El impuesto al templo (Mt 17,24 ss.) Evangeliario. Hacia el año 1000 Anglosajón, posiblemente Canterbury
Carta primera a las vírgenes (atribuida a san Clemente de Roma) [continuación]
Ejemplos bíblicos
VI. El seno de la santa virgen concibió a nuestro Señor Jesucristo, el Verbo de Dios, y el cuerpo que nuestro Señor llevó, con el que Él cumplió su combate en este mundo, lo revistió recibiéndolo de la santa Virgen, y después que nuestro Señor se hizo hombre en el seno de la Virgen, este género de vida estableció en este mundo. De ahí has de entender la gloria de la virginidad. ¿No quieres tú ser cristiano? Pues imita a Cristo en todo.
2. Juan el Precursor que vino delante de nuestro Señor (Jn 1,15), “mayor que el cual no hubo entre los nacidos de mujeres” (Mt 11,11), el santo mensajero de nuestro Señor, fue virgen. Imita entonces a ese precursor del Señor y sé en todo su amigo
3. Luego Juan, el que descansó sobre el pecho de nuestro Señor, a quien el Señor mucho amaba (Jn 21,10; 13,23), éste fue también casto; y no sin causa, nuestro Señor le amaba particularmente.
3. Pablo, Bernabé, y Timoteo, con todos los otros “cuyos nombres están escritos en el libro de la vida” (Flp 4,3), todos éstos estimaron y amaron la castidad; y corrieron en la misma competición y terminaron su carrera (2 Tm 4,7) sin mancilla, como imitadores de Cristo y como hijos del Dios viviente.
5. Pero además hallamos que Elías, Eliseo, y muchos otros, llevaron una vida semejante, casta e irreprochable. Así pues, si deseas ser semejante a éstos, imítalos con fortaleza, porque está escrito: “Honren a sus mayores, y viendo su género de vida, imiten su fe” (Hb 13,7). Y otra vez dice: “Hermanos, sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11,1; 4,16).
Virtudes necesarias
VII. Así pues, aquellos que imitan a Cristo, valerosamente le imitan. Porque los que de verdad se revistieron de Cristo (Rm 8,29; 2 Co 3,8), reproducen plenamente en ellos (Ga 4,19), la imagen de Cristo en sus pensamientos, en su género de vida, en su conducta, en su resolución, en sus palabras, sus acciones, por su paciencia, fortaleza, prudencia, temperancia, justicia, longanimidad, perseverancia, piedad, santidad, dominio de sí, fe, esperanza y un amor perfecto hacia Dios.
2. Por eso nadie, eunuco o virgen, podrá salvarse, si no es absolutamente semejante a Cristo y a aquellos que son de Cristo (Ga 5,24). Porque la verdadera continencia, la verdadera virginidad en el Señor, es santa en el cuerpo y en el espíritu, ofreciendo un culto en el Espíritu (Rm 1,9) de Dios, sin distracción y con un compromiso constante; agradando al Señor con una pureza inmaculada, y preocupada siempre de cómo agradarle (1 Co 7,34 s.).
3. Quien obra así no se aparta de nuestro Señor, sino que está siempre en espíritu con su Señor, como está escrito: “Sean santos porque Yo soy santo, dice el Señor” (Lv 11,44; 1 P 1,16).
Vicios opuestos
VIII. No porque uno lleve simplemente nombre de santo, ya es santo, sino que debe serlo absolutamente en cuerpo y espíritu (1 Co 7,34); y los que son de verdad continentes y vírgenes, se gozan en todo tiempo de hacerse semejantes a Dios y a su Cristo, y les imitan.
2. Es decir, en los tales no se da la prudencia de la carne (Rm 8,5 s.); en aquellos que son verdaderamente fieles y en quienes habita el Espíritu de Cristo (Rm 8,9), no puede darse la prudencia de la carne, que es la lujuria, la impureza, la disolución, la idolatría, la encantación, la enemistad, las querellas, los celos, la ira, los pleitos, las murmuraciones, las disensiones, la envidia, las muertes, la embriaguez, las orgías (Ga 5,20 s.); la bufonería, los propósitos insensatos (Ef 5,4), la risa, la calumnia, las burlas, las chismorrerías, la aspereza, la cólera, la gritería, la injuria, la blasfemia, las mentiras, la malignidad, la invención de crímenes (Rm 1,30); el embuste, la charlatanería, los discursos pérfidos, la chocarrería, las amenazas, la vulgaridad, las querellas violentas, la persecución, la pereza; 3. la arrogancia, la jactancia de linaje, hermosura, propiedades, opulencia y poder, elocuencia, el litigio, el odio, la irascibilidad, el resentimiento, la perfidia, la venganza, la gula, la avaricia, que es una idolatría (Col 3,5); la codicia, que es raíz de todos los males (1 Tm 6,10); la coquetería, la gloria vana, la ambición, la insolencia, la falta de pudor, las fanfarronadas que son una peste, el orgullo, al que Dios resiste (Jc 4,6; 1 P 5,5).
4. Quienquiera tiene estos vicios y semejantes es hombre carnal (1 Co 3,3; Jn 3,6) e hijo del adversario, “porque lo que de la carne nace, carne es” (Jn 3,6); “y el que es de la tierra, de la tierra habla” (Jn 3,31) y en la tierra piensa. Ahora bien, “el deseo de la carne es enemistad con Dios, puesto que no se somete a la ley de Dios, ni puede hacerlo” (Rm 8,7), por estar en la carne, en la que no habita el bien (Rm 7,18), porque el Espíritu de Dios no habita en una persona así (Rm 8,9).
5. Por eso con razón dice la Escritura contra una generación tal: “No habitará mi espíritu en los hombres para siempre puesto que son carne” (Gn 6,3). “Así, pues, todo aquel en quien no está el Espíritu de Cristo, no es suyo” (Rm 8,9); como está escrito: “Apartóse el Espíritu de Dios de Saúl y le atormentó un espíritu malo, que fue enviado por Dios sobre él” (1 S 16,14).
La belleza de la vida consagrada
IX. Todo aquel en quien mora el Espíritu de Dios se somete a la voluntad del Espíritu de Dios (Ga 5,25); y porque siente con el Espíritu de Dios, mortifica las obras de la carne (Rm 8,13) y vive para Dios (cf. Rm 6,10), sometiendo su carne y reduciendo a servidumbre su cuerpo, para que predicando a los otros” (1 Co 9,27), sea un hermoso ejemplo y una imagen para los fieles, y se ocupe en obras dignas del Espíritu Santo, y no sea declarado réprobo (1 Co 9,27), sino aprobado delante de Dios y de los hombres.
2. Porque en el hombre de Dios, sobre todo entre el continente y la virgen, no hay pensamiento carnal, sino que todos son frutos salutíferos del Espíritu (Ga 5,22), en los que mora Dios y entre los que camina. Son verdaderamente ciudad de Dios, y habitaciones y templos en que mora, habita y pasea Dios (2 Co 6,16) como en la santa ciudad celestial.
3. Por eso aparecen ante el mundo como luminarias, porque escuchan la palabra de la vida (Flp 2,15-16); y así son realmente alabanza y gloria, corona de alegría y gozo de los buenos siervos en nuestro Señor Jesucristo. 4. Porque todos los que les vieren, reconocerán que ustedes son una raza a la que bendijo el Señor (Is 61,9), que son verdaderamente una raza ilustre, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo que Dios se ha adquirido (1 P 2,9), herederos de las divinas promesas, que ni se corrompen ni se marchitan (1 P 1,4), de las que está escrito: “Lo que ojo no vio ni oído oyó, ni a corazón de hombre subió, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2,9) y guardan sus mandamientos.