San Lucas
Último cuarto del siglo X
Evangeliario
Capadocia o Italia
SAN JUSTINO, DIÁLOGO CON TRIFÓN (continuación)
La profecía de Miqueas se ha realizado sólo parcialmente por la conversión de las naciones. Lo que falta se cumplirá en la segunda parusía
110. [1] Terminada mi citación, proseguí: -Sé muy bien, mis amigos, que sus maestros reconocen que todas las palabras de este pasaje se refieren al Mesías; pero también tengo noticia de sus afirmaciones sobre que todavía no ha venido, y, si hubiera venido, declaran ellos, no se sabe quién es (cf. Jn 7,27). Cuando se manifieste glorioso, entonces se reconocerá quién es -dicen ellos-. [2] Entonces -añaden- se cumplirá lo que se dice en ese pasaje de la profecía, como si ahora sus palabras todavía no hubieran dado fruto. Insensatos, que no entienden lo que por todas las palabras se encuentra demostrado: que están proclamados dos parusías, una, en que se anunció sufriente (cf. Is 53,3-4), sin gloria (cf. Is 53,3), sin honor (cf. Is 53,2), crucificado; la segunda, en que vendrá desde lo alto de los cielos con gloria (cf. Is 33,17; Mt 25,31; Dn 7,13-14; Mt 24,30), cuando el hombre de la apostasía (cf. 2 Ts 2,3), el que profiere insolencias contra el Altísimo (cf. Dn 7,25; 11,36), se atreva sobre la tierra a cometer sus iniquidades contra nosotros los cristianos, que somos los que, por la Ley y el Verbo que salió de Jerusalén (cf. Mi 4,2) con los Apóstoles de Jesús, hemos aprendido a conocer la piedad, y nos hemos refugiado en el Dios de Jacob y en el Dios de Israel (cf. Mi 4,2).
[3] Nosotros, los que estábamos llenos de guerra, de muertes mutuas y de toda clase de maldad, hemos renunciado en todo lugar de la tierra a los instrumentos guerreros y hemos cambiado las espadas en arados y las lanzas en útiles de cultivo de la tierra (cf. Sal 18,5; Mi 4,3); y cultivamos la piedad, la justicia, el amor de nuestros semejantes, la fe, la esperanza que nos viene del Padre mismo por el crucificado. Cada uno de nosotros se sienta debajo de su viña (cf. Mi 4,4), es decir, cada uno goza de su única y legítima mujer. Pues ya saben que el Verbo profético dice: “Su mujer es como una viña fértil” (Sal 127,3). [4] Es cosa patente que nadie hay capaz de intimidarnos ni someternos a servidumbre (cf. Mi 4,4), a nosotros que en todo lugar de la tierra (cf. Sal 18,5) hemos creído en Jesús. Se nos decapita, se nos crucifica, se nos arroja a las fieras, a la cárcel, al fuego, y se nos somete a toda clase de tormentos; pero a la vista de todos está que no renunciamos a nuestra profesión de fe. Antes bien, cuanto mayores son nuestros sufrimientos, tanto más se multiplican los que abrazan la fe y la piedad por el nombre de Jesús. Así, cuando en una viña se le podan las partes que ya han dado fruto, brotan en ella nuevos sarmientos vigorosos y feraces; tal nos sucede a nosotros: porque la viña plantada por el Cristo (cf. Jn 15,1-2?), Dios y Salvador, es su pueblo.
[5] El resto de la profecía, sí, se cumplirá en su segundo advenimiento. Porque cuando dice: “aquella que es oprimida y expulsada” (cf. Mi 4,6), esto se entiende fuera del mundo, en cuanto de ustedes y de todos los demás hombres depende, cada cristiano es expulsado no sólo de sus propias posesiones, sino del mundo entero, pues a ningún cristiano le permiten vivir. [6] Ustedes, sin embargo, dicen que esta profecía se ha realizado en su pueblo; pero si ustedes son expulsados, después que se les ha derrotado en la guerra, con razón sufren esa prueba, como lo atestiguan todas las Escrituras. Nosotros, empero, que nada semejante hemos hecho una vez conocida la verdad de Dios, recibimos de Él testimonio de que se nos quita de la tierra (cf. Is 53,8) juntamente con Cristo, el más justo, el solo inmaculado (cf. 1 P 1,19) y exento de pecado (cf. Is 53,9). Clama, en efecto, Isaías: «Miren cómo ha perecido el justo, y nadie presta atención en su corazón; hombres justos son quitados de en medio y nadie lo considera» (Is 57,1).
Las dos parusías y el doble sentido de la crucifixión estaban anunciados por el símbolo de los dos carneros, la actitud de Moisés en su combate contra Amalec, la sangre de la Pascua a la salida de Egipto y la cinta roja confiada a Rajab
111. [1] En tiempos de Moisés también fueron anunciadas simbólicamente dos parusías de ese Cristo, ya lo dije al evocar el símbolo de los dos carneros ofrecidos en ocasión del ayuno (cf. Lv 16,7s.).
Lo mismo también era de antemano simbólicamente anunciado y dicho en lo que hicieron Moisés y Josué (cf. Ex 17,8s.). Porque uno de ellos permaneció sobre la colina hasta el atardecer con los brazos extendidos, gracias a que se los sostuvieron, lo que no puede representar sino el tipo de la cruz. Y el otro, apodado Jesús, dirigía la batalla e Israel vencía.
[2] Una cosa era de considerar en aquellos dos hombres santos y profetas de Dios, a saber, que uno solo de ellos no era capaz de llevar sobre sí ambos misterios, quiero decir, el tipo de la cruz y el tipo del nombre sustituido. Sólo uno hay, hubo y habrá que tenga esa fuerza, y es Aquel ante cuyo nombre tiembla toda potestad, con la angustia de ser por Él destruidas. No fue, pues, nuestro Cristo maldecido por la Ley (cf. Dt 21,23) por haber sufrido y sido crucificado, sino que manifestó que sólo Él salvaría a quienes no se aparten de su fe.
[3] Los que fueron salvados en Egipto cuando perecieron los primogénitos de los egipcios, fue la sangre de la Pascua la que los preservó, con la que estaban untados los umbrales y dinteles de las puertas (cf. Ex 12,7). Porque la Pascua era Cristo (cf. 1 Co 5,7), que había de ser sacrificado más tarde, como dijo Isaías: “Como una oveja fue llevado al matadero” (Is 53,7). Pues está escrito que en el día de Pascua le capturaron y en el mismo día de Pascua le crucificaron. Ahora bien, como a los que estaban en Egipto los salvó la sangre de la Pascua, así a los creyentes los preservará de la muerte la sangre de Cristo. [4] ¿Acaso iba Dios a equivocarse, de no hallar ese signo sobre las puertas (cf. Ex 12,13)? No seré yo quien eso diga, sino que de antemano anunciaba la salvación que por la sangre de Cristo había de venir para todo el género humano.
En cuanto al símbolo de la cinta de color rojo (cf. Jos 2,18-21) que dieron en Jericó los exploradores mandados por Josué, hijo de Navé, a Rajab la prostituta, diciéndole que la colgara de la ventana por donde los había bajado para burlar a los enemigos, fue igualmente símbolo de la sangre de Cristo; por ella serán salvados los que antes, en todas las naciones, se daban a la injusticia y a la prostitución, que reciben el perdón de sus pecados y no vuelven más a pecar.
Solamente la interpretación cristiana de episodios tales como el de la serpiente de bronce permite resolver su aparente contradicción con la Ley. Los maestros ofrecen únicamente una lectura literal de las Escrituras
112. [1] Pero ustedes, al dar a esos hechos una interpretación limitada, adjudican a Dios una gran debilidad, si entienden las cosas de modo tan sumario y no buscan la fuerza de lo que se está dicho. Según ese método, el mismo Moisés podría ser acusado de transgredir la Ley, pues habiendo mandado personalmente que no se hiciera ninguna representación de las cosas que están el cielo, sobre la tierra o en el mar (cf. Ex 20,4), luego fue él quien hizo una serpiente de bronce, la que levantó sobre un cierto signo, y ordenó que a ella miraran los mordidos, y los que miraban fijamente, eran salvados (cf. Nm 21,8-9). [2] ¿Luego habrá que entender que en esas circunstancias fue la serpiente la que salvó al pueblo, ella, a la que, como he dicho (cf. 91,4), Dios maldijo al principio (cf. Gn 3,14) y hará perecer con la gran espada, como exclama Isaías (cf. 27,1)? ¿Vamos a entender estos pasajes tan insensatamente como los explican sus rabinos, en vez de ver en ellos símbolos? ¿No referiremos ese signo a la imagen de Jesús crucificado, puesto que fue también Moisés, por sus brazos extendidos (cf. Ex 17,8 ss.), y con él aquel que recibió el sobrenombre de Jesús, quienes obtuvieron la victoria de su pueblo? [3] De este modo cesa toda dificultad sobre el modo de obrar del Legislador; porque no abandonó a Dios, para persuadir al pueblo que pusiera su confianza en aquel animal por el que tuvo principio la transgresión y la desobediencia (cf. Gn 3). Con mucha inteligencia y misterio sucedieron esas cosas y fueron dichas por el bienaventurado profeta. Y de todo lo que han dicho o hecho el conjunto de los profetas, absolutamente nada hay que se pueda reprender legítimamente, si al menos ustedes disponen de esa ciencia que estaba en ellos.
[4] Pero si sus maestros sólo se limitan a explicarles cuestiones por qué en tal pasaje no se mencionan camellos hembras (cf. Gn 32,15), o qué son las hembras de camellos en cuetsión, o por qué se señalan tantas medidas de harina, y tantas de aceite en las ofrendas (cf. Lv 2; 6,7-16; Nm 15,4-11), y aun eso interpretado bajamente y a ras de tierra; en cambio, las grandes cuestiones, las que realmente merecen ser investigadas, no se atreven jamás a plantearlas ni explicarlas; es más, les tienen prohibido escuchar nuestras explicaciones y tener en absoluto trato con nosotros. Siendo esto así, ¿no será justo que oigan lo que a ellos dijo nuestro Señor Jesucristo: “Sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos y por dentro están llenos de huesos de cadáveres. Ustedes pagan el diezmo de la menta y, en cambio, se tragan un camello: guías ciegos” (Mt 23,27. 23. 24)? [5] Si, pues, no rechazan con desprecio las enseñanzas de los que se exaltan a sí mismos (cf. Mt 23,12) y quieren ser llamados “Rabí, Rabí” (cf. Mt 23,7); si no se acercan a las palabras proféticas con una tenacidad y una disposición de espíritu tales que estén dispuestos a sufrir de parte de sus congéneres lo mismo que los profetas sufrieron (cf. 1 Ts 2,14-15), ningún provecho absolutamente sacarán de sus escritos.
El cambio de nombre de Ausés por el de Josué (Jesús) posee mayor significación que el añadido de una letra a los nombres de Abraham y Sara. Josué, figura de Cristo. Verdadero significado de la circuncisión efectuada en el Jordán
113. [1] Lo que yo digo es lo que sigue: a Jesús, llamado antes Ausés, como ya muchas veces lo he repetido (cf. 75,2), el que fue enviado junto con Caleb como explorador de la tierra de Canaán (cf. Nm 13,17 ss.), fue Moisés quien le llamó Jesús (cf. Nm 13,16); pero tú no quieres averiguar por qué motivo hizo eso, no se te ofrece ahí dificultad, no tienes interés en preguntar. De ahí que el Cristo permanece oculto para ti, y que leyendo no entiendas; y que ni aún ahora, al oír proclamar que Jesús es nuestro Cristo, no reflexionas que no sin motivo y al azar se le puso ese nombre. [2] En cambio, por qué al primer nombre de Abraham se le añadió una A (cf. Gn 17,5), lo haces objeto de especulaciones teológicas, y de manera ruidosa tú debates por qué al de Sara se agregó una R (cf. Gn 17,15). ¿Por qué no investigas de modo semejante por qué el nombre patronímico de Ausés, hijo de Navé, se cambió enteramente por el de Jesús (cf. Nm 13,16)? ¡He aquí que tu ardor ya no es el mismo! [3] Porque no sólo se le cambió el nombre, sino que, habiendo sido sucesor de Moisés (cf. Nm 27,18. 23; Dt 34,9), fue el único, de los que a su edad salieron de Egipto (cf. Nm 14,29-31; 26,65; 32,11-12), que introdujo al pueblo sobreviviente en la tierra santa (cf. Jos 3; 5,4-7). Del mismo modo que fue él, y no Moisés, el que introdujo al pueblo en la tierra santa, así también la distribuyó por suerte a aquellos que con él entraron (cf. Jos 13); igualmente Jesús el Cristo realizará el retorno de la dispersión del pueblo (cf. Is 49,6) y distribuirá a cada uno la tierra buena (cf. Dt 31,20), pero no de la misma manera. [4] Porque Josué les dio una herencia provisoria, por no ser el Cristo-Dios ni Hijo de Dios; pero Él, al contrario, después de la santa resurrección, nos dará una posesión eterna (cf. Gn 17,8; 48,4). Aquél hizo parar el sol (cf. Jos 10,12-14), después que se le cambió su nombre por el de Jesús (cf. Nm 13,16) y hubo recibido de su espíritu una fuerza. Porque ya he demostrado (cf. 56) que Jesús fue quien se apareció a Moisés (cf. Ex 3), Abraham (cf. 18; 28,10-15; 31,11; 35,9-10) y a todos los otros, patriarcas, y conversó con ellos, sirviendo así a la voluntad de su Padre; y fue también Él quien vino para hacerse hombre por la virgen María, y permanece eternamente, como lo voy a exponer.
[5] Es a partir de Él, en efecto, y a través de Él que el Padre ha de renovar el cielo y la tierra (cf. Is 65,17; Ap 21,1). Es Él quien debe brillar en Jerusalén como una luz eterna (cf. Is 60,1. 19-20). Es Él quien permanece rey de Salem según el orden de Melquisedec, y sacerdote eterno del Altísimo (cf. Gn 14,18; Sal 109,4; Hb 5,6. 10).
[6] Josué, se dice, circuncidó con una segunda circuncisión al pueblo, con cuchillos de piedra (cf. Jos 5,2-3), y esto era anuncio de la circuncisión con que Jesucristo mismo nos circuncidó a nosotros de las piedras y demás ídolos, habiendo hecho montones de aquellos que eran del prepucio (cf. Gn 31,46; Jos 5,4), es decir, del extravío del mundo, y, que en todo lugar (cf. Ml 1,11), fueron circuncidados con cuchillos de piedra, que son las palabras de Jesús, nuestro Señor. Porque ya he demostrado (cf. 34,2; 36,1; 58,13; 70,1-2; 86,1) que el Cristo fue anunciado en parábola por los profetas como “piedra” y roca”.
[7] Por los cuchillos de piedra (cf. Jos 5,2-3) entendemos, pues, las palabras de Cristo, por las que tantos extraviados incircuncisos recibieron la circuncisión del corazón (cf. Rm 2,29?), aquella justamente que desde entonces, por intermedio de Jesús, Dios exhortó a recibir aún a aquellos que ya llevaban la circuncisión que tuvo su principio con Abraham, como lo prueba el hecho de habernos contado que Jesús (Josué) circuncidó por segunda vez con cuchillos de piedra a los que entraron en aquella tierra santa.
Algunas reglas para comprender el lenguaje profético. La segunda circuncisión “con cuchillos de piedra”
114. [1] En ocasiones el Espíritu Santo hacía que se produjese de manera visible alguna cosa que era una figura típica de lo porvenir (cf. Rm 5,14); otras veces, pronunciaba palabras sobre lo que había de acontecer y por cierto, hablando como si estuvieran sucediendo los hechos o hubieran ya sucedido. Procedimiento que no debieran ignorar quienes aborden las palabras de los profetas, pues no podrán seguir el sentido como conviene. Voy a citar, como ejemplo, algunas profecías para que comprendan lo que digo.
[2] Cuando el Espíritu Santo dice por intermedio de Isaías: “Como una oveja fue llevado al matadero, él es como un cordero ante quien le esquila” (Is 53,7), habla como si la pasión se hubiera ya cumplido. Lo mismo sucede cuando dice: “Yo extendí mis manos, todo el día, a un pueblo infiel y que contradice” (Is 65,2). O bien: “Señor, ¿quién ha creído al sonido de mis palabras?” (Is 53,1). Estas expresiones están dichas como si contaran algo ya acontecido. Y ya he demostrado que el Cristo, por símbolo, es a menudo llamado piedra; o también, por figura, Jacob e Israel.
[3] Cuando se dice también: “Miraré los cielos obras de tus dedos” (Sal 8,4), si no lo entiendo de la obra de su Palabra, es sin inteligencia que lo comprendo (cf. Is 29,14; 5,21), conforme a la opinión de sus maestros, que piensan que el Padre del universo y Dios ingénito tiene manos, pies, dedos y alma, como un animal compuesto; por lo que enseñan igualmente que fue el Padre mismo quien apareció a Abraham y a Jacob (cf. Gn 18; 28,13; 35,9 ss.).
[4] Dichosos somos, pues, nosotros que hemos recibido la segunda circuncisión, hecha con cuchillos de piedra (cf. Jos 5,2). Porque la primera de ustedes fue hecha y se sigue haciendo con (cuchillos de) hierro, pues siguen siendo duros de corazón. Pero nuestra circuncisión, que es la segunda por el nombre, porque apareció después de la de ustedes, se hace con piedras puntiagudas (cf. Jos 5,2), es decir, por las palabras predicadas por los apóstoles de la Piedra angular (cf. Is 28,16; 1 P 2,6; Ef 2,20), tallada sin concurso de mano alguna (cf. Dn 2,34), nos circuncida de la idolatría y de toda maldad. Y están nuestros corazones tan circuncidados de todo mal, que hasta nos alegramos de morir por el nombre de esa bella piedra, de la que brota el agua viva (cf. Jr 2,13; Jn 4,10. 14, Ap 22,1. 17; 21,6) para los corazones de los que por Él acceden al amor del Padre del universo, y apaga la sed de quienes desean abrevarse con el agua de la vida. [5] Pero al decirles esto, no me entienden, pues tampoco han comprendido lo que está profetizado había de hacer el Cristo, y cuando nosotros les llevamos a las Escrituras, no nos creen. Jeremías, en efecto, clama así: “¡Ay de ustedes, que han abandonado la fuente viva, y se han cavados pozos rotos que no podrán contener el agua!” (Jr 2,13). “¿Acaso es un desierto el lugar donde está el monte Sión?” (cf. Is 16,1). “Porque a Jerusalén le di un libelo de repudio delante de ustedes” (cf. Jr 3,8).
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