Monasterio Santa María de Los Toldos

OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (7)

Las mujeres en el sepulcro
Hacia 1025-1050
De un manuscrito Ottoniano
Mainz o Fulda (Alemania)

Atenágoras de Atenas (activo en la segunda mitad del siglo II) [continuación]

CPG 1071-  Sobre la resurrección de los muertos.

No se ha encontrado en Internet este texto en castellano, por lo que lo ofrecemos a continuación.


ATENÁGORAS, SOBRE LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS(1)

I. Introducción. Plan de la obra

1. Al margen de todo pensamiento y doctrina que se atenga a la verdad, le nace como un retoño alguna mentira; no porque nazca naturalmente de un principio subyacente, ni de una causa inherente a la naturaleza misma de las cosas, sino por ser intensamente procurado por aquellos que cultivan la semilla de iniquidad con el fin de ahogar la verdad (cf. Lc 8,5-15; Mt 13,24-43).

2. Lo cual cabe comprobar, primeramente, en aquellos que de antiguo se entregaron a especular sobre estas materias, y en su divergencia con sus predecesores e incluso con sus contemporáneos, y no menos por la confusión misma en que se hallan los asuntos discutidos. Porque es cierto que esta casta de gentes no dejaron verdad alguna que no calumniaran: ni la esencia de Dios, ni su conocimiento, ni su operación, ni ninguna de las materias que por encadenamiento se siguen y dan testimonio de nuestra piedad. Y así, algunos de una vez para siempre renuncian a hallar la verdad sobre estas materias; otros la tuercen hacia sus propias opiniones; otros, en fin, hacen profesión de dudar aun sobre lo evidente.

3. De ahí que, en mi opinión, quienes intentan trabajar sobre esto, necesitan de un razonamiento con dos partes: una para defender la verdad, otra para ilustrar la verdad. Defender la verdad para los que no creen o dudan; ilustrar la verdad, para los de nobles sentimientos y dispuestos a recibirla con benevolencia. Por tanto, es preciso que quienes quieran examinar a fondo esta cuestión, consideren qué sea lo útil en cada caso, y conforme a ello midan sus argumentos, para distribuirlos según el orden que corresponde a la necesidad, y no que, por creer debe siempre guardarse el mismo principio, se descuiden los puntos esenciales y el lugar que corresponde a uno de ellos.

4. Porque si, en efecto, se mira a la fuerza demostrativa y al orden natural, la demostración de una tesis siempre precede a la argumentación para defenderla; pero si se busca mayor eficiencia, es a la inversa, la defensa antecede a la demostración(2). Así, ningún agricultor puede convenientemente arrojar las semillas a la tierra, si antes no arranca todas las malas hierbas y cuanto puede dañar a la buena siembra; ni el médico aplicar eficazmente medicamentos al cuerpo enfermo, si no se limpia antes el mal interno o detiene al que trata de infiltrarse; ni, en fin, el que trata de enseñar la verdad, podrá, por más que ella diga, persuadir a nadie, mientras una falsa opinión se agazape en la mente de los oyentes y se oponga a sus razonamientos.

5. De ahí que también nosotros, mirando justamente a la utilidad, hay veces que anteponemos la defensa de la verdad antes de su demostración; y a quien considere lo conveniente, no le ha de parecer inútil que procedamos del mismo modo ahora, en este tratado sobre la resurrección. Porque, efectivamente, constatamos también en esta materia a unos que no creen en absoluto, a otros que dudan, y a otros, de entre quienes aceptan nuestros principios fundamentales, tan perplejos como los que abiertamente dudan; y lo más absurdo es que no tienen el más leve pretexto fundado en la realidad para su incredulidad, ni pueden hallar una sola causa racional que justifique su incredulidad o incertidumbre.

Primera parte: defensa de la verdad

II. Introducción: el fundamento de la incredulidad

1.Sigamos este razonamiento: toda incredulidad, que no sea arbitraria ni responda a tal o cual prejuicio, sino por fuerte causa y con seguridad verdadera, guarda la conveniente razón cuando la cosa misma que es objeto de duda parece increíble. Porque no creer a lo que no es increíble, propio es de hombres que no tienen sano juicio sobre la verdad.

2. En consecuencia, los que no creen o dudan de la resurrección, no deben dar su opinión sobre ella por lo que a ellos irreflexivamente les parezca ni por lo que a gentes intemperantes pudiera serles grato, sino que, o han de decir que el origen del hombre no depende de causa alguna -y esto es bien fácil de refutar-, o, si atribuyen a Dios la causa de todos los seres, a esta creencia han de mirar como a principio y por ella han de demostrar que la resurrección no tiene garantía alguna de verdad.

3. Y esto lo lograrán, si son capaces de demostrar que Dios o no puede o es contrario a su voluntad unir y juntar de nuevo los cuerpos muertos y hasta completamente descompuestos, para la constitución de los mismos individuos. Pero si esto no pueden demostrar, cese ya esa atea incredulidad y no blasfemen de lo que no es lícito blasfemar. Porque mienten lo mismo si hablan de que Dios no puede, como que no quiere, como se verá claro por lo que vamos a decir.

4. Se conoce realmente que una cosa es imposible para alguien, o por no saber lo que se ha de hacer o por no tener fuerza suficiente para hacer bien lo que se sabe. En efecto, el que no conoce lo que se ha de hacer no puede ni intentar en absoluto ni realizar aquello que desconoce; y el que conoce, sí, muy bien lo que se ha de hacer y por qué medios y de qué modo, pero no tiene en absoluto fuerza para ello, o no la tiene suficiente, ése, si es sensato y sabe medir sus propias fuerzas, ya ni intentará en principio la obra; y si, inconsideradamente, la intenta, no podrá llevar a cabo su propósito.

5. Ahora bien, Dios, no es posible ni que desconozca la naturaleza de los cuerpos en cada parte y miembro que han de resucitar, ni que ignore el paradero de cada parte deshecha, ni qué parte de elemento recibió lo deshecho y retornó al elemento original, incluso si es imposible para los hombres distinguir lo que nuevamente se unió íntimamente con el todo. Porque quien antes de la constitución propia de cada uno no desconocía la naturaleza de los elementos futuros que formarían los cuerpos humanos, ni las partes de aquellos de que había de tomar lo que a Él pareció bueno para la constitución del cuerpo humano, es evidente que, después de disuelto todo, tampoco desconocerá adónde fue a parar cada una de las partes que tomó para completar el todo.

6. Porque si es cierto que, según el orden que reina actualmente en las cosas humanas y el juicio que se da en cada caso, es más difícil conocer de antemano lo que no existe (que lo que ya ha existido); pero si se considera la dignidad y la sabiduría de Dios, ambas cosas son naturales e igualmente fáciles: conocer de antemano lo que no es y reconocer los elementos ya descompuestos.

III. Examen de algunos casos de imposibilidad: la dispersión de las partes de un mismo cuerpo

1. Que el poder de Dios sea bastante para resucitar los cuerpos, lo prueba el hecho mismo de su creación. Porque Dios hizo de la nada los cuerpos de los hombres conforme a la constitución primera y principios de ellos, y con la misma facilidad resucitará a los que, por el modo que fuere, se hayan deshecho, puesto que para Él todo es igualmente posible.

2. Para nada obstaculiza este razonamiento el hecho de que algunos suponen provenientes de la materia los primeros principios, ya sea que los elementos formen los constituyentes primeros del cuerpo humano, o bien que este nazca de una semilla. Porque a la misma potencia que corresponde dar una forma a la sustancia, que ellos consideran materia informe, y ordenar con aspectos múltiples y variados lo que no tiene adorno ni orden; y reunir en un solo compuesto las partes constitutivas de los elementos, dividiendo en la variedad de miembros una semilla que es una y simple, articulando lo inarticulado, y dando vida al no viviente; a la misma decimos, corresponde reunir otra vez lo disuelto, levantar lo que yace en la tumba y vivificar lo muerto, y transformar lo corruptible en incorruptible (cf. 1 Co 15,42. 53).

3. Al mismo Ser corresponde sin duda y obra es del mismo poder y sabiduría distinguir y reunir en sus propias partes y miembros lo que, despedazado, fue a parar a muchedumbre de animales de toda clase, de los que suelen atacar a tales cuerpos y saciarse de ellos, ora hayan ido a parar a uno solo de estos animales, ora a muchos, y de éstos a otros, y, disuelto juntamente con ellos, haya vuelto, conforme a la natural disolución, a los primeros principios. Esto es, por cierto, lo que más parece turbar a algunos, aun de los que son de admirar por su sabiduría, que no sé por qué tienen por tan fuertes las dificultades corrientes entre el vulgo.

IV. La absorción de la carne humana por un ser humano

1. Éstos suelen objetar que muchos cuerpos, muertos accidentalmente en naufragios y ríos, han venido a ser alimento de los peces, y muchos de los muertos en las guerras o por otra más áspera causa, o raíz de desgraciadas circunstancias y no recibieron sepultura, han quedado expuestos para pastos de cualesquiera fieras.

2. Ahora bien, consumidos de este modo los cuerpos y esparcidas sus partes y miembros de que se componían entre muchedumbre de animales, se han asimilado por el alimento con los cuerpos de los que se los comieron, afirman entonces, en primer lugar, que la separación es imposible; y a esta dificultad añaden otra mayor.

3. En efecto, si los cuerpos de animales que se alimentaron de carne humana son a su vez aptos para alimento de hombres, pasando por el vientre de éstos y asimilados a los cuerpos de quienes los coman, resultará de toda necesidad que las partes de los hombres que fueron alimento de los animales pasarán a los cuerpos de otros hombres, pues los animales que se alimentaron de ellos los van transportando a aquellos hombres que a su vez se alimentan de ellos.

4. A todo esto nos cuentan las tragedias de quienes se comieron a sus propios hijos en momentos de hambre, o arrebatados de locura, o los hijos que por insidia de enemigos fueron alimento de sus propios padres, y nos forman una cadena de calamidades acaecidas lo mismo entre griegos que entre bárbaros: la famosa mesa de Medea, los trágicos convites de Tiestes y otros por el estilo. Y de todo esto establecen, según piensan, que la resurrección es imposible, porque no pueden unos mismos miembros resucitar a la vez para diferentes cuerpos. Puesto que o bien el primer cuerpo no puede reintegrarse, ya que las parte que lo componían han pasado a otros organismo; o bien si ellas se restituyeran al primer (cuerpo), le faltarían al segundo.

V. Teoría de la alimentación

1. Me parece que los que así hablan, en primer lugar, desconocen el poder y sabiduría del que ha creado y gobierna todo este universo, el cual para cada ser viviente ha establecido un alimento apropiado, conforme a su naturaleza y especie animal, y no ha juzgado conveniente que las diferentes naturalezas de los diversos organismos se unan y asimilen, ni tampoco le es difícil la separación de lo unido; sino que a cada cosa creada le consiente hacer o sufrir lo que condice con su naturaleza, y lo que no, se lo prohíbe; y todo lo que es conforme a su voluntad o a su deseo, lo consiente o se opone a ello. Y aparte de esto, tampoco me parece han considerado las facultades y la naturaleza de cada uno de los seres que alimentan o son alimentados.

2. En otro caso, se habrían dado cuenta que no todo lo que se ingiere cediendo a la necesidad exterior, se convierte sin más en alimento apropiado para el animal, sino que hay cosas que apenas han llegado a las partes plegadas del vientre, son naturalmente eliminadas, por vómito o secreción o de otro cualquier modo evacuadas, de modo que ni por breve tiempo toleran la primera y natural digestión, mucho menos la asimilación con el cuerpo que se quiere alimentar.

3. De igual forma tampoco todo lo que ha sido digerido y recibido la primera transformación, no se incorpora totalmente a las partes alimentadas; pues, parte en el estómago mismo liberan su fuerza nutritiva, parte en la segunda transformación y en la digestión, que tiene lugar en el hígado, son segregados y pasan a otra función ajena a la virtud nutritiva. E incluso la misma transformación que tiene lugar en el hígado, no toda ella produce un alimento asimilable para el hombre, sino que (una parte de su producto) se segrega en las naturales evacuaciones; y, en fin, de lo que queda, hay veces que, en las mismas partes y miembros alimentados, se transforma en otra sustancia, según el predominio de lo que abunda o sobra, y que suele de algún modo corromper o asimilar en sí lo que se le acerca.

Continuación

(1) Cf. Padres Apostólicos y Apologistas Griegos (S. II). Introducción, notas y versión española por Daniel Ruiz Bueno, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, pp. 1389 ss. (BAC 629). Ofrecemos una versión revisada y confrontada con el texto griego editado en la colección “Sources Chrétiennes”, n. 379, Paris, Eds. du Cerf, 1992, pp. 214 ss.
(2)
Más literalmente: “los razonamientos sobre la verdad tienen la primacía sobre los por la verdad; pero si miramos a la utilidad, los razonamientos por la verdad son, contrariamente, antes que los sobre la verdad”.

Publicado el 14/04/2009