Monasterio Santa María de Los Toldos

OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (5)

Entrada de Jesús en Jerusalén (Mt 21,1ss.)
Hacia 1030-1040
De un manuscrito Ottoniano
Regensburg, Alemania

ATENÁGORAS: LEGACIÓN EN FAVOR DE LOS CRISTIANOS (continuación)

Primera parte: la religión cristiana frente a la pagana

IV. Lo absurdo de la acusación de ateísmo; los cristianos confiesan a un solo Dios

1. Ahora bien, que no seamos ateos -voy a entrar en la refutación de cada una de las acusaciones-, mucho me temo que no sea hasta ridículo refutar tal cargo. A Diágoras, sí, le reprochaban con razón los atenienses su ateísmo. Pues no sólo exponía públicamente la doctrina órfica y divulgaba los misterios de Eleusis y de los Cabiros, y hacía pedazos la estatua de madera de Heracles para hacer cocer las astillas, sino que abiertamente afirmaba que dios no existe en absoluto; pero a nosotros, que distinguimos a Dios de la materia y demostramos que una cosa es Dios y otra la materia, y que la diferencia entre uno y otra es inmensa -porque la divinidad es increada, eterna, accesible sólo a la inteligencia y la razón, mientras que la materia es creada y corruptible-, ¿no es absurdo darnos el nombre de ateos?

2. Si, en efecto, pensáramos como Diágoras, teniendo tantos argumentos para venerar a Dios: el perfecto orden del mundo, su perpetua armonía, su grandeza, color, forma y disposición, entonces sí tendríamos con razón reputación de impíos y habría motivos para perseguirnos; pero nuestra doctrina admite a un solo Dios, creador de todo este universo, y Ése no ha sido creado -pues no se crea lo que es, sino lo que no es-, sino creador Él de todas las cosas por medio del Verbo que de Él viene; y, por tanto, ambas cosas padecemos sin razón, la calumnia y la persecución.

V. Itinerario común de los poetas, filósofos y cristianos; testimonio de los poetas a favor del monoteísmo; Eurípides y Sófocles

1. Los poetas y filósofos no fueron considerados ateos porque reflexionaron sobre Dios. Así Eurípides, testimonia su confusión respecto de aquellos que, según la opinión común, se llaman inconsideradamente dioses: “Zeus, si es que está en el cielo, no debiera hacerle siempre desgraciado al hombre mismo” (fragmento de Eurípides, 900 Nauck, conocido sólo por Atenágoras); pero sobre el Ser inteligible que es cognoscible, en quien ve a Dios, dice: “¿Ves en la altura ese éter infinito, que rodea la tierra con sus húmedos brazos? A éste créele Zeus, a éste tenle por dios” (fragmento de Eurípides, 941 Nauck).

2. Porque de los primeros constataba que no había sustancia para proveer un fundamento a los nombres que se les había aplicado fortuitamente: “Porque a Zeus, quién Zeus sea, no lo conozco sino de nombre” (fragmento falsamente atribuido a Sófocles, 1025 Nauck); ni que los nombres se atribuyeran a cosas subsistentes; pues donde no hay esencias subsistentes, ¿qué valor tienen los nombres? Pero a Dios, a quien lo veía a través de sus obras, distinguiendo en las cosas visibles -aire, éter, tierra- aquellas invisibles (cf. Rm 1,20).

3. Así, pues, comprendió que el autor de la creación, quien tiene las riendas por su espíritu, es Dios. Y con él concuerda Sófocles: “Uno en verdad, uno solo es Dios, que fabricó el cielo y la vasta tierra” (fragmento 1025 Nauck, falsamente atribuido a Sófocles); en lo que enseña respecto a la naturaleza de Dios, que llena de su belleza (el universo), no sólo dónde ha de estar Dios, sino que debe ser necesariamente uno.

VI. Testimonio de los filósofos: los Pitagóricos; Platón y Aristóteles; los Estoicos

1. También Filolao, al afirmar que “Dios encerró todo como en una cárcel” (fragmento 15 Dielz-Kranz, sólo conocido por Atenágoras), demuestra que Dios es uno y que está por encima de la materia. En cuanto a Lisis y a Opsimo, el uno define a Dios como el número inefable; el otro, como la diferencia entre el número máximo y su inmediato. Ahora bien, el número máximo, según los pitagóricos, es el diez, pues es “tetractus” (suma de los primeros cuatro números: 1+2+3+4=10), que comprende todas las proporciones aritméticas y armónicas, y el inmediato a éste es el nueve; luego Dios es la mónada, es decir, uno, pues en uno supera el número mayor a su inmediato inferior.

2. Platón y Aristóteles -advierto, ante todo, que no es mi intento exponer con absoluto rigor las doctrinas de los filósofos al citar lo que han dicho acerca de Dios; pues sé bien que ustedes sobrepasan a todos por su sabiduría y por el poder de su Imperio, así también les superan por la profundidad y amplitud de su cultura, practicando cada una de las disciplinas con un maestría que no conocen ni siquiera los especialistas de una sola de entre ellas; pero como no era posible, sin citar nombres, demostrar que no somos sólo nosotros los que ponemos a Dios en la unidad, acudí a los florilegios (o colecciones de sentencias)-. Platón, pues, dice así: “El hacedor y padre de todo este universo, no sólo es trabajoso hallarle, sino, una vez hallado, imposible manifestarlo a todos” (Timeo 28c); con lo que da a entender que el Dios increado y eterno es uno. Es cierto que reconoce a otros como el sol, la luna y las estrellas, pero los conoce como creados: “Dioses de dioses de que yo soy el artífice y el padre, criaturas que, si yo no quiero, no son desatables; pues todo lo atado es desatable” (Timeo 41a, incompleto). Si, entonces, Platón no es ateo por entender que el artífice de todas las cosas es un solo Dios increado, tampoco lo somos nosotros porque reconocemos y afirmamos como Dios a aquel por cuyo Verbo todo ha sido creado y por cuyo Espíritu es todo mantenido.

3. Aristóteles y su escuela, que conciben un solo Dios, como una especie de ser viviente compuesto, dicen que Dios está dotado de alma y cuerpo, y tienen por cuerpo suyo el espacio etéreo, las estrellas errantes y la esfera de las estrellas fijas, todo él dotado de un movimiento circular; y por alma, la Razón que dirige el movimiento del cuerpo, sin que ella se mueva, siendo, en cambio, ella causa del movimiento (opinión de Aristóteles conocida sólo por Atenágoras).

4. En cuanto a los estoicos, si bien en los nombres multiplican lo divino en las denominaciones que le dan, según los diferentes estados de la materia que penetra el espíritu divino; sin embargo, en realidad piensan que Dios por uno. Pues si Dios es el fuego artesano que marcha por un camino para la generación del mundo y comprende en sí todas las razones seminales según las cuales todo se produce conforme al destino, y si el espíritu de Dios penetra por todo el mundo, entonces Dios es uno para ellos; que se llama Zeus, si se mira el hervor de la materia, Hera si al aire, y así sucesivamente, conforme a cada parte de la materia por donde atraviesa.

VII. Superioridad del pensamiento cristiano sobre el filosófico: conjetura e inspiración divina

1. Como quiera, pues, que en viniendo a tratar de los principios del universo todos, generalmente, lo admitan o no, están de acuerdo en que lo divino es uno, nosotros afirmamos que quien ha ordenado todo este universo, ése es Dios, ¿qué motivo hay para que a unos se les permita decir y escribir libremente sobre Dios lo que les dé la gana, y haya, en cambio, una ley dictada contra nosotros? En tanto que nosotros podemos establecer con pruebas y argumentos de verdad lo que entendemos y rectamente creemos, a saber, la existencia de un Dios único.

2. Porque en este terreno, como así también en otros, los poetas y filósofos, han procedido por conjeturas; movidos cada uno por su propia alma, según su simpatía hacia el soplo de Dios, a buscar si era posible hallar y comprender la verdad, y sólo lograron entender, no hallar el ser, pues no se dignaron aprender de Dios sobre Dios, sino de sí mismo cada uno. De ahí que cada uno dogmatizó a su modo, no sólo acerca de Dios, sino sobre la materia, las formas y el mundo.

3. Nosotros, en cambio, de lo que entendemos y creemos, tenemos por testigos a los profetas, que, movidos por espíritu divino, han hablado acerca de Dios y de las cosas de Dios. Ahora bien, también ustedes, que por su sabiduría y piedad hacia lo de verdad divino sobrepasan a todos, deberían admitir que es absurdo adherirse a opiniones humanas, abandonando la fe en el Espíritu de Dios, que ha movido, como a instrumentos suyos, las bocas de los profetas.

VIII. Demostración racional de la existencia de un Dios único: unidad o pluralidad del ser divino

1. La hipótesis que el Dios creador de todo este universo sea desde el principio uno solo, considérenlo del modo siguiente, a fin de que tengan también la comprensión de los fundamentos de nuestra fe. Si, en efecto, hubiera habido desde el principio dos o más dioses, o bien hubieran pertenecido a un solo y mismo ser, o bien cada uno de ellos tendría su propio ser.

2. Pero es imposible que pertenecieran a un solo y mismo ser; porque no serían, por ser dioses, iguales, sino que por ser increados serían necesariamente diferentes. En efecto, lo creado es semejante a un modelo; pero lo increado no es semejante a nada, pues carece de proveniencia y de referencia.

3. Y si esos dioses son uno al modo que la mano, el ojo y el pie son partes constitutivas de un solo cuerpo, pues de todas ellas se completa uno solo, entonces Dios es uno; sin embargo, si Sócrates, en cuanto creado y corruptible, es un ser compuesto y dividido en partes; en cambio, Dios que es increado, impasible e indivisible, Él no es un compuesto de partes.

4. Mas si cada uno de los dioses tiene su propio ser, estando el que creó el mundo más alto que todas las cosas creadas y por encima de lo que Él hizo y ordenó, ¿dónde estará el otro o los otros? Porque si el mundo, que tiene figura esférica perfecta, está limitado por los círculos del cielo, y el creador de ese mismo mundo está más alto que todo lo creado, conservándolo todo por su providencia, ¿qué lugar queda para el otro o para los otros dioses? Porque ni está en el mundo, puesto que pertenece a otro; ni en torno del mundo, pues sobre éste está el Dios creador del mundo.

5. Y si no está en el mundo ni en torno al mundo, pues todo lo que a éste rodea es mantenido por Dios, ¿dónde está? ¿Por encima del mundo y de Dios, en otro mundo y en torno a otro mundo? Pero si está en otro y en torno a otro, ya no está en torno a nosotros, pues no tiene ya poder sobre este mundo, ni es tampoco grande en sí mismo, como quiera que está en un lugar limitado.

6. Si ni está en otro mundo, puesto que todo es llenado por Dios, ni en torno a otro mundo, pues todo es mantenido por Dios; luego, en definitiva, no existe, puesto que no hay lugar en que esté. ¿O qué es lo que hace, habiendo otro de quien depende el mundo y que está por encima del creador del mundo, pero no estando ni en el mundo ni alrededor del mundo?

7. ¿Es que hay otro punto en que se apoye el que ha sido hecho contra el que es? Sin embargo, sobre él está Dios y las obras de Dios. ¿Y cuál será el lugar, siendo así que Dios llena el espacio que está sobre el mundo?

8. Acaso ¿tiene providencia? No, tampoco tiene providencia, puesto que no ha creado nada. En fin, si no creado nada, ni tiene providencia, ni hay otro lugar en que esté, entonces uno y solo es desde el principio el Dios creador del mundo.

IX. Testimonio de los profetas

1. Ahora bien, si nos contentáramos con estas consideraciones, pudiera pensarse que nuestra doctrina es humana; pero nuestros razonamientos están confirmados por las palabras de los profetas, y pienso que ustedes que son amiguísimos del saber e instruidísimos, no desconocerán los escritos de Moisés ni los de Isaías y Jeremías y de los otros profetas, que, saliendo de sus propios pensamientos, por moción del Espíritu divino, proclamaron lo que en ellos se obraba, pues el Espíritu se servía de ellos como un flautista que utiliza su flauta. ¿Qué dicen, pues, los profetas?

2. “El Señor es nuestro Dios; no será contado ningún otro con él” (Ba 3,36). Y otra vez: “Yo soy Dios primero y después, fuera de mí, no hay Dios” (Is 44,6). Igualmente: “Antes de mí no hubo otro Dios, y después de mí no habrá otro. Yo soy Dios y no hay otro fuera de mí” (Is 43,10-11). Y acerca de su grandeza: “El cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies.¿Qué casa me van a edificar, o cuál es el lugar de mi descanso?” (Is 46,1).

3. Dejo para ustedes que, inclinados sobre los libros de ellos, examinen más puntualmente sus profecías, a fin de que, con conveniente razonamiento, rechacen las calumnias lanzadas contra nosotros.

X. Exposición sumaria de la teología cristiana: la Trinidad, los ángeles

1. Así, pues, queda suficientemente demostrado que no somos ateos, pues admitimos a un solo Dios, increado, eterno, invisible, impasible, incomprensible e inmenso, sólo por la inteligencia y la razón comprensible, rodeado de luz (cf. 1 Tm 6,16; 1 Jn 1,7), de una belleza, de un espíritu y potencia inenarrables, que ha creado el universo, lo ha ordenado y lo gobierna por medio del Verbo que de Él procede.

2. Reconocemos también un Hijo de Dios. Y que nadie tenga por ridículo que Dios tenga un Hijo. Porque nosotros no pensamos sobre Dios y también Padre, y sobre su Hijo, a la manera como fantasean sus poetas, que en sus fábulas nos muestran dioses que en nada son mejores que los hombres; sino que el Hijo de Dios es el Verbo del Padre en idea y energía, porque por su operación y por su intermedio fue todo hecho, siendo uno solo el Padre y el Hijo. Y estando el Hijo en el Padre y el Padre en el Hijo (cf. Jn 1,1-3; 10,30. 38; 17,21-23), en una unidad y potencia espirituales; el Hijo de Dios es inteligencia y Verbo del Padre.

3. Y si por la grandísima inteligencia de ustedes se les ocurre preguntar qué quiere decir “hijo de Dios”, lo explicaré brevemente: es el primer retoño del Padre (cf. Pr 8,22; Col 1,15; Rm 8,29), no porque haya nacido, puesto que desde el principio, Dios, que es inteligencia eterna, tenía en sí su Verbo, siendo eternamente racional, sino como procediendo de Dios, cuando todas la materia era informe, como una tierra inerte y estaban mezcladas los elementos más gruesos con las más ligeros, para ser sobre ellas idea y operación.

4. Concuerda con nuestra doctrina el Espíritu profético: “El Señor, dice, me estableció principio de sus caminos para sus obras” (Pr 8,22). Y a la verdad, el mismo Espíritu Santo, que obra en los que hablan proféticamente, decimos que es una emanación de Dios (cf. Sb 7,5; Si 43,4), emanando y volviendo a Él, como los rayos del sol.

5. ¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el orden? Y no se para aquí nuestra doctrina teológica, sino que decimos existir una muchedumbre de ángeles y ministros, a quienes Dios, Creador y Artífice del mundo, por medio del Verbo que de él viene, distribuyó las funciones, confiándoles el cuidado de los elementos, de los cielos, del mundo y lo que en él hay, y de su buen orden.

XI. Ideal cristiano y vanidades filosóficas

1. No se maravillen de que exponga tan puntualmente nuestra doctrina, pues todo mi afán de exactitud se endereza a que no se dejen arrastrar por los absurdos prejuicios comunes, sino que tengan medio de conocer la verdad. Y es así que por los mismos preceptos a que nos adherimos y que no provienen de los hombres, sino que son voz y enseñanza de Dios, podemos persuadirlos que no somos ateos.

2. ¿Cuáles son, pues, esas doctrinas de que nos nutrimos? “Yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que les maldicen, rueguen por los que les persiguen, para que vengan a ser hijos de su Padre que está en los cielos, que hace nacer su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,44-55; Lc 6,27-28).

3. Permítanme ahora, pues este discurso ha sido escuchado con grandes aplausos, que prosiga con confianza, como quien pronuncia su defensa delante de emperadores filósofos. ¿Quiénes, en efecto, de entre los que analizan los silogismos, resuelven los equívocos, aclaran las etimologías, o de los que enseñan los homónimos y sinónimos, los predicados y los axiomas, y qué sea el sujeto, qué el predicado; quiénes, digo, de ésos prometen hacer felices a sus discípulos por esas lecciones? ¿Quiénes tienen almas tan purificadas, que en lugar de odiar a sus enemigos los amen, en lugar de maldecir a quien los maldijo primero, cosa naturalísima, los bendigan, y rueguen por los que atentan contra la propia vida? (cf. Mt 5,39-45; Lc 6,27-30). Ellos que, por lo contrario, se pasan la vida ahondando con mala intención sus propios misterios, que están siempre deseando hacer algún mal, pues profesan no una demostración de obras, sino un arte de palabras (cf. Mt 12,33; Lc 6,43).

4. Entre nosotros, empero, fácil es hallar a gentes sencillas, artesanos y mujeres ancianas, que si de palabra no son capaces de poner de manifiesto la utilidad de su religión, la demuestran por las obras. Porque no se aprenden discursos de memoria, sino que manifiestan acciones buenas: no herir al que los hiere, no perseguir en justicia al que los despoja, dar al que les pide y amar al prójimo como a sí mismos.

XII. Las costumbres cristianas y la fe en el juicio

1. Ahora bien, si no creyéramos que Dios existe para cuidar al género humano, ¿podríamos llevar vida tan pura? No es posible decirlo. Pero como estamos persuadidos de que hemos de dar cuenta de toda nuestra vida de aquí abajo a Dios, que nos ha creado a nosotros y al mundo, escogemos una vida moderada, caritativa y humilde; pues creemos que no podemos sufrir aquí mal tan grande, aún cuando se nos quite la vida, cual será la recompensa que allí recibiremos del gran juez por una vida bondadosa, caritativa y modesta (cf. Rm 8,18).

2. Platón, cierto, dijo que Minos y Radamante habían de juzgar y castigar a los malos (Georgias 523c-524a; Apología de Sócrates 41a); pero nosotros decimos que ni el mismo Minos ni Radamante ni el padre de ellos ha de escapar al juicio de Dios.

3. Además, hombres que conciben esta vida como: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” (Is 22,13; 1 Co 15,32), ven la muerte como un sueño y un olvido profundo: “El sueño y la muerte son hermanos gemelos” (Homero, Ilíada XIV, 231; XVI 672), ¡y son tenidos por piadosos! Hay hombres en cambio, que tienen la presente vida en mínima estima, y que se guían por el solo deseo de conocer al Dios verdadero y a su Verbo, por saber cuál sea la comunión del Padre con el Hijo, qué cosa sea el Espíritu, cuál sea la unión y la distinción de las tres personas así unidas, del Espíritu, del Hijo y del Padre; que saben que la vida que esperamos será muy superior a cuanto la palabra puede expresar; si a ella llegamos puros de toda falta; y que practican el amor al prójimo hasta el extremo de amar no sólo a sus amigos, “pues si aman, dice la Escritura, a los que les aman y prestan a los que les prestan, ¿qué recompensa tendrán?” (Mt 5,46; Lc 6,32-34). He aquí lo que somos nosotros, he aquí la vida que vivimos para escapar del Juicio: ¿y no se nos tiene por religiosos?

4. Todo esto son pequeñas muestras de grandes cosas, pocas de entre muchas, a fin de no molestarlos por demasiado tiempo; pues también los que prueban la miel o el suero, por una pequeña parte examinan si el todo es bueno.

XIII. Vanidad de los sacrificios

1. La mayoría de quienes nos acusan de ateísmo, que no tienen la más mínima idea de qué cosa es Dios, ignorantes y desconocedores de las ciencias física y teológica, que miden la religión por la observancia de los sacrificios, nos reprochan no tener los mismos dioses que las ciudades; consideren, les ruego, Majestades, lo que hay en estas dos acusaciones, y, ante todo, el reproche de no sacrificar.

2. El Artífice y Padre de todo este universo no tiene necesidad ni de sangre ni del humo de los sacrificios, ni del perfume de flores e inciensos (cf. Sal 40,7), como quiera que Él es perfume perfecto; nada le falta y de nada necesita. Para Él, el máximo sacrificio es que conozcamos quién extendió y dio forma esférica a los cielos, quién asentó la tierra como de centro del mundo, quién congregó las aguas para formar los mares, quién separó la luz de las tinieblas, quién adornó con astros el éter, quién hizo que la tierra produjera toda clase de semillas, quién creó a los animales y plasmó al hombre (cf. Jb 9,8; Sal 104,2. 5. 9; Gn 1,4-5. 14-15).

3. Nosotros reconocemos a un Dios artífice que sostiene todo el universo, y que lo gobierna con esa ciencia y ese arte que manifiesta en la conducción de todas las cosas; y levantando hacia Él nuestras manos puras, ¿qué necesidad tiene ya de hecatombes?

4. “A ellos con sacrificios y suaves plegarias, con libaciones y grasa de víctimas, tratan los hombres de doblegarlos, suplicándoles, cuando alguno comete una trasgresión o después de una falta” (Homero, Ilíada IX, 499-501). ¿Qué falta me hacen a mí los holocaustos de que Dios no necesita? Y ciertamente hay que ofrecerle un sacrificio incruento, rendirle un culto racional (cf. Rm 12,1).

XIV. Falta de fundamento de los cultos tradicionales: diversidad de personas divinas según las ciudades; segunda catálogo de héroes

1. También nos reprochan, de manera absurda, que no adoramos ni reconocemos por dioses a los mismos que tienen las ciudades; pero ni los mismos que nos acusan de ateísmo por no tener por dioses a los mismos a quienes ellos reconocen, no se ponen de acuerdo entre sí respecto a identidad de los dioses. Y así, los atenienses asientan como a dioses a Celeo y Metanira; los lacedemonios a Menelao, y a éste sacrifican y celebran fiestas; los troyanos, que no pueden ni oír su nombre, ponen a Héctor; los ceos, a Aristeo, a quien identifican con Zeus y Apolo; los tasios, a Teágenes, que cometió un homicidio en los juegos olímpicos; los samios, a Lisandro, después de tantas muertes y de tantos males; a Medea y Niobe los cilicios; los sículos, a Filipo, hijo de Butácides; los amatusios, a Onesilao; los cartagineses, a Amílcar. ¡El día se me acabaría, si hubiera de enumerar toda la muchedumbre!

2. Como quiera, pues, que ellos entre sí no están de acuerdo sobre sus propios dioses, ¿por qué nos reprochan a nosotros de no compartir sus opiniones? En cuanto a los egipcios, la cosa es hasta ridícula. En sus grandes ceremonias se golpean los pechos en los templos, como si llorasen por muertos, y les sacrifican como a dioses: Nada tiene entonces de extraño, que consideren como dioses a los animales, se rasuren la cabeza cuando mueren, los entierran en los templos y organizan públicos duelos.

3. Si, pues, nosotros, por no practicar la religión como ellos, somos impíos, todas las ciudades, todos los pueblos son impíos, pues no todos reconocen los mismos dioses.

XV. Falsedad de los dioses paganos asimilados a sus representaciones materiales; Dios es diferente de la materia y superior a ella.

1. Pero admitamos que todos reconocen a los mismos dioses. ¿Y qué? Porque el vulgo, incapaz de distinguir entre la materia y Dios, y de comprender la diferencia que va de uno a otra, acuda a los ídolos materiales, ¿acudiremos también nosotros a rendirles culto a las estatuas, influenciados por ellos, nosotros que distinguimos y separamos lo increado de lo creado, el ser del no ser, lo inteligible de lo sensible, y a cada noción de éstas damos su nombre conveniente?

2. Porque si la materia y Dios son una misma cosa, y se trata sólo de dos nombres para una sola realidad, al no tener por dioses a las piedras y leños, al oro y la plata (cf. Dt 4,28; Sal 95,5; Hch 17,29), cometemos una impiedad; pero si distinguimos el uno del otro, como (se distingue) el obrero del material que trabaja, ¿por qué se nos acusa? Pues sucede como con el alfarero y el barro: el barro es la materia, y el alfarero el artista; así Dios es el artífice, y la materia lo que se ofrece a su trabajo. Pero como el barro, sin la acción del artista, no puede por sí mismo convertirse en objetos, tampoco la materia, capaz de toda forma, sin la acción de Dios artífice, hubiera recibido su particularidad, ni su forma, ni su armonía.

3. Ahora bien, nosotros no tenemos el barro por más digno de honor que a su fabricador, ni las copas ni los vasos de oro por más dignas de honor que el orfebre, sino que, si en ellas vemos alguna destreza artística, alabamos al artista y éste es el que recoge el fruto de la gloria por los objetos. Pues del mismo modo, tratándose de Dios y la materia, no es ésta la que recibe la gloria y honor por la ordenación del mundo, sino Dios, su artífice.

4. De modo que, si tuviéramos por dioses las formas de la materia, daríamos prueba de no tener sentido del verdadero Dios, equiparando lo disoluble y corruptible a lo que es eterno.

XVI. Desarrollo de la distinción Creador – creado; diferentes comparaciones

1. Bello, ciertamente, es el mundo, remarcable por su grandeza, por la disposición de los astros situados en el círculo de la eclíptica y los del septentrión, y por su figura esférica; pero no es a él, sino a su artífice, a quien se debe adorar (cf. Sb 13,1; Rm 1,25).

2. Porque tampoco sus súbditos que acuden a ustedes, no dejan de rendirles homenaje como a sus dueños y señores, de quienes pueden alcanzar lo que necesitan, y no se dirigen a ustedes para detenerse en la magnificencia de su morada; sino que, una vez introducidos en el imperial palacio, admiran su bella labor; pero el honor y la gloria los tributan por entero a ustedes.

3. Y ustedes, los Príncipes, decoran para ustedes mismos sus regias moradas; pero el mundo no fue creado porque Dios lo necesitara, puesto que Dios lo es todo para sí mismo, luz inaccesible (cf. 1 Tm 6,16), mundo perfecto (cf. Mt 22,29; Mc 12,24), espíritu, potencia, verbo. Si, pues, el mundo es un instrumento armonioso que se mueve según ritmo, yo no adoro al instrumento, sino a quien le da la armonía y le hace emitir los sonidos y entona el canto melodioso; porque tampoco en los públicos certámenes los jueces dejan a un lado a los citaristas y coronan a las cítaras de ellos. Y si el mundo es, como dice Platón, una obra de Dios, admirando su belleza, me dirijo al artista. Y si es sustancia y cuerpo, como quieren los peripatéticos, no vamos a dejar de adorar a Dios, quien es causa del movimiento de ese cuerpo, para caer en los elementos sin fuerza y débiles (cf. Ga 4,9), adorando a la materia pasible y al éter, que según ellos es impasible. Y si hay quien entiende como potencias de Dios las partes del mundo, no nos acercamos a rendir honores a ellas, sino a su Creador y Dueño.

4. No le pido a la materia lo que no tiene, ni abandono a Dios para servir a los elementos, que no pueden sino lo que se les manda. Porque si es cierto que el arte del Demiurgo las ha hecho hermosas a la vista, no por ello dejan de ser perecederas por su naturaleza material. Platón mismo confirma esto: “Porque el que llamamos, dice, cielo y mundo, si bien participan de muchos y bienhadados bienes de parte del Padre, sin embargo, también participan de la naturaleza corporal, por lo que es imposible que estén exentos de todo cambio” (Platón, Política 269d).

5. Ahora bien, si admiro en el cielo y en los elementos el arte de su Creador, no los adoro como a dioses, pues conozco las leyes de la disolución que pesa sobre ellos, ¿cómo voy a llamar dioses a los que sé tienen a los hombres por artífices?

Continuación

Publicado el 26/03/2009