y los que asesinan y sus víctimas, los ricos y los pobres, todos son hijos del destino; y todo nacimiento, como en función de teatro, procura placer a los demonios, entre los cuales, como dice Homero: “Carcajada inextinta se levantó entre los dioses bienhadados” (
Ilíada 1,599;
Odisea 8,326).
Los que están contemplando las luchas cuerpo a cuerpo, favoreciendo uno a uno y otro a otro, el que se casa y corrompe a los jóvenes, adultera, ríe, se irrita, huye de la batalla, y es herido, ¿cómo no ha de tenérsele por mortal? Porque por las mismas acciones por las que los dioses mostraron a los hombres de qué naturaleza eran, los demonios incitaron a los que las oían a practicar cosas semejantes (por no decir nada de su misma sujeción al destino, con Zeus su capitán a la cabeza, cayeron también bajo la influencia de las mismas pasiones huamanas). Por otra parte, ¿cómo honrar a aquellos entre quienes reina tal contrariedad de pareceres? Porque Rea, a quien llaman Cibeles los habitantes de las montañas de Frigia, a causa de su querido Atis, puso por ley la mutilación de los órganos viriles; Afrodita, en cambio, se complace en los brazos del matrimonio; Artemisa se da a la hechicería; Apolo, a la medicina. Después de cortada la cabeza de Gorgo, la querida de Poseidón, de la que brotó el caballo Pegaso y Crisaor, Atenea y Asclepio se distribuyeron las gotas de la sangre; éste curaba con ellas, y Atenea, fabricante de la guerra, con la misma sucia sangre asesinaba hombres. Yo creo que los atenienses, no queriéndola deshonrar, atribuyen el fruto de su unión con Hefesto a la tierra, para que no se piense que, como Atalanta por Meleagro, así fue Atenea privada de su hombría por Hefesto. Porque es natural que el lisiado de ambos pies, que fabrica broches y flexibles brazaletes, engatusara con estos mujeriles adornos a la niña huérfana de madre. Poseidón es navegante; Ares se complace en las guerras; Apolo tañe la citara; Dionisio es tirano de los tebanos; Crono, tiranicida; Zeus se une con su propia hija y ésta concibe de su padre. Testimonio me dará ahora Eleusis y la mística serpiente, y Orfeo que grita: “Cierren las puertas a los profanos” (
Orphicorum fragmenta, fr. 334; ed. O. Kern, Berlin 1922).
Aidoneo (= Hades) rapta a Koré y sus hechos se han convertido en misterios. Demetra llora a su hija, y muchos se dejan engañar por los atenienses. En el precinto del hijo de Leto, hay un punto que se llama el Ombligo, y el Ombligo es el sepulcro de Dioniso. Ahora te alabo a tí, oh Dafne, que, después de vencer la lujuria de Apolo, confundiste sus artes adivinatorias, pues al no saber de antemano lo que había de ser de ti, de nada le sirvió su arte. Dígame ahora el Flechador certero (Apolo) qué le hizo Zéfiro a Jacinto. Zéfiro lo venció. En palabras del trágico: “Un soplo de viento es el carro más preciado para los dioses” (
Adespoton tragicum 565;
Tragicorum Graecorum Fragmenta; ed. A. Nauck, Hildesheim 1964, 2da. ed.). Vencido por un momentáneo soplo de viento, Apolo perdió a su amado.
Somos superiores al destino9. Tales son los demonios que desafiaron al destino. Su primer principio fue el don de la vida. Porque los que se arrastran por la tierra, los que nadan en las aguas y los que en los montes andan a cuatro patas, con los que ellos pasaron su vida al ser expulsados de la vida del cielo; a todos ésos tuvieron por dignos del honor celestial, parte para hacer creer que viven ellos todavía en el cielo, para justificar como racional, por su colocación en las estrellas, su irracional conducta sobre la tierra. Así, el activo y el perezoso, el continente y el intemperante, el rico y el pobre, todos pertenecen a quienes ordenaron sus nacimientos. Porque la configuración del circulo del Zodíaco es una obra de los dioses; y cuando la luz de uno de ellos está en ascenso, mientras dura, triunfa sobre la mayoría, hasta que el ciclo lleve al que ahora es vencido a vencer de nuevo; pero los que se divierten con ellos son los siete planetas, como quienes juegan a los dados. Pero nosotros somos superiores al destino y, en vez de demonios errantes, hemos conocido a un solo Señor inerrante; no somos conducidos por el destino y hemos rechazado a sus legisladores. Dime, en el nombre de Dios: “¿Triptolemo sembró el trigo, y después de su duelo se convierte Demetra en bienhechora de los atenienses? Entonces, ¿por qué antes de perder a su hija no fue bienhechora de los hombres? En el cielo se puede ver el perro de Erigona, y el escorpión que ayudó a Artemisa, y el centauro Quírón, y la mitad de Argos, y el oso de Calisto. Entonces, ¿cómo estaba el cielo en desorden antes de ser colocados esos cuerpos en sus preordenados puestos? ¿A quién no ha de parecerle ridículo que el Triángulo (es decir, en forma de delta) se haya puesto entre los astros, según unos por la forma de Sicilia y, según otros, por ser la primera letra del nombre de Zeus? ¿Por qué entonces no son también honradas en el cielo Cerdeña y Chipre? ¿Por qué no se han puesto también entre los astros los monogramas de los hermanos de Zeus, que se repartieron con él los reinos? ¿Cómo, en fin, Cronos, que fue encadenado y expulsado de su reino es constituido administrador del destino? ¿Cómo puede dar reinos el que ya no es rey? Depongan, pues, tanta necedad y no cometan un crimen odiándonos injustamente.
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(1) Cf. Padres Apostólicos y Apologistas Griegos (S. II). Introducción, notas y versión española por Daniel Ruiz Bueno, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, pp. 1287 ss. (BAC 629); Tatian. Oratio ad Graecos and Fragments. Edited and translated by Molly Whittaker, Oxford, Clarendon Press, 1982 (reimpresión: 2003), pp. 2 ss. Ofrecemos una versión revisada, con el agregado de subtítulos para facilitar la lectura del texto.