La pasión de Cristo fue anunciada por el misterio del cordero pascual, y sus dos venidas por la ofrenda de los machos cabríos
40. [1] Así, pues, el misterio del cordero que Dios mandó sacrificar como Pascua (cf. Ex 12,21. 27; Dt 16,2; 1 Co 5,7), era tipo (typos) de Cristo. Es con su sangre, que en razón de su fe en Él, ungen los que creen en Él sus propias casas (cf. Ex 17,7. 13. 22), es decir, a sí mismos. Porque todos pueden comprender que la figura que Dios plasmó, es decir, Adán (cf. Gn 2,7), se convirtió en casa (cf. 1 Co 3,16. 17; 6,19) del espíritu (cf. Gn 2,7) que Él le infundiera. Ahora bien, que ese precepto fuese temporal, se los demuestro de la siguiente manera: [2] Dios no les permite sacrificar el cordero pascual sino en el lugar en que es invocado su nombre (cf. Dt 16,5-6), porque Él sabía que vendrían días (cf. Jr 31,31), después de la pasión de Cristo, en los que el mismo lugar de Jerusalén sería entregado a sus enemigos y terminarían en absoluto todas las ofrendas. [3] Por otra parte, aquel cordero que se les mandaba asar totalmente (cf. Ex 12,9), era símbolo de la pasión de la cruz, que Cristo debía padecer. Pues en efecto, el cordero se asa colocándole en una forma semejante a la figura de la cruz: una punta del asador le atraviesa recta desde los pies a la cabeza; y otra por las espaldas, y a ella se sujetaban las patas del cordero.
[4] También los dos machos cabríos iguales prescritos en el ayuno, uno de los cuales era “expiatorio” (cf. Lv 16,8. 10), y el otro como “ofrenda” (cf. Lv 16,9), eran anuncio de los dos advenimientos de Cristo: uno en que los ancianos de su pueblo y los sacerdotes le enviaron como “expiación”, poniendo sobre él sus manos y matándole (cf. Mt 26,47. 50; Mc 14,43. 46); otro, en que, en el mismo lugar de Jerusalén, reconocerán al que fue por ustedes deshonrado (cf. Za 12,10; Jn 19,37; Ap 1,7), él fue la ofrenda por todos los pecadores que quieran hacer penitencia y ayunar con aquel ayuno que refiere Isaías, rompiendo las ataduras de los contratos de violencia (cf. Is 58,3-6), observando los demás preceptos que el profeta enumera y nosotros hemos anteriormente citado (cf. 15,1-6), que es justamente lo que hacen los que creen en Jesús. [5] Ahora bien, ustedes saben que el sacrificio de los dos machos cabríos prescritos para el ayuno, tampoco estaba permitido hacerse en ninguna parte fuera de Jerusalén.
La Eucaristía estaba anunciada por la ofrenda de harina. Testimonio de Malaquías. La circuncisión en el octavo día anunciaba la Resurrección
41. [1] La ofrenda de la mejor harina (cf. Lv 14,10), señores -proseguí-, que ordenaba la tradición por los que se purificaban de la lepra (cf. Lv 14,7), era tipo del pan de la acción de gracias. Nuestro Señor Jesucristo nos ha confiado la tradición de hacerla en memorial de la pasión que Él padeció por los hombres (cf. 1 Co 11,23-24; Lc 22,19) que purifican sus almas de toda tendencia al mal, a fin de que juntamente demos gracias a Dios (cf. 1 Co 11,24; Lc 22,19) por haber creado el mundo y cuanto en él hay, por el hombre, por habernos liberado del mal (cf. Rm 6,18. 22) en que nacimos y por haber destruido definitivamente a los principados y potestades (cf. 1 Co 15,24; Ef 1,21; 3,10; Col 1,16; 2,15)) por medio de aquel que, conforme a su voluntad, se hizo sufriente (cf. Is 53,3-4). [2] De ahí que sobre los sacrificios que ustedes ofrecían en otro tiempo, dice Dios, como ya indiqué antes (cf. 28,5), por boca de Malaquías, uno de los doce profetas: «Ustedes no de agradan -dice el Señor-, y no aceptaré los sacrificios de sus manos. Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, mi nombre es glorificado entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio, un sacrificio puro puro. Porque grande es mi nombre entre las naciones -dice el Señor-, pero ustedes lo profanan» (Ml 1,10-12). [3] Ya entonces, anticipadamente, habla de los sacrificios que nosotros, las naciones, le ofrecemos en todo lugar (Ml 1,11), es decir, del pan de la Eucaristía (cf. Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,19; 1 Co 11,24) y también del cáliz de la Eucaristía (cf. Mt 26,27; Mc 14,23; Lc 22,20; 1 Co 11,25), a par que dice que nosotros glorificamos su nombre y ustedes lo profanan (cf. Ml 1,11. 12).
[4] El mandamiento de la circuncisión, por el que se mandaba que todos los nacidos habían de circuncidarse exclusivamente al octavo día (cf. Gn 17,12. 14), era también tipo de la verdadera circuncisión, por la que Jesucristo nuestro Señor, resucitado el día primero de la semana, nos circuncidó a nosotros del error y de la tendencia al mal. Porque el primer día de la semana, aun siendo el primero de todos los días, resulta el octavo de la serie, contando dos veces los días del ciclo hebdomadario, sin dejar por ello de ser el primero.
Las campanillas colgadas en el manto del sumo sacerdote simbolizan los doce apóstoles unidos al poder de Cristo
42. [1] Del mismo modo, las doce campanillas que se mandaba colgar a lo largo de la vestimenta del sumo sacerdote (cf. Ex 28,4. 21. 23. 29. 30; 36,33. 34; 39,25. 26), eran un símbolo de los doce apóstoles, que estaban colgados del poder de Cristo, Sacerdote eterno (cf. Sal 109,4), y por cuya voz toda la tierra se llenó de la gloria y de la gracia de Dios y de su Cristo (cf. Sal 18,4. 5. 2). Por ello dice también David: “A toda la tierra llegó el eco de su voz, y a los confines del mundo sus palabras” (Sal 18,5). [2] Por eso Isaías, como en persona de los apóstoles, que dicen a Cristo no habérseles creído por lo que ellos dijeron, sino por el poder de Cristo, que los envió, dice así: “Señor, ¿quién ha creído a lo que de nosotros ha oído? Y el brazo del Señor, ¿a quién le ha sido revelado? Anunciamos en su presencia, como un niño, como una raíz en tierra sedienta… (Is 53,1-2; Jn 12,38; Rm 10,16), y lo que sigue de la profecía, ya anteriormente citada (cf. 13,3-7).
[3] Cuando dice, como en nombre de muchos “anunciamos en su presencia” y luego añade “como un niño” (Is 53,2), se trata evidente de una alusión a la multitud de aquellos que, sometidos a Él, obedecieron a su mandato y han llegado a ser todos como un solo niño. Lo que también puede verse en el cuerpo, pues contándose en él muchos miembros, todos, en conjunto, se llaman y son un solo cuerpo (cf. 1 Co 12,12). De modo semejante, el pueblo y la asamblea, aunque formados por muchos hombres en número, se llaman y denominan con un solo nombre, como si fueran una sola realidad. [4] Así pudiera, señores, recorrer todas las otras prescripciones hechas por Moisés y demostrarles que son tipos, símbolos y anuncios de lo que habría de suceder a Cristo y a los que preveía que creerían en Él, así como también de lo que Cristo mismo había de hacer. Pero como creo que lo hasta aquí citado es bastante por el momento, prosigo y retomo el orden de mi discurso.
Conclusión sobre la Ley. Misterio del nacimiento virginal: profecía de Isaías
43. [1] En conclusión, como la circuncisión empezó en Abraham, y el sábado, sacrificios, ofrendas y fiestas en Moisés, y ya quedó demostrado que todo eso se les mandó por la dureza de corazón de su pueblo (cf. 18,2; 25,2); así, también debían terminar, conforme a la voluntad del Padre, en aquel que nació de una virgen del linaje de Abraham, de la tribu de Judá y de David, el Cristo, Hijo de Dios, de quien fue anunciado que había de venir, Ley eterna y Alianza nueva (cf. Jr 31,31) para todo el mundo, como lo significan todas las profecías por mí alegadas. [2] Nosotros, que por medio de Él hemos llegado a Dios, no hemos recibido esa circuncisión carnal, sino la espiritual, aquella que observaron Enoc y otros semejantes. Y, como habíamos sido pecadores, la recibimos por la misericordia de Dios en el bautismo, y todos deberían también aspirar a recibirla.
[3] Pero ahora voy hablar del misterio de su nacimiento, pues éste debe ser presentado sin más dilación.
Isaías, sobre el linaje de Cristo, dice en estos términos, como ya quedó escrito, que es inefable para los hombres: “Su generación, ¿quién la contará? Porque su vida es quitada de la tierra. A causa de los pecados de mi pueblo, fue conducido a la muerte” Is 53,8). Esto, pues, dijo el Espíritu profético, por ser inefable el linaje de Aquel que había de morir para que por su herida fuéramos curados nosotros, los hombres pecadores (cf. Is 53,5. 8). [4] Además, para que los hombres que creen en Él pudieran saber cómo, nacido en el mundo, fue engendrado, por el mismo Isaías habló así el Espíritu profético: [5] «Continuó el Señor, hablando con Acaz, diciendo: “Pide para ti un signo al Señor Dios tuyo, en el abismo o en la altura”. Dijo Acaz: “No lo pediré ni tentaré al Señor”. Y dijo Isaías: “Oigan ahora, ¡oh casa de David! ¿Acaso es poco para ustedes dar combate a los hombres? ¿Cómo es que disputan también con el Señor? Por eso, el Señor mismo les dará un signo. Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, se llamará Emmanuel. Leche y miel comerá. [6] Antes de que conozca o sepa escoger el mal, escogerá el bien. Por eso, antes de que sepa el niño distinguir el bien o el mal, rechazará el mal para escoger el bien. Porque antes de que el niño sepa decir padre o madre, recibirá el poder de Damasco y los despojos de Samaria delante del rey de los asirios. Y será ocupada la tierra que será para ti dura carga, por la presencia de los dos reyes. Pero el Señor traerá sobre ti, sobre tu pueblo y sobre la casa de tu padre, días como no han venido todavía sobre ti desde el día en que separó Efraín de Judá al rey de los asirios”» (Is 7,10-17; 8,4).
[7] Ahora bien, es cosa evidente para todos que nadie jamás, fuera de nuestro Cristo, ha sido engendrado o se ha dicho engendrado de una virgen (cf. Is 7,14) en el linaje carnal de Abrahán. [8] Pero como ustedes y sus maestros se atreven a decir, que no dice el texto de la profecía de Isaías: “Miren que una virgen concebirá”, sino: “Mirad que una mujer joven concebirá y dará a luz” (Is 7,14), y luego la interpretan como referida a su rey Ezequías, intentaré discutir también brevemente ese punto con ustedes y demostrarles que la profecía se refiere a éste que nosotros confesamos como Cristo.
Reconociendo a Cristo los judíos accederán a la salvación. Testimonios de Ezequiel e Isaías
44. [1] De este modo, poniendo todo mi empeño en persuadirlos con mis demostraciones, yo seré encontrado totalmente inocente respecto de ustedes (cf. Sal 23,4). Pero si, permaneciendo en la dureza de corazón o débiles de juicio, por miedo a la muerte decretada contra los cristianos, se niegan a prestar adhesión a lo verdadero, toda la culpa será de ustedes; y se engañan a ustedes mismos, suponiendo que, por ser descendencia de Abraham según la carne (cf. Rm 9,7; Mt 3,9; Lc 3,8; Jn 8,39; Ga 3,7), van a heredar sin duda los bienes (cf. Is 58,14) que Dios prometió dar por medio de su Cristo. [2] Porque nadie, por ningún motivo, ha de recibir esos bienes, excepto los que de pensamiento se hayan conformado a la fe de Abrahán y reconozcan los misterios todos; quiero decir, que reconozcan que unos mandamientos se les dieron con miras a la piedad y a la práctica de la justicia, otros mandamientos y acciones para anunciar misteriosamente a Cristo o por la dureza de corazón de su pueblo. Que esto sea así, Dios mismo lo dijo en Ezequiel donde declara: “Si Noé, Jacob y Noé y Daniel interceden por sus hijos o sus hijas, no serán escuchados” (cf. Ez 14,20). [3] En Isaías, con relación a esto mismo, dijo así: «El Señor Dios ha dicho: saldrán y verán los miembros de los hombres que pecaron. Porque el gusano de ellos no morirá y su fuego no se extinguirá, serán un espectáculo para toda carne» (Is 66,23-24).
[4] Así, cortada de sus almas esa esperanza (cf. Is 1,16), deberán esforzarse en reconocer por qué camino podrán obtener el perdón de los pecados (cf. Is 1,16; 55,7; Mc 1,4; Lc 3,3) y la esperanza de heredar los bienes prometidos (cf. Is 1,19). Y ese camino no es otro sino que reconozcan a este Cristo, se laven en el baño que el profeta Isaías anunció para la remisión de los pecados (cf. Is 1,16), y vivan en adelante sin pecar (cf. Is 55,3?).