San Juan
1285
Evangeliario
Constantinopla?
SAN JUSTINO, DIÁLOGO CON TRIFÓN (continuación)
La promesa de una descendencia universal fue hecha también a Isaac y a Jacob, de quien Cristo desciende por María. Es a Cristo, por ende, que se aplica la bendición de Judá y el símbolo del martirio de Isaías. La doble descendencia constituida por las naciones y los Judíos convertidos a Cristo
120. [1] Consideren, sin embargo, cómo las mismas promesas se hacen también a Isaac y a Jacob. Con Isaac, en efecto, habla así: “Serán bendecidas en tu descendencia todas las tribus de la tierra” (cf. Gn 26,4). Y con Jacob: “Serán bendecidas en ti todas las tribus de la tierra, y en tu descendencia” (cf. Gn 28,14). Esto ya no se dice ni a Esaú ni a Rubén, ni a otro alguno, sino sólo a aquellos de quienes debía nacer el Cristo, conforme a la economía realizada por intermedio de la virgen María.
[2] Si examinas la bendición de Judá, verás sin duda lo que digo. Porque la descendencia de Jacob se divide (cf. Gn 28,14) y se prolonga por Judá, Fares, Jesé y David. Todo esto era un símbolo, que algunos de su pueblo se hallarían entre los hijos de Abraham por encontrarse también en la parte de Cristo (cf. Dt 32,9; Za 2,12); otros, en cambio, son hijos, sí, de Abraham, pero semejantes a la arena de la orilla del mar (cf. Gn 22,17), que es estéril y sin fruto (cf. Mt 13,22; Mc 4,19); mucha, ciertamente, e imposible de contar; pero que no produce absolutamente nada, y que sólo bebe el agua del mar. Tal se comprueba en una gran número de los de su raza, que se beben las doctrinas de amargura y de impiedad, y vomitan la palabra de Dios.
[3] Así está dicho, a propósito de Judá: “No faltará príncipe de Judá ni guía salido de sus muslos, hasta que venga a quien está reservado. Y él mismo será la expectación de las naciones” (cf. Gn 49,10). Es evidente que esto no se dijo de Judá, sino de Cristo; porque nosotros, gentes de todas las naciones, no esperamos a Judá, sino a Jesús, que fue quien también guió a sus padres fuera de Egipto (cf. Ex 13,9). Es hasta la parusía de Cristo, en efecto, lo que significa la profecía que proclama anticipadamente: “Hasta que venga Aquel a quien está reservado, y él mismo será la expectación de las naciones”. [4] Él, pues, ha venido (cf. Gn 49,10), como lo hemos demostrado en muchas ocasiones, y se espera que aparezca de nuevo (cf. Gn 49,10) sobre las nubes (cf. Dn 7,13; Mt 26,64; Mc 14,62)). Jesús, cuyo nombre ustedes profanan y siguen trabajando para que sea profanado por toda la tierra (cf. Ml 1,11-12; Is 52,5).
Posible me fuera, señores -proseguí-, discutir con ustedes sobre la expresión que interpretan, diciendo que el original es: “Hasta que vengan las cosas que le están reservadas” (cf. Gn 49,10); pero no es así que lo tradujeron los Setenta, sino: “Hasta que venga Aquel a quien está reservado.” [5] Pero como lo que sigue indica que se dijo de Cristo (dice así, en efecto: “Y él mismo será la expectación de las naciones” [cf. Gn 49,10]), no voy a discutir con ustedes por una simple palabra, del mismo modo que tampoco he buscado establecer mi demostración relativa al Cristo sobre Escrituras no reconocidas por ustedes, como los pasajes que les cité, del profeta Jeremías, de Esdras y de David, sino sobre las que hasta ahora ustedes reconocen.
Si sus maestros las hubieran entendido, sepan bien que las hubieran hecho desaparecer, como ha sucedido con las que narran la muerte de Isaías, a quien ustedes aserraron con una sierra de madera, otro símbolo de Cristo, que ha de cortar en dos partes a su pueblo, y a los que lo merezcan les concederá un reino eterno con los santos patriarcas y profetas (cf. Dn 7,27), y a los demás los enviará al suplicio del fuego inextinguible con los que, procedentes de todas las naciones, son como ellos incrédulos y no se convierten, pues ya Él dijo: [6] “Vendrán de Oriente y de Occidente, y tendrán parte en el festín con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; mientras que los hijos del reino serán arrojados a las tinieblas de fuera” (Mt 8,11; cf. Lc 12,28-29).
Y esto se los digo -añadí- porque yo de ninguna otra cosa me preocupo, sino de decir la verdad, y la afirmaré sin temer a nadie, aunque hubiera de ser inmediatamente despedazado por ustedes. Pues no tengo temor de nadie de mi raza, quiero decir, de los samaritanos, ya que me dirigí por escrito al Emperador, para decirle que estaban engañados creyendo en el mago Simón, de su propio pueblo, que afirman ellos ser Dios por encima de todo principado, toda autoridad y toda potestad (cf. Ef 1,21).
La fe universal en Jesús “luz de las naciones” atestigua que Él es el Cristo
121. [1] Como ellos guardaran silencio, proseguí: -(El Verbo) hablando de ese Cristo por intermedio de David, ya no dice que las naciones serán bendecidas en su descendencia, sino en Él (cf. Gn 28,14; 26,4; Sal 71,17).
He aquí el pasaje: “Su nombre es para la eternidad, se levantará por encima del sol; serán bendecidas en Él todas las naciones” (cf. Sal 71,17). Ahora bien, si en Cristo son bendecidas todas las naciones y nosotros que venimos de todas las naciones creemos en Él; luego Él es el Cristo, y nosotros mismos quienes por su intermedio somos bendecidos.
[2] Dios, como está escrito, permitió antaño que fuera adorado el sol (cf. Dt 4,19); pero no se ve que nadie estuviera dispuesto a morir por su fe en el sol; en cambio, por el nombre de Cristo, se puede ver cómo personas de todo linaje de hombres lo han soportado y soportan todo antes que renegarle. Porque el Verbo de verdad y de sabiduría (cf. Ef 1,3; Col 1,5; 2 Tm 2,15; St 1,18) es todavía más ardiente y más luminoso que las potencias del sol, y penetra hasta las profundidades del corazón y del espíritu (cf. Hb 4,12?). De ahí que el Verbo dijera: “Por encima del sol se elevará su nombre” (Sal 71,17). Y otra vez: “Oriente es su nombre”, dice Zacarías (cf. Za 6,12). Y el mismo Zacarías, hablando sobre Él, había dicho: “Lo verán tribu por tribu” (cf. Za 12,10. 12; Is 52,10. 15).
[3] Pues si, en su primera venida, que fue sin honor, sin hermosura, sin apariencia y objeto de desprecio (cf. Is 53,3; Sal 21,7), mostró tanto brilló y tanta fuerza que en ninguna raza de hombres se le desconoce, y han hecho sin reserva penitencia de la antigua mala conducta propia de cada raza, y los mismos demonios se someten a su nombre (cf. Lc 10,17), y a le temen todos los principados y los reinos (cf. Ef 1,21; 3,10; Col 1,16; 2,15) más aún que a todos los muertos, ¿no destruirá absolutamente en su venida gloriosa a todos los que le han odiado (cf. Dt 32,43?; Pr 8,36?) y se han apartado de Él injustamente, y concederá descanso a los suyos, dándoles todo lo que esperan (cf. Gn 49,10)?
[4] A nosotros, pues, se nos ha concedido escuchar, entender y ser salvados por ese Cristo y aprender a conocer todo lo del Padre (cf. Jn 14,7?). Por eso le decía: “Gran cosa es para ti ser llamado mi servidor, establecer las tribus de Jacob y reunir las dispersas de Israel. Te he puesto por luz de las naciones, para que seas su salvación hasta los confines de la tierra” (Is 49,6).
La “luz de las naciones” no es la Ley, adoptada por los prosélitos, sino el Cristo de quien las naciones son “la herencia”
122. [1] Ustedes piensan que esas palabras se refieren al “geora”(1) y a los prosélitos; pero en realidad fueron dichas de nosotros, los que hemos sido iluminados por intermedio de Jesús (cf. cf. Is 49,6). En otro caso, también por ellos hubiera dado Cristo testimonio (cf. Is 43,10); pero la verdad es que, como él mismo dijo, se hacen doblemente hijos de la Gehena (cf. Mt 23,15). No fueron, pues, dichas para ellos las palabras de los profetas, sino para nosotros, sobre quienes dice también el Verbo: “Llevaré a los ciegos por un camino que no conocían, y andarán por senderos que desconocían. Y yo soy testigo, dice el Señor Dios, con mi servidor a quien escogí” (cf. Is 42,16; 43,10).
[2] ¿Por quiénes, pues, da Cristo testimonio (cf. Is 43,10)? Evidentemente, por los que han creído (cf. Is 43.10?). Pero los prosélitos no sólo no creen, sino que blasfeman doblemente que ustedes contra su nombre (cf. Mt 23,15; Is 52,5), y quieren matarnos y atormentarnos a los que creemos en Él, como quiera que en todo ponen empeño por asemejarse a ustedes. [3] Otra vez también exclama: “Yo, el Señor, te llamé en justicia, te tomaré de la mano y te fortaleceré, te pondré para alianza del pueblo, para luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para liberar de sus cadenas a los encadenados…” (Is 42,6-7). Todo esto, amigos, está dicho con relación a Cristo y a las naciones que recibieron la luz. ¿O es que otra vez van a decir que se habla de la ley y de los prosélitos, al pronunciar estas palabras?
[4] Aquí, como si estuvieran el teatro, rompieron a gritos algunos de los que habían llegado el segundo día: -¿Pues qué? ¿No se habla ahí de la ley y de aquellos que por ella fueron iluminados (cf. Is 42,6)? Y éstos son los prosélitos.
[5] -¡De ninguna manera! -contesté yo, mirando a Trifón-; pues si la ley fuese capaz de iluminar a las naciones (cf. Is 42,6) y a quienes la poseen, ¿qué falta hacía de una nueva alianza (cf. Jr 31.31)? Pero ya que Dios anunció que mandaría una nueva alianza, una ley y ordenamiento eternos (cf. Sal 2,7?), no hemos de entender la antigua ley (cf. 2 Co 3,14?) y sus prosélitos, sino a Cristo y los sus prosélitos, a nosotros los gentiles, a quienes Él ha iluminado, como en algún lugar lo dice: «Así habla el Señor: “En el tiempo propicio te escuché y en el día de la salvación te socorrí, y te establecí como alianza de las naciones, para fundar el país y tomar por herencia los lugares desiertos”» (Is 49,8).
[6] Ahora bien, ¿cuál es la herencia de Cristo (cf. Is 49,8)? ¿No son las naciones? ¿Cuál es la alianza de Dios (cf. Is 49,8)? ¿No es Cristo? Como dice en otra parte: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo y te daré las naciones por herencia, y para posesión tuya los confines de la tierra” (Sal 2,7-8).
La interpretación judía de la expresión “luz de las naciones” es absurda. Los cristianos son, por el Cristo, el verdadero Israel
123. [1] Ahora, pues, como todo esto se refiere a Cristo y a las naciones, así han de considerar que se refiere lo anterior (cf. 121). Porque nada necesitan los prosélitos de una alianza nueva, cuando ya está puesta una sola y única ley para todos los circuncisos. Acerca de éstos dice la Escritura: “El geora se añadirá también a ellos, y se agregará a la casa de Jacob” (Is 14,1). El prosélito (cf. Lv 19,34; Ex 12,48) que se hace circuncidar para acercarse al pueblo, es como si fuera un autóctono; pero nosotros, aún cuando hemos merecido ser llamados “pueblo”, somos, sin embargo, una “nación” por no estar circuncidados.
[2] Por otra parte, es ridículo que ustedes piensen que a los prosélitos se les han abierto los ojos (cf. Is 42,7), y a ustedes no; que ustedes sean llamados ciegos y sordos (cf. Is 42,7. 16. 19), y ellos iluminados (cf. Is 49,6). Y resultará, en fin, el colmo de la ridiculez, si pretenden que la ley fue dada para las naciones, mientras que ustedes no la han ni conocido. [3] Porque entonces temerían la cólera de Dios (cf. Is 42,25; 57,16?), y no serían esos hijos sin ley (cf. Is 57,3), extraviados, avergonzados de oírle decir sin cesar: “Hijos en quienes no hay fe” (cf. Dt 32,20). Y: “¿Quién es el ciego, sino mis hijos; y el sordo, sino quienes los gobiernan? Se hicieron ciegos los servidores de Dios. Ustedes saben, muchas veces, pero no se precavieron; estaban sus oídos abiertos, y no oyeron” (Is 42,19-20).
[4] ¿Conque les parece bien esta alabanza que viene de Dios? ¿Y de parte de Dios, este testimonio para los servidores (cf. Is 43,10; 42,19)? Por muchas veces que oigan estos mismos reproches, no tienen vergüenza, no se estremecen ante las amenazas de Dios, sino que son un pueblo necio y de corazón endurecido (cf. Jr 5,21). “Por eso, miren que seguiré transfiriendo a este pueblo -dice el Señor- los transportaré, y les quitaré su sabiduría a los sabios y haré desaparecer la inteligencia de los inteligentes” (Is 29,14; cf. 1 Co 1,19). Y con razón, porque no son ni sabios, ni inteligentes, sino ásperos y astutos: “Sabios sólo para obrar el mal” (cf. Jr 4,22); pero incapaces para conocer el oculto designio de Dios y la alianza fiel del Señor (cf. Is 55,3), o hallar los senderos eternos (cf. Jr 6,16).
[5] Por lo tanto, dice Él: “Suscitaré para Israel y para Judá una descendencia de hombres y una descendencia de bestias” (Jr 31,27). Y por intermedio de Isaías dice sobre el otro Israel: «En aquel día habrá un tercer Israel entre los asirios y los egipcios, bendecido en la tierra que bendijo el Señor Sabaoth diciendo: “Bendito será mi pueblo que está en Egipto y entre los asirios, y mi herencia Israel”» (Is 19,24-25). [6] Pues si Dios bendice a este pueblo (cf. Is 19,25), le llama Israel y proclama que es herencia suya, ¿por qué no se arrepienten de engañarse a ustedes mismos, como si fueran el solo Israel, y de maldecir al pueblo que es bendecido por Dios? Pues cuando hablaba a Jerusalén y a su comarca, dijo también así: “Engendraré sobre ustedes hombres, mi pueblo de Israel. Ellos las heredarán, serán posesión suya y no sucederá ya que estén sin hijos de ellos” (Ez 36,12).
[7] -¿Cómo -dijo entonces Trifón-, conque ustedes son Israel y de ustedes dice Él todo eso?
-Si no hubiéramos ya, Trifón, tratado largamente esa cuestión, dudaría si me preguntas eso por no entenderlo; pero como ya quedó demostrada y tú conveniste en ello, no creo que se trate ahora de ignorancia tuya ni que tengas otra vez ganas de querellas, sino que me provocas a que repita la demostración también a éstos.
[8] Como Trifón me asintiera, guiñándome de los ojos, proseguí: -Nuevamente en Isaías, si al menos para comprender quieren hacer uso de sus oídos (cf. Jr 5,21), hablando Dios sobre el Cristo le llama en parábola Jacob e Israel. Dice así: «Jacob es mi siervo, yo lo sostendré; Israel es mi elegido, yo pondré sobre él mi Espíritu, y él traerá el juicio a las naciones. No discutirá ni gritará, ni oirá nadie su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que humea, sino que por la verdad producirá el juicio; él lo restablecerá, no se cansará hasta que ponga el juicio sobre la tierra. Y en su nombre esperarán las naciones» (Is 42,1-4; cf. Mt 12,18-21).
[9] Así, pues, como de aquel solo Jacob (cf. Is 42,1), que fue también llamado Israel, toda la raza de ustedes es llamada Jacob e Israel, así nosotros, procediendo de Cristo, que nos ha engendrado para Dios (cf. Ez 36,12), como Jacob, Israel, Judá y David, somos llamados y somos verdaderos hijos de Dios (cf. 1 Jn 3,1-2; Jn 1,12), porque nosotros observamos los preceptos de Cristo.
Los cristianos son “hijos de Dios” e “hijos del Altísimo”
124. [1] Como observé que se alborotaban de mi afirmación, que también somos nosotros hijos de Dios (cf. 1 Jn 3,1-2; Jn 1,12), adelantándome a sus preguntas, dije: -Escuchen, amigos, cómo el Espíritu Santo dice de este pueblo que son todos hijos del Altísimo (Sal 81,6) y que en su asamblea estará presente ese Cristo (cf. Sal 81,1), para hacer justicia a todo linaje de hombres (cf. Sal 81,8).
[2] He aquí las palabras proferidas por intermedio de David, tal como ustedes las traducen: «Dios se levantó en la asamblea de los dioses, y en medio de los dioses él juzga: “¿Hasta cuándo darán juicios inicuos y favorecerán la causa de los pecadores? Hagan justicia al huérfano y al pobre; al humilde, al indigente, restitúyanle su derecho. Libren al indigente, arranquen al pobre de la mano del pecador”. Ellos no entendieron ni comprendieron, caminan en las tinieblas. Se conmoverán todos los cimientos de la tierra. Yo dije: “Son todos dioses, e hijos del Altísimo; pero ustedes mueren como un hombre, y caen como uno de los jefes”. Levántate, oh Dios, juzga a la tierra, porque tú heredarás en todas las naciones» (Sal 81,1-8).
[3] Pero en la versión de los Setenta se dice: “Miren, es como los hombres que ustedes mueren, y como uno de los jefes que caen” (Sal 81,7), aludiendo a la desobediencia de los hombres, quiero decir, de Adán y de Eva, y a la caída de uno de los jefes, de aquel que se llama serpiente (cf. Ap 12,9; 20,2?), que cayó con gran caída por haber engañado a Eva (cf. Sal 81,7).
[4] Sin embargo, no he citado ahora el pasaje por razón de su variante, sino para demostrarles que el Espíritu Santo reprende a los hombres (cf. Sal 81,7), concebidos para ser impasibles e inmortales, como lo es Dios (cf. Sal 81,6), con la condición de observar sus mandamientos, y juzgándoles Él dignos de ser llamados sus hijos (cf. Sal 81,6), son ellos los que, por hacerse semejantes a Adán y Eva, se procuran a sí mismos la muerte (cf. Sal 81,7). Sea la traducción del salmo la que ustedes quieran; aún así queda demostrado que a los hombres se le concede llegar a ser dioses (cf. Sal 81,6), ser llamados todos hijos del Altísimo (cf. Sal 81,6), y que serán juzgados y condenados individualmente, como Adán y Eva. Por lo demás, que a Cristo también se la da el nombre de Dios (cf. Sal 81,1. 8), cosa es que está largamente probada.
Leer otro comentario
(1) Este vocablo es una trascripción de un término arameo, que corresponde al hebreo guèr, y designa al “residente”, es decir, a aquel que se establece en un país que no es el suyo para vivir allí para siempre, o al menos por un largo período (cf. Ex 12,48 y 2,22). Cf. Bobichon, op. cit., vol. II, p. 879 8 (con mayores precisiones y detalles).