Isaac bendice a Jacob
El sueño de Jacob
Siglo XIV
“Neville of Hornby Hours”
Inglaterra (Londres?)
SAN JUSTINO, DIÁLOGO CON TRIFÓN (continuación)
Juan, precursor de Cristo. Profecía de Isaías
50. Trifón: -Me parece -dijo- que te has ejercitado, antes de nuestro encuentro, en varias ocasiones con diversos interlocutores sobre todo aquello ha sido el objeto de nuestra búsqueda, y por ello preparado para responder a todo lo que se te pregunta. Respóndeme, pues, ante todo, ¿cómo puedes demostrar que hay otro Dios fuera del Creador del Universo? Después me demostrarás que se dignó nacer de una virgen.
[2] Yo le dije: -Permíteme antes citar unas palabras de la profecía Isaías, aquellas que hablan de la función del precursor, por la cual Juan, que fue Bautista y profeta, precedió a ese mismo Jesucristo Juan, nuestro Señor.
-Permitido lo tienes, contestó Trifón.
[3] -Isaías, pues -continué yo-, sobre la función de precursor asumida por Juan, hizo la siguiente predicción: «Dijo Ezequías a Isaías: “Buena es la palabra que habló el Señor: Que habrá paz y justicia en mis días”» (Is 39,8) Y: «Consuelen al pueblo, sacerdotes, hablen al corazón de Jerusalén y consuélenla, porque cumplida está su humillación. Su pecado ha sido perdonado, porque recibió de mano del Señor el doble de sus pecados. Una voz grita en el desierto: “Preparen los caminos del Señor; hagan rectos los senderos de nuestro Dios. Todo abismo será rellenado, toda montaña y toda colina aplanada. Todo lo sinuoso será enderezado y lo escarpado se convertirá en camino liso. Aparecerá la gloria del Señor y toda carne verá la salvación de Dios. Porque el Señor ha hablado. Una voz que dice: “¡Grita!”. Y dije: “¿Qué gritaré?”. Toda carne es hierba y toda gloria de hombre es como una flor de hierba. La hierba se secó y cayó su flor; pero la palabra del Señor permanece para siempre. Sube a un monte elevado, tú que anuncias una buena nueva a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que anuncias una buena noticia a Jerusalén. Álzala, no temas. He dicho a las ciudades de Judá: He aquí su Dios. Miren que el Señor viene con fuerza, y su brazo llega con poder. Miren que su recompensa está con Él y su obra delante de Él. Como pastor apacentará sus rebaños, con su brazo recogerá los corderos y consolará a las ovejas preñadas. [5] ¿Quién midió con su mano el agua del mar, con la palma el cielo, la tierra entera con el puño? ¿Quién pesó las montañas en una báscula y los valles en una balanza? ¿Quién conoció el pensamiento del Señor, quién fue su consejero, y le persuadió? ¿O con quién fue a aconsejarse, para recibir de él instrucciones? ¿O quién le mostró el juicio o le enseñó el camino de la inteligencia? Todas las naciones son como una gota que cae de un jarro, como el peso que hace inclinar la balanza, como un escupitajo serán consideradas. El Líbano no es bastante para el fuego, ni los cuadrúpedos bastan para el holocausto, y todas las naciones son nada y por nada son computadas» (Is 40,1-17).
Juan ciertamente era el Precursor. No hubo, después de él, ningún profeta en Israel
51. Al terminar yo, dijo Trifón: -Inciertas son, amigo, las palabras todas de la profecía que tú alegas y nada decisivo contienen en orden a la demostración que intentas.
Yo le respondí: -Si en tu pueblo, ¡oh Trifón!, no hubieran cesado los profetas, y desaparecido definitivamente, después de aquel Juan, podrías evidentemente considerar como inciertas esas palabras que relaciono con Jesucristo. [2] Pero si Juan le precedió gritando a los hombres que arrepintieran (cf. Mt 3,2-3), y Cristo mismo, cuando estaba aún Juan sobre el río Jordán, presentóse a él para ponerle término a su actividad de profeta y de bautista, y empezó a anunciar la buena nueva diciendo: “El reino de los cielos está cerca” (cf. Mt 4,17; Mc 1,14-15; Lc 8,1; Is 40.8-9); y que él tenía que padecer mucho de parte de los escribas y fariseos, ser crucificado, resucitar al tercer día y volver a Jerusalén (cf. Mt 16,21; Mc 8,31; Lc 9,22), para entonces comer y beber nuevamente con sus discípulos (cf. Mt 26,29; Mc 14,25; Lc 22,18. 30; Hch 10,41). También predijo que en el intervalo de tiempo antes de su venida, como ya indiqué (cf. 35,2-3), se levantarían en su nombre herejías y falsos profetas (cf. Mt 7,15; 24,11. 24; Mc 13,22; 1 Co 11,19), y así vemos que sucede. ¿Cómo pueden todavía dudar, cuando la realidad misma está allí para convencerles?
[3] Sobre el hecho de que en su pueblo no había ya de darse ningún profeta, y que se debe reconocer que la nueva Alianza, cuya institución Dios anunció, es decir aquél mismo, el Cristo, ya ha llegado, dijo así: “La ley y los profetas hasta Juan Bautista; ahora el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Si quieren aceptarlo, éste es Elías el que debía venir. El que tenga oídos para oír que oiga” (Mt 11,12. 14-15; Lc 16,16).
La desaparición, en Israel, de los profetas y los reyes fue anunciada en la bendición de Judá
52. [1] Por intermedio del patriarca Jacob fue también profetizado que habría dos venidas de Cristo, y que en la primera sería “sufriente” y que -añadí-, después de venir Él, no habría más en su raza, ni profeta ni rey, y que las naciones que habían de creer en este Cristo sufriente, estarían a la espera de su retorno (cf. Gn 49,10). Sin embargo, por esto mismo -agregué- el Espíritu Santo habló de esto en parábola y de manera velada.
[2] He aquí sus palabras: «Judá, tus hermanos te han alabado, y tus manos estarán sobre la nuca de tus enemigos, ante ti se postrarán los hijos de tu padre. Judá es un leoncillo, desde tu nacimiento, hijo mío. Él se acuesta, se tiende como un león, como un cachorro de león. ¿Quién lo hará levantarse? No faltará príncipe de Judá ni caudillo salido de sus muslos, hasta que venga lo que le está reservado. Y Él será la expectación de las naciones, atando a la viña su asno, y a la cepa la cría de su asna. Lavará en vino su vestido y en sangre de la uva sus ropas. Brillantes del vino están sus ojos, y sus dientes blancos como la leche» (Gn 49,8-12).
[3] Ahora bien, que jamás faltó en su linaje ni profeta ni príncipe (cf. Gn 49,10), desde que tuvo principio, hasta que nació y sufrió Jesucristo, no van a tener la osadía de negarlo sin avergonzarse, ni pretender demostrarlo. En efecto, Herodes, de quien Cristo sufrió, aunque afirman que era Ascalonita, sin embargo, dicen que tuvo (bajo su reinado) un sumo sacerdote de la raza de ustedes, según la Ley de Moisés, presentando las ofrendas y velando respecto de las demás prescripciones. También los profetas que se sucedieron sin interrupción hasta Juan -incluso cuando el pueblo de ustedes fue llevado a Babilonia, el país arrasado por la guerra y saqueados los vasos sagrados (cf. 2 R 25,14-16)- aún así no faltó entre ustedes el profeta que fuera señor, jefe y príncipe de su pueblo (cf. Gn 49,10). Porque el Espíritu que moraba en los profetas, era el que también ungía sus reyes y los establecía.
[4] En cambio, después de la manifestación y muerte de Jesús, nuestro Cristo, en la raza de ustedes, por ninguna parte ha surgido ni surge profeta alguno. Incluso han dejado de estar bajo un rey propio; además, ha sido devastada su tierra y abandonada como una cabaña del guardián de una huerta (cf. Is 1,7-8). Y cuando el Verbo dice por intermedio de Jacob: “Él será la expectación de las naciones” (cf. Gn 49,10), significaba simbólicamente sus dos venidas, y la fe que las naciones tendrían en Él, cosa que, largo tiempo después, finalmente se les ha dado ver. Nosotros que, procedentes de todas las naciones, nos hemos hechos piadosos y justos por la fe en Cristo, esperamos que Él venga de nuevo.
La bendición de Judá y la profecía de Zacarías anuncian la entrada de Cristo en Jerusalén, y la conversión de las naciones
53. [1] Las palabras: “Atando a la viña su asno, y a la cepa la cría de su asna” (Gn 49,11), lo mostraban anticipadamente, al igual que las obras que Él había de cumplir en su primera venida, y también la fe que en Él habían de tener las naciones. Éstas eran, en efecto, como una cría de asna (cf. Gn 49,11; Mt 21,1s.; Mc 11,1s.; Lc 19,28s.) sin silla y sin yugo sobre su cuello, hasta que, viniera Cristo (cf. Gn 49,10) y enviara a sus discípulos para hacer discípulos (cf. Mt 28,19). Entonces ellos llevarían el yugo (cf. Mt 11,29-30) de su Verbo, someterían sus espaldas, dispuestos a soportarlo todo por los bienes esperados y por Él prometidos (cf. Sal 127,5; Is 58,14; Gn 49,10).
[2] Cuando nuestro Señor Jesucristo estaba para entrar en Jerusalén, mandó a sus discípulos que le trajeran una asna que estaba realmente atada con su cría a la entrada de cierta aldea, llamada Betfagé, para hacer su entrada montado sobre ella (cf. Gn 49,11; Mt 21,1 ss.; Mc 11,1 ss.; Lc 19,28 ss.). Esta profecía, que debía cumplirse expresamente por el Cristo-Ungido, se sabe, realizada por Él, lo cual puso de manifiesto que Él era el Cristo. Sin embargo, a despecho de que todos estos hechos que han sucedido y se han demostrado por las Escrituras, ustedes se obstinan en su dureza de corazón.
[3] Ahora bien, el hecho fue profetizado por Zacarías, uno de los doce, por estas palabras: “¡Alégrate sobremanera, hija de Sión; grita, proclama, hija de Jerusalén! Mira que tu rey viene hacia ti. Él es justo y salvador, manso y humilde, montado sobre animal de yugo, sobre la cría de una asna” (Za 9,9; cf. Mt 21,5; So 3,14s.). [4] Si el Espíritu profético, con el patriarca Jacob, mencionada desde entonces que (Cristo) tendrá una asna, llevando el yugo, juntamente con su cría (cf. Gn 49,11; Za 9,9; Mt 21,2), y que por otra parte Él mandara, como ya he referido, a sus discípulos le trajeran ambos animales (cf. Mt 21,2), era una predicción de aquellos de la Sinagoga de ustedes que, junto con los procedentes de las naciones, habían de creer en Él. En efecto, como la cría de asna sin silla era un símbolo de los que venían de la gentilidad, así también el asna con su silla lo era de los de su pueblo (cf. Za 9,9), pues ustedes tienen la Ley impuesta por los profetas.
[5] Pero también por intermedio del profeta Zacarías fue profetizado que Cristo sería herido y sus discípulos dispersados (cf. Za 13,7; Mt 26,31; Mc 14,27), lo que en efecto se cumplió. Porque, después que fue crucificado, los discípulos que con Él habían estado, se dispersaron hasta que hubo resucitado de entre los muertos y los convenció de que así estaba profetizado, que Él tenía que sufrir (cf. Lc 24,25-27. 44-46). Así convencidos, salieron por toda la tierra, y enseñaron estas cosas (cf. Mt 28,19-20). [6] De ahí que también nosotros nos sentimos firmes en su fe y en su enseñanza, pues nuestra persuasión se funda, a la vez, en los profetas y en aquellos que por toda la tierra vemos convertidos en hombres piadosos en el nombre de Aquel crucificado. Las palabras de la profecía de Zacarías son éstas: “Espada, despiértate contra mi pastor y contra el hombre de mi pueblo, dice el Señor de los ejércitos. Hiere al pastor, y se dispersarán sus ovejas” (Za 13,7; cf. Mt 26,31; Mc 14,27).
La bendición de Judá es una profecía de la Pasión, de la Redención y del nacimiento virginal
54. [1] Lo que Moisés relata y que había sido profetizado por el patriarca Jacob: “Lavará en el vino su vestidura y en la sangre de la uva sus ropas” (Gn 49,11), significa que por su sangre debía lavar a aquellos que creyeran en Él. Porque el Espíritu Santo llamó “su vestidura” a los que por Él han recibido la remisión de sus pecados; y por su poder, Él está siempre presente en ellos y lo estará visiblemente en su segunda venida; [2] y al hablar el Verbo de “la sangre de la uva” significa, por artificioso rodeo, que Cristo tiene, sí, sangre, pero no por germen de hombre, sino por el poder de Dios. Porque a la manera que la sangre de la viña no la engendró un hombre, sino Dios, así anunció de antemano que la sangre de Cristo no vendría de humano linaje, sino del poder de Dios. Esta profecía, pues, señores, que les he citado, demuestra que no es Cristo hombre nacido de hombre, engendrado según el modo ordinario de los hombres.
Continuación