Monasterio Santa María de Los Toldos

OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (17)

El “ciclo” de Caín y Abel
Biblia de Alba
1422-1430
Maqueda, España

SAN JUSTINO, DIÁLOGO CON TRIFÓN (continuación)

Las prescripciones sobre alimentos, consecutivas al pecado del becerro de oro, estaban destinadas a preservar al pueblo de la idolatría

20. [1] Igualmente les mandó abstenerse de ciertos alimentos, a fin de que aun en el comer y beber tuvieran a Dios ante los ojos, como quiera que están inclinados y siempre prontos a apartarse de su conocimiento, como el mismo Moisés lo dice: “Comió y bebió el pueblo y se levantó a divertirse” (Ex 32,6). Y otra vez: Comió Jacob, se hartó, engordó y pateó el amado: se engordó, se engrasó, se dilató y abandonó a Dios, que lo había hecho” (Dt 32,15). Pero a Noé, que era justo, Dios le permitió comer todo ser animado, excepto la carne con la sangre (Gn 9,4), es decir, la de un animal muerto naturalmente, cosa que les narró Moisés en el libro del Génesis.
   [2] Y como Trifón quería agregar las palabras: “Como las hierbas del campo” (Gn 9,3), me adelanté yo a decir: La expresión “como las hierbas del campo”, ¿por qué no la entienden tal como fue dicha por Dios, a saber, que como Él creó las hierbas para alimento del hombre, de modo igual le dio los animales para comer carne? Del hecho de que no comemos algunas de las hierbas, ustedes concluyen que esa restricción ya había sido establecida en el tiempo de Noé.
   [3] Pero la interpretación de ustedes no merece fe ninguna. En primer lugar, pudiera sostener y afirmar que toda legumbre es hierba (cf. Gn 9,3) que puede comerse; pero no me detendré en eso. La verdad es que si hacemos distinción entre las legumbres y las herbáceas, y no todas las comemos, ello no se debe a que sean profanas o impuras (cf. Hch 10,14), sino a que son amargas, venenosas o espinosas. En cambio, las que son dulces, o alimenticias y muy aradables, ora se críen en el mar, ora en la tierra, ésas las buscamos y las tomamos. [4] De igual modo, Dios les mandó que se abstuvieran de alimentos impuros, injustos e inicuos, porque, aun comiendo el maná en el desierto (cf. Ex 16,4-35; Nm 11,7-9; Dt 8,13. 16)) y viendo los prodigios todos que Dios hacía para ustedes, se fabricaron el becerro de oro y le adoraron (cf. Ex 32). De ahí que con justicia no deja de gritar: “Hijos insensatos, en los que no hay fidelidad” (Dt 32,20; cf. Jr 4,22). 

Fue a causa de los pecados del pueblo que se instituyó el sábado. Testimonio de Ezequiel

21. [1] Por sus iniquidades y por las de sus padres, les mandó también Dios que guardaran el sábado como señal (cf. Gn 17,11; Ez 20,20), como anteriormente dije (cf. 16,2), y les dio los otros mandamientos; y por causa de las naciones, para que su nombre no fuera profanado entre ellas (cf. Ez 20,22), da Él a entender que dejó a algunos de ustedes con vida, como se lo pueden demostrar las siguientes palabras suyas, [2] que dijo por boca de Ezequiel: «Yo soy el Señor su Dios. Caminen en mis mandamientos y observen mis preceptos, y no se asocien a las costumbres de Egipto. Santifiquen mis sábados; y ello será un signo entre ustedes y yo, un signo para que sepan que yo soy el Señor su Dios. Pero ustedes me exasperaron y sus hijos no caminaron según mis prescripciones y no las observaron, para cumplirlas; esos preceptos que, al hombre que los cumpliere, le harán vivir; sino que profanaron mis sábados. [3] Y dije que iba a derramar mi ira sobre ellos en el desierto. Pero no lo hice, a fin de que mi nombre no fuese enteramente profanado delante de las naciones, de las que los saqué a vista de ellos. Y levanté mi mano contra ellos en el desierto, para dispersarlos entre las naciones y diseminarlos por las regiones, porque no ejecutaron mis órdenes, rechazaron mis mandamientos, profanaron mis sábados y sus ojos se fueron tras los pensamientos de sus padres. [4] Yo les di mandamientos que no eran buenos y prescripciones por las cuales no podrían de vivir. Y los mancillaré en sus casas, cuando yo pase para exterminar todo lo que abre la matriz» (Ez 20,19-26). 

Las ofrendas fueron mandadas por causa de las injusticias del pueblo y de su idolatría. Testimonios de Amós, Jeremías y David

22. [1] Por los pecados de su pueblo y por sus idolatrías, no porque Él tenga necesidad de semejantes ofrendas, les ordenó igualmente lo referente a las ofrendas (cf. Jr 7,22). Escuchen cómo lo dice por Amós, uno de los doce profetas, clamando: [2] «¡Ay de los que desean ardientemente el día del Señor! ¿Para qué quieren ese día del Señor? Porque él es tinieblas y no luz, como cuando un hombre huye de la vista de un león y le sale al encuentro un oso… Huye a su casa, apoya sus manos en la pared y le muerde una serpiente. ¿Acaso no es tinieblas el día del Señor y no luz, una oscuridad sin claridad? Aborrezco, detesto sus fiestas, no respiraré el olor de sus asambleas solemnes. [3] Por lo tanto, si me traen sus holocaustos y sacrificios, no los aceptaré, y a sus sacrificios de paz no los atenderé. Aparta de mí la muchedumbre de tus cantos e himnos; tus instrumentos de música no los quiero oír. Rodará como agua el juicio y como torrente invadeable la justicia. ¿Acaso me ofrecieron en el desierto víctimas y sacrificios, casa de Israel? -dice el Señor-. Acogieron la tienda de Moloc y la estrella de su dios Raphán, ídolos que ustedes se hicieron. [4] Los deportaré más allá de Damasco, dice el Señor, cuyo nombre es Todopoderoso. ¡Ay de los que se entregan a sus placeres en Sión, y los que ponen su confianza en el monte de Samaría! Los que son renombrados entre los príncipes cosecharon las primicias de las naciones. A ellos acude la casa de Israel. Pasen todos a Galana y vean; y marchen de allí a Amath, la grande, y bajen de allí a Geth, la de los extranjeros, las ciudades más grandes de todos esos reinos, y miren si sus límites son mayores que sus límites. [5] Los que marchan a un día malo, los que se acercan y se adhieren a sábados mentirosos; los que duermen en lechos de marfil y viven apoltronados en sus sillones, los que comen los corderos que han tomado de los rebaños y los novillos elegidos en los establos; los que aplauden al son de los instrumentos, y creen que esto es eterno y no pasajero; los que beben en copas el vino y se ungen con los primeros perfumes, pero no se apenan por las desgracias de José. Por eso hoy marcharán cautivos a la cabeza de los príncipes exilados; será derribada la morada de los malhechores, y desaparecerá de Efraín el relincho de los caballos» (Am 5,18—6,7).
   [6] También dice Jeremías: “Junten sus ofrendas de carne y sus sacrificios, y coman; porque ni sobre sacrificios, ni sobre libaciones, les mandé algo a sus padres, el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto” (Jr 7,21-22).
   [7] Y nuevamente, por boca de David, dice así en el salmo cuarenta y nueve: «El Dios de los dioses, el Señor,  habló y llamó a la tierra desde Oriente a Poniente. Desde Sión, resplandece la gracia de su belleza. Dios vendrá manifiestamente, el Dios nuestro, y no se callará. Fuego se encenderá delante de Él, y en torno suyo se desencadenará una tempestad violenta. Convocará al cielo arriba y abajo a la tierra, para juzgar a su pueblo. Congreguen ante Él a sus fieles, a los que ratifican su alianza con sacrificios. Anunciarán los cielos su justicia, porque Dios es juez. [8] Escucha, pueblo mío, que te voy a habla, Israel, que te quiero atestiguar: Dios, Dios tuyo soy Yo. No te acusaré por tus sacrificios. En todo momento están ante mí tus holocaustos. No aceptaré de tu casa novillos, ni de tus rebaños machos cabríos, porque míos son todos los animales del campo, los ganados de los montes y los bueyes. Yo conozco todas las aves del cielo y la hermosura del campo está conmigo. [9] Si tuviera hambre, no te lo diría a ti, porque mía es la redondez de la tierra y todo lo que la llena. ¿Acaso voy a comerme la carne de los toros y beberme la sangre de los machos cabríos? Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza y cumple al Altísimo tus votos. Invócame en el día de la opresión. Yo te libraré y tú me glorificarás. Al pecador, empero, le dice Dios: “¿Por qué enumeras mis prescripciones y tienes en tu boca mi Alianza? Tú has aborrecido mis correcciones y te echaste mis palabras a la espalda. [10] Si veías a un ladrón, corrías con él; y con el adúltero pusiste tu parte. Tu boca abundó en maldad y tu lengua tramaba embustes. Te sentabas, y murmurabas contra tu hermano, contra el hijo de tu madre ponías tropiezo. Esto hiciste, y yo callé, y tú pensaste que yo sería en la iniquidad igual que tú. Pues te voy a hacer comparecer y voy a pondré ante ti tus pecados”. Entiendan esto, ustedes los que olvidan a Dios, no sea que los arrebate y no haya quien los salve. El sacrificio de alabanza me glorificará, y allí está el camino en el cual les mostraré mi salvación» (Sal 49,1-23).
   [11] Así, pues, ni recibe de ustedes sacrificios (cf. Jr 7,21. 22; Sal 49,8), y si al principio les mandó hacerlos, no era porque Él tuviera necesidad, sino por causa de sus pecados. El mismo templo de Jerusalén, no lo llamó Dios casa y morada suya porque lo necesitara, sino porque, permaneciendo ustedes a Él por lo menos allí, no se dierais a la idolatría. Esto lo testimonia Isaías: “¿Qué es esta casa que me han edificado?, dice el Señor. El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies” (Is 66,1).

El mismo Dios ha prescrito estos mandatos y después los ha anulado por medio de Cristo

23. [1] Si no admitimos esto así, tendremos que caer en pensamientos absurdos; por ejemplo, que no es el mismo Dios quien obraba en tiempos de Enoc y de todos los otros que no tenían la circuncisión carnal, ni observaban los sábados y los demás mandamientos, pues fue Moisés quien mandó que todo eso se practicara; o bien que no ha querido que todo el género humano practicara siempre la justicia. Lo cual, evidentemente, es ridículo e insensato. [2] En cambio, se puede decir que, aun siendo eternamente el mismo, por causa de los hombres pecadores, mandó que se cumplieran esas y otras cosas por el estilo; y podemos afirmar que Él ama los hombres, conoce el futuro, no está necesitado, es justo y bueno. Porque si esto no es así, respóndanme, señores, qué es lo que piensan sobre estas cuestiones que son el objeto de nuestro búsqueda.
   [3] Como nadie respondía palabra:
   -Por eso -proseguí yo-, ¡oh Trifón!, a ti y a todos los que intentan hacerse prosélitos suyos, voy a proclamarles un la palabra divina que recibí de aquel anciano (cf. 3,1): ¿No ven que los elementos jamás descansan ni guardan el sábado? Permanecen tal como nacieron. Porque si antes de Abrahán no había necesidad de la circuncisión, ni antes de Moisés del sábado, de las fiestas ni de las ofrendas, tampoco la hay ahora después de la venida de Jesucristo, Hijo de Dios, nacido según la voluntad de Dios de María, la Virgen del linaje de Abrahán. [4] Porque, en efecto, el mismo Abrahán, estando todavía incircunciso, fue justificado y bendecido por su fe en Dios, como lo significa la Escritura (cf. Rm 4,3; 10-11; Gn 15,6); la circuncisión, empero, la recibió como un signo (cf. Gn 17,11; Rm 4,11), no como justificación, según la misma Escritura y la realidad de las cosas nos obligan a confesar. De suerte que con razón se dijo de aquel pueblo que sería exterminado de su linaje toda alma que no se circuncidara al octavo día (Gn 17,14). [5] Además, el hecho de que las mujeres no puedan recibir la circuncisión de la carne, prueba que esa circuncisión fue dada como un signo (cf. Gn 17,11; Rm 4,11) y no como obra de justificación. Porque todo lo que es justo y virtuoso, Dios quiso que las mujeres tuvieran la misma capacidad que los hombres para observarlo; en cambio, la configuración de la carne fue creada, como lo vemos, diferente en el varón y en la mujer. Por eso sabemos que ninguno de los sexos es de suyo justo ni injusto, sino por piedad y justicia.

Solamente la sangre de la verdadera circuncisión procura la salvación y hace entrar a las naciones en la heredad de Abraham. Testimonios de David, Jeremías e Isaías

24. [1] Pudiera también demostrarles, señores -proseguí diciendo-, que en el octavo día, con preferencia al séptimo, se encerraba un cierto misterio anunciado por Dios en esas realidades; pero para no darles impresión que divago en otros razonamientos, me contento con gritarles que entiendan cómo la sangre de aquella circuncisión se ha eliminado y nosotros hemos creído en otra sangre salvadora. Otra alianza (cf. Jr 31,31; Is 54,3) rige ahora, y otra ley ha salido de Sión (Mi 4,2; Is 2,3; cf. Is 51,4): Jesucristo. [2] Él circuncida a todos los que así lo quieren, como desde antiguo fue anunciado, con cuchillos de piedra (Jos 5,2), a fin de formar una nación justa, un pueblo que guarda la fe, que abraza la verdad, que preserva la paz (cf. Is 26,2-3)). [3] Vengan conmigo, todos los que temen a Dios (Sal 127,1. 4), los que desean ver los bienes de Jerusalén (Sal 127,5). “Vengan, caminemos a la luz del Señor, porque Él desechó a su pueblo, la casa de Jacob” (Is 2,5-6). Vengan las naciones todas, juntémonos en aquella Jerusalén (cf. Jr 3,17), que ya no es combatida por causa de los pecados de los pueblos. Porque me he manifestado a los que no me buscaban; fui hallado por quienes no preguntaban por mí (cf. Is 65,1), clama por Isaías. [4] «Dije: Heme aquí, a naciones que no invocaban mi nombre. Extendí todo el día mis manos a un pueblo infiel y rebelde, a los que andan por camino no bueno, sino tras sus pecados. Un pueblo que me provoca ante mi cara» (Is 65,1-3).

Continuación

Publicado el 23/06/2009