Monasterio Santa María de Los Toldos

OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (3)

San Mateo
Evangeliario. Hacia 1120-1140
Helmarshausen (Alemania)

Carta segunda a las vírgenes (atribuida a san Clemente de Roma)

Reglas que se imponen los ascetas compatriotas del autor

I. Quiero, hermanos, que sepan cuál es, en las regiones en que habitamos, nuestro género de vida en Cristo, que es también el de todos los hermanos; y si les agradare en el temor de Dios (cf. 2 Tm 3,12), también ustedes instituyan de ese modo su vida en el Señor.

2. Nosotros, con la ayuda de Dios, nos portamos de esta manera: no habitamos con las vírgenes, ni tenemos nada en común con ellas; con las vírgenes, ni comemos ni bebemos, y donde duerme una virgen, no dormimos nosotros. No nos lavan los pies las mujeres, ni nos ungen con perfume, y no dormimos jamás donde duerme una muchacha no casada o consagrada a Dios; y si en algún otro lugar se halla ésta cristiana sola, no pernoctamos siquiera allí.

3. Si sucede que el tiempo nos sorprende en algún lugar, en el campo o en una ciudad o en un pueblo o en una villa o doquiera, en fin, que estemos, y en aquel lugar se encuentran hermanos, entonces entramos en casa de algún hermano, y allí convocamos a todos los hermanos e intercambiamos con ellos pláticas confirmativas y exhortativas; y los que entre nosotros son elocuentes les dirigen palabras sobrias y severas, palabras llenas de gravedad, enérgicas y plenas de discreción en el temor de Dios y los exhortan a que obren en toda cosa según el beneplácito de Dios y a que progresen y adelanten en las buenas obras y que por ninguna cosa estén solícitos (Flp 4,6), como conviene y es justo al pueblo de Dios.

En casa del hermano asceta

II. Ahora bien, si sucede que mientras estamos aún lejos de nuestras casas y de nuestros parientes, cae el día y el tiempo de la tarde se nos echa encima y nos obligan los hermanos, por caridad fraterna y espíritu de hospitalidad, a permanecer entre ellos a fin de celebrar en su compañía vigilias, y que oigan la palabra santa de Dios, que hagan la ofrenda y se alimenten de las palabras del Señor para acordarse de ellas, y nos ofrecen pan y agua o lo que Dios hubiere preparado, y si nosotros aceptamos la invitación y consentimos en pernoctar en su compañía; entonces, si hay en aquel lugar algún asceta, entramos en su casa y allí nos hospedamos.

2. Y aquel hermano debe prepararnos cuanto nos sea necesario, y él nos sirve, nos lava los pies, nos unge con ungüento, nos hace la cama, para que gocemos del sueño en la confianza de Dios. Todo esto debe hacer por sí mismo el hermano asceta del lugar en que nos hospedamos.

3. Asimismo, este hermano servirá -pero juntamente con él servirán también cada uno de los hermanos que hay en aquel lugar- todo lo que a los hermanos fuere necesario. Pero entre nosotros no puede entonces estar allí mujer alguna, sea adolescente, sea casada, ni anciana ni consagrada a Dios, ni criada alguna, lo mismo si es pagana que cristiana, sino solamente pueden estar varones con varones.

4. Ahora bien, si vemos que se nos requiere para que nos quedemos y oremos por causa de las mujeres, y que dirijamos palabras de exhortación y edificación, convocamos a los hermanos y a todas las hermanas consagradas, vírgenes y a todas las mujeres que hay allí, para que con toda modestia y decoro se reúnan para gustar las delicias de la verdad. Entonces, los que de entre nosotros saben hablar, predicamos un sermón y les exhortamos con las palabras que Dios nos inspira.

5. Después de esto, hacemos oraciones y nos damos el ósculo de paz entre los hombres. Las mujeres, empero, y las vírgenes deben envolver sus manos con sus mantos, y allí también nosotros, modestamente y con todo recato, los ojos elevados (al cielo), recatadamente y con todo pudor envolveremos nuestra diestra en nuestros mantos; y entonces pueden acercarse las mujeres y darnos el ósculo de paz sobre nuestra mano derecha, envuelta en nuestros mantos. Tras esto, vamos allí donde Dios nos concediere ir.

Caso particular en que todos son casados en un lugar

III. Ahora bien, si venimos a parar a un lugar donde no hay ningún hermano consagrado a Dios, sino que todos están unidos por matrimonio, todos los que allí residen deben recibir al hermano que viene a ellos y servirle y tener cuidado de él en todo con empeño y pronta voluntad.

2. Así pues, aquel hermano debe ser servido, como conviene, por ellos; y el hermano debe, por su parte, decir a los casados que hay en aquel lugar: “Nosotros, que estamos consagrados a Dios, no comemos ni bebemos con mujeres, ni nos sirven mujeres o vírgenes, ni nos lavan los pies las mujeres, ni nos ungen ni nos hacen la cama mujeres, ni dormimos allí donde duermen mujeres, a fin de ser irreprensibles en todas las cosas, y que nadie tropiece o se escandalice por causa nuestra; y cuando todo esto hacemos, a nadie escandalizamos (1 Co 10,32; 2 Co 6,3). Como hombres, pues, que sabemos del temor del Señor, buscamos persuadir a los hombres; pero ante Dios estamos al descubierto (2 Co 5,11).

Lugar en el que sólo haya mujeres

IV. Pero si sucede que venimos a dar en un lugar donde no hay varón alguno cristiano, sino que todos son mujeres y niñas cristianas, y ellas nos compelen a pernoctar allá, nosotros las convocamos a todas en lugar conveniente y les preguntamos qué hacen, y según lo que de ellas sabemos y la disposición de ánimo en que las vemos, tenemos decentemente plática con ellas, como hombres que temen a Dios.

2. Y cuando todas están reunidas, han llegado y vemos que están en paz, les dirigimos palabras exhortativas en el temor de Dios, les leemos la Escritura con pudor y con palabras piadosas, severas y llenas de gravedad, con bondad y seriedad. Todo lo hacemos para su edificación y confirmación. Y respecto a aquellas que están unidas por matrimonio, les hablamos en el Señor de la manera a ellas conveniente.

3. Ahora bien, cuando el día declina y atardece, escogemos para pernoctar la casa de una matrona que sobrepase a todas en edad avanzada y en gravedad de costumbres, a la que pedimos que nos prepare algún lugar retirado, donde no entre mujer ni muchacha joven alguna.

4. Y esta misma mujer anciana debe traernos una lámpara, y ella es la que ha de servirnos todo lo que hubiéremos menester. Por caridad hacia los hermanos, traiga todo lo que es necesario al uso de los hermanos huéspedes; es decir, una anciana que hubiere sido por mucho tiempo aprobada, por recomendación de numerosas personas, que haya educado a sus hijos, recibido a los peregrinos, lavado los pies de los santos (1 Tm 5,10). E incluso, llegado el momento de dormir, esta mujer debe retirarse e irse en paz a su casa.

Lugar en el que haya una sola mujer cristiana

V. Si llegamos a un lugar donde no hay sino una sola mujer cristiana, y no se encuentre allí cristiano alguno, sino esta sola mujer, no nos paramos en aquel lugar, ni hacemos allí oraciones, ni leemos las Escrituras, sino que huimos de allí como a la vista de una serpiente o como a la vista de un pecado (cf. Si 21,2).

2. Y no hacemos esto porque despreciemos a aquella mujer cristiana -¡lejos de nosotros tener tales disposiciones para con hermanos nuestros en Cristo!-, sino que por estar sola tememos que alguien, con palabras mentirosas, trate quizá de poner sobre nosotros deshonras, pues los corazones de los hombres están vueltos y establecidos en el mal (cf. Gn 6,5).

3. Y para no dar ocasión a los que quisieran tomarla contra nosotros y hablar mal de nosotros, y para no ser tropiezo a nadie, por eso cortamos toda ocasión a quienes quisieran tomar ocasión contra nosotros (2 Co 11,12); por eso nos precavemos para no servir a nadie de tropiezo, ni a Judíos ni a gentiles, ni a la Iglesia de Dios; no buscamos sólo lo que a nosotros aprovecha, sino lo que es provechoso para muchos, a fin que se salven (1 Co 10,32s.; cf. 2 Co 6,3); porque nada nos ayuda que alguien se escandalicé por causa nuestra.

4. Pongamos, pues, en todo tiempo diligente cautela en no sacudir a nuestros hermanos y turbar su conciencia por haberles escandalizado (cf. 1 Co 8,12). Porque si por motivo de la comida, nuestro hermano se contrista o se ofende o flaquea o se escandaliza, “ya no andamos según el amor de Dios. Por causa de la comida, pierdes tú a aquel por quien murió Cristo” (Rm 14,15). “Mientras así pecan contra sus hermanos, hiriendo sus conciencias débiles, contra Cristo mismo pecan. Si por motivo de la comida se escandaliza mi hermano” -digamos nosotros fieles de Cristo-, “no comeremos carne jamás, para no escandalizar a nuestro hermano” (1 Co 8,12-13).

5. Así, efectivamente, se porta todo el que ama verdaderamente a Dios, todo el que verdaderamente lleva su cruz (Mt 16,14) y “se reviste de Cristo y ama a su prójimo” (Mt 16,14; Rm 13,14; Ga 3,27; Mt 5,43s.); el que se cuida de que nadie se escandalice y muera por verle asiduamente con muchachas jóvenes y que habita con ellas, cosa que no está permitida, para destrucción de quienes esto ven y oyen.

6. Esta manera de obrar mala es escandalosa, peligrosa y mortífera, cosa que no conviene a los cristianos. “Bienaventurado, empero, aquel que, por guardar la castidad, es en toda cosa cauto y temeroso” (Pr 28,14).

Cómo debe comportarse el hombre religioso en lugares de gentiles

VI. Pero si sucediere que vamos a un lugar donde no hay cristianos y nos es necesario permanecer allí por algunos días, “seamos sabios como las serpientes y sencillos como las palomas” (Mt 10,16); y no procedamos como necios, sino como sabios (Rm 12,2), con toda disciplina y piedad, para que Dios sea glorificado, por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 P 4,11), gracias a nuestra disciplina piadosa y nuestra conducta sincera.

2. “Ya sea que comamos, ya que bebamos o hagamos otra cualquier cosa, hagámoslo para gloria de Dios” (1 Co 10,31). Para que “todos los que nos vieren, reconozcan que somos estirpe bendecida y santa, e hijos del Dios viviente” (Is 61,9; Os 1,01; Rm 9,26; cf. Flp 2,15), en toda palabra nuestra, en el pudor, en la bondad, en la conducta, en la vigilancia. Como quiera que ni hemos de imitar en cosa alguna a los gentiles; ni como creyentes seamos semejantes a los hijos de los hombres, sino en toda cosa ajenos a los impíos.

3. “No arrojemos lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos” (Mt 7,6), sino que celebramos las alabanzas de Dios con perfecta disciplina, con toda prudencia, con perfecto temor de Dios y atención espiritual. El culto sagrado no lo ejercemos allí donde se embriagan los gentiles y, en su impiedad, con palabras impuras blasfeman en sus banquetes. De ahí que no cantamos salmos a los gentiles ni les leemos las Escrituras, para no ser semejantes a los flautistas o a los cantores o a los histriones, como muchos que así obran y practican estas cosas para hartarse con un bocado de pan, y por un poco de vino van a “cantar los cánticos del Señor en tierra extranjera” (Sal 136,4) de gentiles y hacen lo que no es lícito.

4. Ustedes, hermanos, no lo obren de esa manera; les rogamos, hermanos, que no se hagan estas cosas entre ustedes, sino depongan a aquellos que así quieren portarse torpe y abyectamente. No conviene, hermanos, que se hagan estas cosas así. Les rogamos, hermanos de nuestra justicia, obren como nosotros lo hacemos, es decir, para ejemplo santo de los que ya han creído, corno de los que en adelante han de creer.

5. Seamos del rebaño de Cristo, adornados por una justicia perfecta, de costumbres santísimas e integrísimas, portándonos con rectitud y santidad, cual conviene a los creyentes, y siguiendo aquellas cosas que son laudables, castas y venerables, lo que es virtuoso, digno de alabanza y de honra (Flp 4,8); y cuanto es de utilidad, a lo que es ya costumbre, eríjanlo en norma de vida. Porque ustedes son nuestro gozo y nuestra corona, nuestra esperanza y nuestra vida, si están firmes en el Señor (Flp 4,1). Sean verdaderamente fieles y rectos en toda circunstancia en el Señor. Amén.

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Publicado el 16/03/2009