San Mateo
Evangeliario. Hacia 1120-1140
Helmarshausen (Alemania)
SAN JUSTINO, DIÁLOGO CON TRIFÓN (continuación)
Opinión de Justino sobre el milenarismo. Herejías cristianas
80. [1] Trifón replicó: -Ya te he dicho, amigo, que te esfuerzas por ser persuasivo, permaneciendo adherido a las Escrituras; pero dime ahora: ¿Realmente confiesan ustedes que ha de restablecerse ese lugar de Jerusalén (cf. Za 1,16?)? ¿Y esperan que allí ha de reunirse su pueblo y alegrarse en compañía de Cristo, con los patriarcas, los profetas y los de nuestra raza, los que se hicieron prosélitos antes de la venida de su Cristo? ¿O es que llegaste a esa conclusión sólo por dar la impresión de que nos ganabas de todo punto en la discusión?
[2] A lo que yo dije: -No soy yo tan miserable, oh Trifón, que diga otra cosa de lo que creo. Ya antes te he declarado que yo y otros muchos compartimos estos puntos de vista, de suerte que sabemos perfectamente que así ha de suceder; pero también te he indicado (cf. 35,1-6) que hay muchos cristianos de doctrina pura y piadosa, que no admiten esas ideas. [3] Porque los que se llaman cristianos, pero son realmente herejes sin Dios y sin piedad, ya te he manifestado que sólo enseñan blasfemias, impiedades e insensateces. Para que sepan que no sólo digo esto delante de ustedes, lo saben, pienso componer, como pueda, una obra de todos los conversaciones tenidas con ustedes, y allí escribiré que confieso lo mismo que ante ustedes digo. Porque más que a hombres o a enseñanzas humanas (cf. Is 29,13; Mt 15,9; Mc 7,7), prefiero adherir a Dios y a las enseñanzas que de Él vienen (cf. Hch 5,29?).
[4] Si les sucede que se encuentran con algunos que se llaman cristianos y no confiesan eso, sino que se atreven a blasfemar del Dios de Abraham, del Dios de Isaac y del Dios de Jacob, y dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de morir son sus almas elevadas al cielo, no los tengan por cristianos; como, si se examina bien la cosa, nadie tendrá por judíos a los saduceos y sectas semejantes de los genistas, meristas, galileos, helenianos, fariseos y baptistas (y no se molesten en oír todo lo que pienso), aunque se llaman judíos e hijos de Abraham, pero que sólo honran a Dios con los labios, como Él mismo clama, mientras su corazón está lejos de Él (cf. Is 29,13; Mt 15,8; Mc 7,6).
[5] Yo, por mi parte, como todos los cristianos perfectamente ortodoxos, no sólo admitimos la futura resurrección de la carne (cf. Ez 37,7-8. 12-14; Is 45,23-24; Rm 14,11), sino también mil años en Jerusalén reconstruida, adornada y engrandecida como lo prometen Ezequiel, Isaías y los otros profetas (cf. Is 65,21; Ez 40?).
Profecías sobre el milenarismo, tomadas de Isaías y del Apocalipsis
81. [1] Isaías, en efecto, dijo acerca de este tiempo de mil años: «Porque habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, y no se acordarán de las cosas del pasado ni les volverán al corazón, sino que hallarán alegría y regocijo, por tantas cosas que he creado. Porque he aquí que yo hago de Jerusalén regocijo y de mi pueblo alegría, y me regocijaré en Jerusalén y me alegraré sobre mi pueblo. Ya no se oirá en ella voz de gemido ni voz de llanto. Ya no habrá allí niño que muera al nacer, ni anciano que no llene su tiempo, porque el hijo todavía joven tendrá cien años, y será a los cien años que morirá el hijo pecador, y que será maldecido. [2] Construirán casas y ellos mismos las habitarán, plantarán viñas y ellos mismos comerán sus productos. No construirán para que otros habiten, ni plantarán para que otros coman. Porque, según los días del árbol de la vida, serán los días de mi pueblo: serán abundantes las obras de sus trabajos. Mis escogidos no trabajarán en vano ni engendrarán para maldición; porque son descendencia justa y bendecida por el Señor, y sus hijos con ellos. Y sucederá que antes de gritar ya los habré oído; mientras aún estén hablando diré: “¿Qué pasa?”. Entonces pacerán juntos el lobo y el cordero; y el león, como un buey, comerá paja, y la serpiente tendrá como pan la tierra. No cometerán injusticia ni se mancharán sobre la montaña santa, dice el Señor» (Is 65,17-25).
[3] Ahora bien, la expresión -añadí yo- que en este pasaje dice: “Porque, según los días del árbol serán los días de mi pueblo (designa), así lo entendemos, las obras de sus trabajos” (Is 65,22), que significa misteriosamente los mil años. Porque como se dijo a Adán que el día que comiera del árbol de la vida moriría (cf. Gn 2,17), sabemos que no cumplió los mil años. Entendemos también que hace también a nuestro propósito aquello de: “Un día del Señor es como mil años” (Sal 89,4; cf. 2 P 3,8).
[4] Además hubo entre nosotros un varón por nombre Juan, uno de los Apóstoles de Cristo, el cual, en el “Apocalipsis” que le fue hecho, profetizó que los que hubieren creído a nuestro Señor, pasarían mil años en Jerusalén (cf. Ap 20,5-6); y que después de esto vendría la resurrección universal y, para decirlo brevemente, eterna (cf. Hb 6,2), unánime, de todo el conjunto de los hombres, así como también el juicio. Lo mismo vino a decir también nuestro Señor: “No se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán semejantes a los ángeles, pues serán hijos del Dios de la resurrección” (Lc 20,35-36).
La aparición de las herejías y la permanencia de los carismas proféticos atestiguan la verdad del mensaje de Jesús. Las exégesis judías son erróneas y blasfemas
82. [1] Porque entre nosotros se dan hasta el presente carismas proféticos: de donde ustedes mismos deben entender que los que antaño existían en su pueblo, han pasado a nosotros (cf. Is 29,14). Y de igual forma que entre los santos profetas que hubo entre ustedes se mezclaron también falsos profetas (cf. 2 P 2,1?), también ahora hay entre nosotros muchos falsos maestros, contra los cuales ya nuestro Señor nos advirtió de antemano nos precaviéramos de ellos (cf. Mt 7,15); de modo que en nada fuéramos tomados por sorpresa (cf. 1 Co 1,7), sabiendo como sabemos que Él previó lo que había de sucedernos después de su resurrección de entre los muertos y su subida al cielo. [2] Efectivamente, dijo que seríamos asesinados y aborrecidos por causa de su nombre (cf. Mt 10,21-22; 24,9; Mc 13,13; Lc 21,17), y que muchos falsos profetas y falsos cristos se presentarían en su nombre y a muchos extraviarían (cf. Mt 24,5. 11. 24; Mc 13,22), lo que realmente sucede.
[3] Porque muchos (cf. Mt 24,5. 11. 24), son los que han enseñado, marcándolas con el sello de su nombre, doctrinas ateas, blasfemas e inicuas, y lo que el espíritu impuro, el diablo, arrojó en sus espíritus, eso han enseñado y siguen enseñando. Por mi parte, a ellos como a ustedes, pongo todo mi empeño en sacarlos del error, sabiendo que todo el que pudiendo decir la verdad, no la dice, será juzgado por Dios, como Dios mismo lo atestiguó por intermedio de Ezequiel, diciendo: “Te puse como centinela sobre la casa de Judá. Si pecare el pecador y tú no lo reprendes, él perecerá, por su propio pecado; pero yo te requeriré a ti su sangre. Pero si le adviertes, tú serás inocente” (Ez 3,17-19 y 33,7-9).
[4] Es, pues, el temor que nos da ese celo de hablar conforme a las Escrituras, no el amor al dinero, a la gloria o al placer, cosas que nadie nos puede echar en cara. Porque tampoco somos como los jefes de su pueblo, aficionados a la vida, a quienes increpa Dios con estas palabras: “Sus jefes son compañeros de ladrones, que aman los presentes y persiguen las recompensas” (Is 1,123). Ahora, si también entre nosotros hallan algunos de esa ralea, por lo menos, por causa de ellos, no blasfemen las Escrituras y el Cristo, poniendo todo su empeño en interpretar falsamente.
El Sal 109 no se dice de Ezequías, sino de Cristo
83. [1] Efectivamente, sus maestros han tenido la audacia de afirmar que se aplica a Ezequías aquello de: «Dice el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”»(Sal 109,1). Se trataría de la orden que se le dio de sentarse a la derecha del templo, cuando el rey de los asirios le envió una embajada amenazante (cf. Is 37,9; 2 R 19,9 ss.) y por intermedio de Isaías se le dijo que no le tuviera miedo (cf. Is 37,5s.; 2 R 19,6s.). Por nuestra parte, sabemos y reconocemos que se cumplió lo dicho por Isaías, que el rey de los asirios se retiró sin haber asediado a Jerusalén en los días de Ezequías y el ángel del Señor exterminó a unos ciento ochenta y cinco mil del campamento de los asirios (cf. Is 37,37; 2 R 19,36).
[2] Pero es evidente que el salmo no se dijo sobre Ezequías. He aquí el texto: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. Él enviará un cetro sobre Jerusalén; y dominará en medio de tus enemigos. … En los esplendores de los santos…, antes de la aurora, te he engendrado. Lo juró el Señor, y no se arrepentirá: tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec» (Sal109,1-4).
[3] Ahora bien, ¿quién no reconoce que Ezequías no es “sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal 109,4)? ¿Y quién no sabe que no fue Ezequías quien envió un “cetro de poder a Jerusalén ni dominó en medio de sus enemigos” (Sal 109,2), sino Dios quien apartó a los enemigos de Ezequías, que lloraba y se lamentaba? [4] Nuestro Jesús, empero, sin haber aún venido glorioso, envió a Jerusalén un cetro de poder (cf. Sal 109,2), es decir, el Verbo de vocación y penitencia, (destinado) a todas las naciones, en que dominaban los demonios, como dice David: “Los dioses de las naciones son demonios (Sal 95,5); y su poderoso Verbo persuadió a muchos a abandonar los demonios a quienes servían y a creer por Él en el Dios omnipotente, porque los dioses de las naciones son demonios (Sal 95,5). En fin, la expresión: “En el esplendor de los santos, del seno, antes de la aurora, yo te engendré” (Sal 109,3), ya dijimos antes que se refiere a Cristo (cf. 45,4; 63,3; 76,7).
La profecía de Is 7,14, sólo se puede aplicar a Cristo, incluso aunque los Judíos rechazan la traducción de los LXX
84. [1] Es también de Cristo que fue predicho: “Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is 7,14). Porque si éste, de quien hablaba Isaías, no había de nacer de una virgen, ¿por quién gritaba el Espíritu Santo: “Miren que el Señor mismo les dará una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is 7,14)? Porque si también éste, de modo igual a todos los otros primogénitos (cf. Col 1,15), tenía que nacer de unión carnal, ¿por qué hablaba Dios de hacer un signo que no fuera común con todos los primogénitos? [2] Lo que es en verdad un signo (cf. Is 7,14) y digno de ser creído por el género humano, es que de un seno virginal el primogénito de toda criatura (cf. Col 1,15; Pr 8,22) naciera como verdadero niño, hecho carne, y que anticipadamente por medio del Espíritu profético, Dios anunció esto de diversas maneras, como ya se los he indicado, a fin de que cuando sucediera se reconociera haber sucedido por el poder y la voluntad del Creador del universo. Al igual que fue formada Eva de una costilla de Adán (cf. Gn 2,21-22), y así también al principio fueron creados todos los seres vivientes por el Verbo de Dios (cf. Gn 1,20 ss.).
[3] Pero ustedes tienen la audacia también en este pasaje de cambiar la interpretación que dieron sus ancianos que trabajaron con el rey de los Egipcios, Ptolomeo, y sostienen que la Escritura no trae lo que ellos interpretaron, sino que dice: “Miren que una mujer joven concebirá” (Is 7,14); como si fuera algo del otro mundo que una mujer conciba por trato carnal, cosa que hacen todas las mujeres jóvenes, excepto las estériles; y aún éstas, si quiere, puede Dios hacerlas concebir.
[4] En efecto, la madre de Samuel, que no concebía, por voluntad de Dios dio a luz (cf. 1 S 1,20), y lo mismo la mujer del santo patriarca Abraham (cf. Gn 21,2) e Isabel, la que dio a luz a Juan Bautista (cf. Lc 1,7. 57), y otras. De suerte que no tienen por qué suponer que sea imposible para Dios hacer todo lo que Él quiera; y, especialmente, una vez que un evento fue anunciado, no tengan la audacia de alterar el texto o la interpretación de las profecías, con lo que sólo se dañarían a ustedes mismos, y no a Dios.
El Salmo 23 no se aplica a Ezequías no a Salomón, sino a Cristo. Las repeticiones de Justino son necesarias para la obra de la conversión
85. [1] También la profecía que dice: “Levanten, oh príncipes, sus puertas; ábranse, oh puertas eternas, y entrará el rey de la gloria” (Sal 23,7), se atreven algunos de ustedes a interpretarla como dicha con referencia a Ezequías, otros a Salomón; pero ni a éste ni a aquél ni a ninguno absolutamente de los llamados reyes suyos puede demostrarse que se refiera (dicha profecía), sino sólo a nuestro Cristo que se mostró sin apariencia y sin honor (cf. Is 53,2-3), como lo dijo Isaías, David y todas las Escrituras: que es el Señor de las potestades (cf. Sal 23,10), por voluntad del Padre, que se las entregó; que resucitó de entre los muertos y subió al cielo, como lo muestran este mismo salmo y las demás Escrituras, declarándolo “Señor de las Potestades”, como aun ahora pueden, si quieren, convencerse, por los acontecimientos que están sucediendo ante sus ojos.
[2] Porque, en efecto, todo demonio es vencido y se somete (cf. Lc 10,17), si se le exorciza en el nombre de este mismo Hijo de Dios y primogénito de toda la creación (cf. Col 1,15), que nació de una virgen, se hizo hombre sufriente, fue crucificado por su pueblo bajo Poncio Pilatos, murió, resucitó de entre los muertos y subió al cielo. [3] Pero si ustedes los exorcizan en el nombre de cualquiera de sus reyes, justos, profetas o patriarcas, ninguno de los demonios se les someterá (cf. Lc 10,17). Sin duda se les someterán si los exorcizan en el nombre del Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Sin embargo -añadí-, actualmente sus conjuradores exorcizan utilizando, como los paganos, artificios, y haciendo incensaciones y nudos mágicos.
[4] Es a los ángeles y las potestades, a quienes el Verbo de la profecía proferida por medio de David manda levantar las puertas para que entre este Señor de las potestades (Sal 23,7. 10), resucitado de entre los muertos por voluntad del Padre, Jesucristo, lo cual la palabra del mismo David lo demostró; palabra que les voy nuevamente a recordar en atención a los que no estuvieron con nosotros ayer, pues por ellos trato de nuevo sintéticamente muchas de las cosas ayer dichas.
[5] Y si ahora les repito lo que ya muchas veces he dicho, no me parece cosa fuera de lugar. Al sol, a la luna y a los demás astros, siempre los estamos viendo recorrer el mismo camino y traernos cambios de las estaciones; y a un matemático, no por preguntarle muchas veces cuántas son dos y dos, y haber otras tantas respondido cuatro, dejará de decir jamás que son cuatro; y cuanto se afirma con certeza siempre se dice y se afirma de igual modo. Siendo esto así, cosa ridícula sería que quien apoya sus argumentos sobre las Escrituras proféticas, las abandonara y no citara siempre las mismas, sino que pensara poder decir alguna cosa mejor que la Escritura.
[6] He aquí, pues, la palabra de David, por la que indiqué manifestaba Dios haber en el cielo ángeles y potestades: “Alaben al Señor desde lo alto de los cielos; alábenlo en las alturas. Alábenlo todos sus ángeles, alábenlo todas sus potestades” (Sal 148,1-2).
Entonces, uno de los que se juntaron con ellos el segundo día, por nombre Mnaseas, dijo: -También nosotros nos alegramos de que desees repetir lo ya dicho en atención a nosotros.
[7] Yo dije: -Oigan, amigos, qué Escritura sigo al hacer esto. Jesús nos mandó amar aun a nuestros enemigos (cf. Mt 5,44; Lc 6,27), y lo mismo fue proclamado por Isaías en varios versículos, en que también alude al misterio de nuestro segundo nacimiento, el nuestro el de todos los que esperan que Cristo ha de aparecer en Jerusalén (cf. Is 66,9; Gn 49,10), y se esfuerzan por agradarle con sus obras.
[8] Las palabras dichas por medio de Isaías son éstas: «Oigan la palabra del Señor los que tiemblan ante su palabra. Digan: “hermanos nuestros” a los que los aborrecen y abominan que el nombre del Señor sea glorificado. Él apareció para su alegría y ellos quedarán avergonzados. Una voz de lamento en la ciudad, voz del pueblo, voz del Señor, que da su merecido a los soberbios. Antes de que la parturienta diera a luz y antes de que llegaran los trabajos de los dolores, dio a luz un varón. [9] ¿Quién oyó cosa semejante, quién ha visto algo así, que la tierra en un día conociese los dolores, y que diera a luz de un solo golpe un pueblo para el mundo? Porque Sión estuvo de parto y trajo al mundo a sus hijos. Por mí hice el don de esta expectación aun a aquella que no concibe, dijo el Señor. A la fecunda y a la estéril, yo las hice, dice el Señor. Alégrate, Jerusalén, y congréguense en una fiesta todos los que la aman. Regocíjense todos los que lloran, para que sean amamantados hasta quedar saciados del pecho de su consolación; para que después de mamar gocen las delicias de la entrada de su gloria» (Is 66,5-11).
Continuación