Noé construyendo una ciudad
El sacrificio de Isaac
Siglo XIV
“Neville of Hornby Hours”
Inglaterra (Londres?)
SAN JUSTINO, DIÁLOGO CON TRIFÓN (continuación)
La zarza ardiente
60. [1] Trifón: -No es así -dijo- como nosotros comprendemos las palabras que has citado, sino que fue un ángel el que se apareció en la llama de fuego, y Dios el que habló con Moisés (cf. Ex 3,2; Hch 7,30; 6,11); de modo que en la visión de entonces hubo juntamente un ángel y Dios.
[2] Yo le respondí: -Aún cuando entonces se diera eso, ¡oh amigos!, es decir, que en la visión concedida a Moisés hubo juntamente un ángel y Dios; como se les demuestra por las palabras antes transcritas, no puede ser el Creador del universo el Dios que dijo a Moisés que Él era el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (cf. Ex 3,16), sino el que ya les demostré que apareció a Abraham y a Jacob (cf. Gn 18,1; 31,13; 32,30; 35,7. 9), el que sirve a la voluntad del Creador del universo, y que, en efecto, cumplió los designios de Él en el juicio de Sodoma. De suerte que incluso cuando fuera como dicen, que hubo allí dos, un ángel y Dios, nadie absolutamente, por poca inteligencia que tenga, se atreverá a decir que fue el Creador del universo y Padre quien, dejando todas sus moradas supracelestiales, apareció en una mínima porción de la tierra.
[3] Trifón: -Puesto que nos has demostrado ya que el que se apareció a Abraham, y se llama Dios y Señor (cf. Gn 18,1; 19,24) por el Señor que está en los cielos, se hizo cargo de infligir a Sodoma el castigo, también ahora entenderemos, que había un ángel (cf. Ex 3,2) con Aquel con que habló a Moisés, y que era Dios, ese Dios que desde la zarza se manifestó a Moisés no fue el Dios Creador del universo, sino el que se nos demostró haberse aparecido a Abraham y Jacob. El cual se también llama ángel del Dios Creador del universo (cf. Gn 18,10. 14; 31,11; Ex 3,2), y se comprende que lo sea, por ser Él quien anuncia a los hombres lo que viene del Padre y Creador del universo.
[4] Y yo, a mi vez: -Ahora, sin embargo, ¡oh Trifón!, voy a demostrarles que, en la visión de Moisés, este mismo llamado ángel, que es Dios (cf. Ex 3,2. 6), fue el único que se apareció al mismo Moisés y conversó con él. El Verbo, en efecto, dijo así: «El ángel de Dios se le apareció en una llama de fuego desde la zarza, y él veía que la zarza ardía, pero no se consumía. Y dijo Moisés: “Me acercaré a ver esta gran visión, porque la zarza no se consume”. Cuando vio el Señor que se acercaba para ver, le llamó el Señor desde la zarza» (Ex 3,2-4). [5] Ahora bien, a la manera que el que se apareció a Jacob en sueños, el Verbo le llama “ángel” (cf. Gn 31,11), sin embargo, después agrega que ese ángel que se le aparece entre sueños le dijo: “Yo soy el Dios que se te apareció cuando huías de la presencia de Esaú, tu hermano” (Gn 31,13; 35,1); también en tiempos de Abraham, a propósito del juicio de Sodoma, dice que el Señor que está junto al Señor en los cielos (cf. Gn 19,24) ejecutó el castigo; así aquí, cuando dice que el ángel del Señor se apareció a Moisés (cf. Ex 3,2), y después lo designa como Señor y Dios (cf. Ex 3,6-7), el Verbo habla del mismo a quien, en los numerosos textos citados, llama servidor de Dios que está por encima del mundo, sobre quien no hay ningún otro.
La “potencia” engendrada por el Padre fue evocada en el libro de los Proverbios
61. [1] Les voy a presentar, ¡oh amigos! -dije-, otro testimonio tomado de las Escrituras sobre que Dios engendró (cf. Pr 8,25), como principio antes de todas las criaturas (cf. Gn 1,1; Pr 8,22; Col 1,15), de sí mismo cierta potencia verbal, la cual es llamada también por el Espíritu Santo “Gloria del Señor” (cf. Is 40,5; Sal 18,1), y unas veces hijo, otras sabiduría (cf. Pr 8,1s.), ora ángel, ora Dios, o bien Señor y Verbo; y ella se llama a sí misma “jefe del ejército” (cf. Jos 5,14. 15), cuando se aparece en forma humana a Jesús (Josué), hijo de Navé (cf. Jos 5,13). Así que todas estas denominaciones le vienen por estar al servicio del designio del Padre y por haber sido engendrada por voluntad del Padre (cf. Pr 8,25). [2] ¿Acaso no vemos que algo semejante se da en nosotros? En efecto, al proferir una palabra, engendramos un verbo, pero no lo proferimos por amputación, de modo que se disminuya aquella que está. Algo semejante vemos también en un fuego que se enciende de otro, sin que se disminuya aquel del que se tomó la llama, permaneciendo por el contrario semejante a sí mismo; igualmente el fuego encendido también existe de modo visible, sin haber disminuído aquel de donde se encendió.
[3] Pero será el Verbo de la sabiduría el testimoniará por mí, puesto que él mismo es ese Dios engendrado por el Padre del universo, que subsiste como Verbo y Sabiduría, Potencia y Gloria del que le engendró y que, por intermedio de Salomón, dice así: «Si les anuncio lo que sucede cada día, me acordaré de enumerarles las cosas que son desde la eternidad. El Señor me estableció principio de sus caminos para sus obras. Antes del tiempo me cimentó, en el principio, antes de crear la tierra, antes de crear los abismos, antes que brotarán las fuentes de las aguas, antes de formar las montañas; antes de todos los collados, me engendró. [4] Dios hizo los países, la tierra inhabitada y las cumbres habitadas bajo el cielo. Cuando preparaba el cielo, yo estaba en su compañía, y cuando colocaba su trono sobre los vientos, cuando afirmaba las nubes en lo alto y establecía las fuentes del abismo; cuando afirmaba los cimientos de la tierra, junto a Él estaba obrando. Yo era con quien Él se alegraba; día a día me regocijaba en su presencia en todo momento, porque Él se alegraba de la tierra habitada que había acabado, y encontraba su gozo en los hijos de los hombres. [5] Ahora, pues, hijo, escúchame. Bienaventurado el hombre que me escuche y el ser humano que guarde mis caminos, el que vela delante de mis puertas día a día, y custodia los pilares de mis entradas. Porque mis salidas son salidas de vida, y un favor le está preparado junto al Señor. Pero los que contra mí pecan, cometen impiedad contra sus propias almas; los que me aborrecen, aman la muerte» (Pr 8,21-36).
La “potencia” engendrada por el Padre fue evocada en el Génesis
62. [1] Eso mismo, amigos, expresó el Verbo de Dios por intermedio de Moisés cuando nos indica que sobre aquél que dio a conocer (aquí), Dios se expresa en ese mismo sentido a propósito de la creación del hombre, al decir estas palabras: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y que mande sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre las bestias, y sobre toda la tierra, y sobre todos los reptiles que reptan sobre la tierra. E hizo Dios al hombre; a imagen de Dios le hizo; macho y hembra los hizo. Y los bendijo Dios diciendo: “Crezcan y multiplíquense, llenen la tierra, y dominen sobre ella”» (Gn 1,26-28).
[2] Para que no tuerzan las palabras citadas y digan lo que dicen sus maestros, que Dios se dirigió a sí mismo al decir “hagamos” (cf. Gn 1,26), del mismo modo que nosotros, cuando vamos a hacer algo decimos frecuentemente “hagamos”, o que habló con los elementos, es decir, con la tierra y demás de que sabemos se compone el hombre, y a ellos dijo: “hagamos”; les voy a citar ahora otras palabras del mismo Moisés, por las cuales, sin discusión posible, podemos reconocer que conversó Dios con alguien que era numéricamente distinto y de naturaleza verbal.
[3] Helas aquí: «Dijo Dios: “He aquí que Adán se ha hecho como uno de nosotros para conocer el bien y el mal”» (cf. Gn 3,22). Al decir “como uno de nosotros”, indica el número de los que se han reunido entre sí, y que por lo menos son dos. Porque no puedo yo tener por verdadera la doctrina que enseña la que ustedes llaman “secta”, o que sus maestros puedan demostrar que habla Dios con los ángeles, o también que el cuerpo humano es obra de ángeles. [4] Sino que este brote (cf. Sal 109,3; Pr 8,22; Col 1,15) emitido realmente del Padre, estaba con Él antes de todas las criaturas, y con ése conversa el Padre, como nos lo manifestó el Verbo por intermedio de Salomón, al decirnos que ese mismo ser fue al mismo tiempo Principio antes de todas las criaturas y brote (cf. Gn 1,1; Pr 8,22; Col 1,15) engendrado por Dios, que por Salomón es llamado Sabiduría (cf. Pr 8,1s.). Y, como lo dije indicando la misma cosa, jefe del ejército, por la revelación hecha a Josué, hijo de Navé. Para que también por este pasaje vean claro lo que digo, escuchan las palabras tomadas del libro de Josué.
[5] Éstas son: «Sucedió que cuando estaba Josué sobre Jericó, levantando sus ojos, vio a un hombre de pie delante de sí, con su espada desnuda en la mano. Adelantándose Josué, le dijo: “¿Eres nuestro o de los contrarios?”. Y Él le contestó: “Yo soy el jefe del ejército del Señor, que he venido ahora. Josué se postró rostro por tierra y le dijo: “Señor, ¿qué ordenas a tu siervo?”. Y dijo el jefe del ejército del Señor a Josué: “Desata las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa”. Jericó estaba cerrada y fortificada, nadie salía ni entraba de ella. Y dijo el Señor a Josué: “Mira que entrego en tus manos a Jericó y a su rey, que está en ella, poderosos por su fuerza”» (Jos 5,13—6,2).
Pregunta de Trifón sobre el nacimiento virginal, la muerte y resurrección de Cristo. Testimonios de Isaías y David
63. [1] Trifón: -Con vigor -dijo- y copiosamente has demostrado ese punto, amigo. Demuestra ahora que ése se dignó nacer hombre de una virgen según la voluntad de su Padre, ser crucificado y morir, y pruébanos, en fin, que después de eso resucitó y subió al cielo.
[2] Yo respondí: -También eso ya está demostrado por las palabras de las profecías por mí precedentemente citadas (cf 13,6-7; 43,3 52,2; 54,1-2), que para beneficio de ustedes voy a citar y explicar nuevamente, a ver si logro también nos pongamos en esto de acuerdo.
Esta palabra que pronunció Isaías: “Su generación, ¿quién la contará? Porque su vida fue arrebatada de la tierra” (Is 53,8), ¿no te parece haber sido dicha en el sentido de que no tiene su nacimiento de hombres Aquel que Dios dice haber sido entregado a la muerte a cuada de los pecados de su pueblo (cf. Is 53,8. 12)? Y de su sangre, como antes dije, señaló Moisés, hablando en figura, que “había de lavar su vestidura en la sangre de la uva” (Gn 49,11), dando a entender que su sangre no vendría de germen humano, sino de la voluntad de Dios (cf. Jn 1,13). [3] Y las palabras de David: “En los esplendores de tus santos, del seno, antes de la aurora, te engendré. Juró el Señor y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Sal 109,3-4), ¿no significan para ustedes que desde toda la antigüedad, y por el seno de un ser humano había de engendrarle el que es Dios y Padre del universo? [4] En otro pasaje también anteriormente citado dice: «Tu trono, ¡oh Dios!, por la eternidad de la eternidad. Cetro de rectitud, el cetro de tu reino. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió, ¡oh Dios!, tu Dios, con el óleo de alegría, más que a tus compañeros. Mirra, áloe y casia exhalan tus vestidos, de estancias de marfil, de las que te alegraron. Hijas de reyes van en tu cortejo. La reina se puso a tu derecha, vestida con manto de oro, en variedad de colores. Escucha, hija, mira e inclíname tu oído: Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre; y codiciará el rey tu hermosura. Porque Él es tu Señor y tú le adorarás» (Sal 44,7-13).
[5] Expresamente nos dan a entender estas palabras que hay que adorarle, que es Dios y Cristo (cf. Sal 44,13. 7. 8), atestiguado por Aquel que ha hecho este (mundo). A quienes creen en Él, unidos en una misma alma, una misma Sinagoga y una misma Iglesia, constituida por su nombre y que participa en su nombre (porque todos nos llamamos cristianos), el Verbo de Dios les habla como a su hija, y aquellas palabras lo proclaman manifiestamente, a par que nos enseñan a olvidarnos de nuestras antiguas costumbres, que nos vienen de nuestros padres, con estos términos: “Oye, hija, mira, e inclina tu oído, olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre. El rey deseará tu belleza; porque Él es tu Señor y tú le adorarás” (Sal 44,11-13).
El “otro Dios” es también aquel de los Judíos. Testimonios de David
64. [1] Trifón: -Que sea reconocido como Señor, Cristo y Dios (cf. Sal 44,12. 8. 7), conforme lo significan las Escrituras; pero por ustedes, aquellos de las naciones, que por su nombre han venido todos a llamarse cristianos; mientras que nosotros, servidores del Dios mismo que a éste le hizo, no tenemos necesidad alguna ni de confesarle ni de adorarle (cf. Sal 44,13).
[2] A esto le respondí yo: -¡Oh Trifón!, si yo fuera como ustedes, hombre amigo de vanas querellas, no continuaría discutiendo con ustedes, que no se disponen a entender lo que se dice, sino que piensan sólo en aguzar el ingenio para replicar; pero como temo el juicio de Dios, no me apresuro a afirmar de ningún individuo de su raza que no pertenezca al número de los que, por la gracia del Señor Sabaoth, pueden ser salvados (cf. Is 1,9; 10,22; Rm 9,27-29; 11,5). Por eso, por más malicia que muestren, yo continuaré respondiendo a cada uno de sus ataques y de sus objeciones; por otra parte, hago lo mismo con todos absolutamente, de cualquier nación que sean, que quieren discutir conmigo o interrogarme sobre estas cuestiones.
[3] Ahora bien, que cuantos se salvan de su raza son salvados (cf. Is, 1,9) por Él y permanecen en su parte (cf. Za 2,12; Dt 32,9?), cosa es que ya hubieran comprendido si hubieran prestado atención a los pasajes anteriormente por mí citados de las Escrituras; y, evidentemente, no me hubieran sobre ello preguntado. Voy, pues, a citar nuevamente las palabras de David (cf. 37,3-4), y les ruego que apliquen su celo a entenderlas y no sólo a mostrar una vil contradicción.
[4] Las palabras, pues, que David dijo son éstas: «El Señor reina, irrítense los pueblos. Él se sienta sobre los querubines, estremézcase la tierra. El Señor en Sión es grande, y excelso sobre todos los pueblos. Confiesen tu nombre grande, porque es terrible y santo, y el honor del rey ama el juicio. Tú preparaste rectitudes, el juicio y la justicia en Jacob, tú los has cumplido. Ensalcen al Señor Dios nuestro y póstrense ante el estrado de sus pies, porque es santo. Moisés y Aarón entre sus sacerdotes; Samuel entre los que invocan su nombre. Invocaban al Señor y Él los escuchaba. En columna de nube les hablaba, porque observaban sus testimonios y los preceptos que Él les dio» (Sal 98,1-7).
[5] Hay también otras palabras de David, ya citadas también antes (cf, 34,3-6), que ustedes, erróneamente, pretenden que fueron dichas por Salomón, pues llevan por título “Sobre Salomón”; pero yo he demostrado que no se dicen por Salomón. Por ellas se prueba que Aquel (el Cristo) existía antes que el sol (cf. Sal 71,17), y que cuantos de su pueblo son salvados, por Él serán salvados (cf. Sal 71,4). [6] Helas aquí: «¡Oh Dios!, da tu juicio al rey y tu justicia al hijo del rey. Él juzgará a tu pueblo con justicia y a tus pobres en el juicio. Que las montañas reciban paz para el pueblo, y las colinas justicia. Hará justicia a los pobres del pueblo, y salvará a los hijos de los indigentes, abatirá al calumniador. Permanecerá con el sol y la luna por las generaciones de las generaciones» (Sal 71,1-5), y lo que sigue hasta: «Antes que el sol permanece su nombre, y serán bendecidas en Él todas las tribus de la tierra. Todas las naciones le proclamarán bienaventurado. Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, el único que hace maravillas, bendito sea el nombre de su gloria por la eternidad de la eternidad. Y se llenará de su gloria toda la tierra. Así sea. Así sea» (Sal 71,17-19).
[7] Por otras textos que anteriormente les cité (cf. 30,1) como dichas también por David, deben recordar que él debía de venir de lo alto del cielo (cf. Sal 18,7) y volver nuevamente a los mismos lugares, a fin de que lo reconozcan como un Dios que viene de arriba (cf. Za 12,10; Jn 19,37; Ap 1,7) y hecho hombre entre hombres, y que volvería Aquel a quien habían de ver y llorar aquellos que lo traspasaron con sus golpes (cf. Za 12,10). [8] He aquí el texto: «Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la obra de sus manos, la pregona el firmamento. El día al día le anuncia una palabra, la noche a la noche le anuncia el conocimiento. No hay rumores ni palabras cuya voz no se oiga. A toda la tierra alcanza el eco de sus voces, y hasta el extremo del mundo sus palabras. Bajo el sol se levanta su carpa, y él, como un esposo que sale del tálamo nupcial se regocija, fuerte como un gigante que corre su carrera. Se asoma por un extremo del cielo, y su órbita llega al otro extremo, nada se sustrae a su calor» (Sal 18,2-7).
Dios declara en Isaías que Él no da a ningún otro su gloria. Explicación del pasaje por Justino
65. [1] Trifón dijo: -Impresionado por tantos pasajes de la Escritura, no sé qué decir sobre aquel otro, donde según Isaías, dice Dios que a ningún otro dará su gloria. Helo aquí: “Yo soy el Señor Dios: este es mi nombre. Mi gloria Yo no la daré a otro, ni tampoco mis virtudes” (Is 42,8).
[2] Y yo: -Si con sencillez y no con malicia te has callado, ¡oh Trifón!, al citar esas palabras sin precederlas de lo que antecede ni añadir lo que sigue, merecerías disculpas; pero si lo has hecho pensando que vas a arrojar la discusión en un callejón sin salida y obligarme a decir que las Escrituras se contradicen entre sí, te has equivocado. Pues yo jamás tendré la audacia de pensar ni decir semejante cosa. Si alguna vez se me objeta alguna Escritura que parezca contradictoria con otra y que pudiera dar pretexto a pensarlo; convencido como estoy que ninguna puede ser contraria a otra, por mi parte, antes confesaré que no las entiendo, y a los que piensan que puedan entre sí contradecirse, pondré todas mis fuerzas en persuadirles que piensen lo mismo que yo. [3] Ahora, con qué intención hayas tú propuesto tu dificultad, Dios lo sabe. Por mi parte, les voy a recordar cómo se dijo esa palabra, para que a partir de ella misma puedan reconocer que Dios no da su gloria a nadie más que a su Cristo (cf. Is 42,8). Retomaré, amigos, unas breves palabras que se encuentran en la misma unidad que aquellas citadas por Trifón, y otras también que siguen dentro del mismo contexto. No las voy a citar de otro pasaje, sino tal como han sido reunidas. Ustedes préstenme atención.
[4] Helas aquí: «Así habla el Señor, el Dios que hizo el cielo y lo afirmó, el que constituyó la tierra y cuanto hay en ella, el que da aliento al pueblo que hay en ella y un espíritu a cuantos la recorren. “Yo el Señor Dios te llamé en justicia, te tomaré de la mano y te fortaleceré. Yo te hice alianza del pueblo, luz de las naciones, para abrir los ojos a los ciegos, para liberar de sus cadenas a los encadenados, y del calabozo a los que se sientan en las tinieblas. [5] Yo soy el Señor Dios. Este es mi nombre. Mi gloria, no he de darla a otro, ni mis virtudes a las figuras esculpidas. Miren que viene lo que es desde el principio. Nuevas son las cosas que les anuncio, y antes de anunciarlas, ya les fueron mostradas. Entonen a Dios un himno nuevo: su principio parte desde los confines de la tierra. Oh ustedes los que bajan al mar y navegan siempre; Oh ustedes, islas y los que habitan en ellas. [6] Alégrate, yermo, sus aldeas y los campos, los que habitan en Cedar se alegrarán, y los que habitan la roca, desde la cima de las montañas gritarán. Darán gloria a Dios, anunciarán en las islas sus virtudes. El Señor Dios de los Potestades saldrá, excitará la guerra, despertará el ardor, y gritará con fuerza contra los enemigos”» (Is 42,5-13).
[7] Terminada mi cita, les dije: -¿Entienden, amigos, cómo Dios dice que dará su gloria (cf. Is 42,8) a aquel a quien puso por luz de las naciones (cf. Is 42,6), y no a otro (cf. Is 42,8)? Esto no significa, como dijo Trifón, que Dios se reserve para sí mismo su gloria.
Trifón dijo: -Entendido queda también eso. Termina, pues, lo que te queda de tu discurso.
Continuación