San León el Grande
Fresco de una iglesia serbia
Período medievalLeón el Grande (+ 461) [segunda parte]
Obras
León Magno nos dejó dos tipos
de obras: cartas y sermones. Su epistolario es el más rico que ha llegado a
nosotros, anterior al siglo VI. León es el único Papa de este período (hasta el
siglo V) cuyos sermones poseemos en gran parte. Sus escritos son literariamente
logrados, de estilo refinado y de ideas claras y concisas. Una amplia
introducción a las obras de León puede verse en B. Studer, op. cit., pp. 726‑730.
1. Sermones
Poseemos noventa y siete
Sermones (tractatus), la mayoría de ellos referentes a las distintas
celebraciones del año litúrgico. Dichos sermones tuvieron a lo largo de los
siglos un amplio uso, especialmente en la liturgia.
Hay trad. castellana parcial
de Manuel Garrido Bonaño en San León Magno. Homilías sobre el Año Litúrgico,
Madrid, 1969, (BAC 291). También hay trad. castellana de Jorge Machetta de los
diez sermones navideños en San León Magno, Homilías sobre
2. Epístolas (Epistulae)
Se conservan unas ciento
setenta y tres cartas, de las cuales treinta están dirigidas a él. Su
epistolario abarca un período de casi veinte años (442‑460), y el variado interés
que suscitó durante su vida y después de su muerte, explica suficientemente el por
qué de su conservación.
La más famosa es
Versión castellana de una
selección de epístolas en: León Magno. Cartas cristológicas, Madrid, Ed. Ciudad
Nueva, 1999 (Biblioteca de Patrística, 46).
Los apóstoles aumentaron la gloria de Roma
Sin duda alguna, amadísimos, que el mundo entero toma parte en las solemnidades religiosas, y que una piedad fundada en una misma fe, exige que se celebre en todas partes, con júbilo común, lo que se realizó para la salvación de todos. Esto, no obstante, la fiesta de hoy, además de que se ha hecho digna de ser celebrada en todo el orbe de la tierra, debe ser en nuestra ciudad objeto de una veneración especial, acompañada de una alegría particular, de modo que allí donde murieron tan gloriosamente los dos principales apóstoles, haya, en el día de su martirio, mayor explosión de gozo. Porque son ellos, ¡oh Roma!, los dos héroes que hicieron resplandecer a tus ojos el Evangelio de Cristo, y por ellos, tú, que eras maestra del error, te convertiste en discípula de la verdad. He ahí tus padres y tus verdaderos pastores, los cuales, para introducirte en el reino celestial, supieron fundarte mucho mejor y mucho más felizmente que los que se tomaron el trabajo de echar los primeros fundamentos de tus murallas, uno de los cuales, aquel del cual procede el nombre que llevas, te manchó con la muerte de su hermano. He ahí esos dos apóstoles que te elevaron a tal grado de gloria, que te has convertido en la nación santa, en el pueblo elegido, en la ciudad sacerdotal y real y, por la cátedra sagrada del bienaventurado Pedro, en la capital del mundo; de modo que la supremacía que te viene de la religión divina, se extiende más allá de lo que jamás alcanzaste con tu dominación terrenal. Sin duda que con tus innumerables victorias robusteciste y extendiste tu imperio tanto sobre la tierra como por el mar. Sin embargo, debes menos conquistas al arte de la guerra que súbditos te ha procurado la paz cristiana.
El Imperio romano al servicio de Cristo
Dios, justo y omnipotente, que jamás ha negado su misericordia a la generación humana y siempre ha instruido a todos los mortales en orden a su conocimiento con abundantísimos beneficios, ha tenido siempre misericordia, con secreto consejo y elevada piedad, de la voluntaria ceguera de los que yerran y se inclinan a perversas maldades, enviando su Verbo, igual a Él y coeterno, que, hecho carne, unió de tal modo a la naturaleza divina la naturaleza humana, que su mismo descenso a tanta humildad se convirtió en nuestra mayor elevación. Para extender por todo el mundo todos los efectos de gracia tan inefable, preparó la divina Providencia el Imperio romano, que de tal modo extendió sus fronteras, que asoció a sí las gentes de todo el orbe. De este modo halló la predicación general fácil acceso a todos los pueblos unidos por el régimen de una misma ciudad. Pero esta ciudad, desconociendo al autor de su encumbramiento, mientras dominaba en casi todas las naciones, servía a los errores de todas y creía haber alcanzado un gran nivel religioso al no rechazar ninguna falsedad. Así, cuanto con más fuerza la tenía aherrojada el diablo, tanto más admirablemente la libertó Cristo.
Roma, la principal en la Iglesia
Cuando los doce apóstoles se distribuyeron las partes del mundo para predicar el Evangelio, el beatísimo Pedro, príncipe del orden apostólico, fue destinado a la capital del Imperio romano, para que la luz de la verdad, revelada para la salvación de todas las naciones, se derramase más eficazmente desde la misma cabeza por todo el cuerpo del mundo. Pues ¿de qué raza no había entonces hombres en esta ciudad? ¿O qué pueblos podían ignorar lo que Roma aprendiese? Aquí había que refutar las teorías de la falsa filosofía, aquí deshacer las necedades de la sabiduría terrena, aquí destruir la impiedad de todos los sacrificios, aquí, donde con diligentísima superstición se había ido reuniendo todo cuanto habían inventado los diferentes errores.
Publicado el 17/02/2009