Monasterio Santa María de Los Toldos

INICIACIÓN A LA LECTURA DE LAS OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (60)

San Agustín leyendo las cartas de san Pablo
Benozzo Gozzoli. 1464/65
Capilla absidal de San Agustín
San Gimignano, Italia

Agustín de Hipona (+ 430) [cuarta parte]

e. A las puertas del bautismo

En las Confesiones, libro séptimo, nos relata Agustín su experiencia en los momentos finales de su largo camino de conversión. Partiendo de la belleza de los cuerpos: ¿por qué una cosa es bella, o no bella, o menos bella?, enuncia ciertos juicios y se pregunta cuál es el fundamento de esos juicios. De allí pasa a la verdad inmutable: la verdad cuando enuncia un juicio. En el intelecto se da cuenta de que este recibe algunas verdades inmutables, y la mente llega así al ser sustancial. Pero luego viene la caída: le fue imposible fijar la mirada, y al volver a la vida cotidiana sólo lleva un recuerdo amoroso. ¿Qué ha aprendido? El camino para ascender a Dios en grados: cuerpo, alma, razón, intelecto; de lo exterior a lo interior; de lo inferior a lo superior:

«Y me admiraba de que te amara ya a ti, no a un fantasma en tu lugar; pero no me sostenía en el goce de mi Dios, sino que, arrebatado hacia ti por tu hermosura, era luego apartado de ti por mi peso, y me desplomaba sobre estas cosas con gemido, siendo mi peso la costumbre carnal. Pero conmigo estaba tu memoria, ni en modo alguno dudaba ya de que existía un ser a quien yo debía adherirme, pero a quien no estaba yo en condición de adherirme, porque “el cuerpo que se corrompe apega el alma y la morada terrena entorpece la mente que piensa muchas cosas”. Asimismo estaba certísimo de que “tus cosas invisibles se perciben, desde la constitución del mundo,  por la inteligencia de las cosas que has creado, incluso tu virtud sempiterna y tu divinidad”. Porque buscando yo de dónde aprobaba la hermosura de los cuerpos  ya celestiales, ya terrestres  y qué era lo que había en mí para juzgar rápida y cabalmente de las cosas mudables cuando decía: “Esto debe ser así, aquello no debe ser así”; buscando, digo, de dónde juzgaba yo cuando así juzgaba, hallé que estaba la inconmutable y verdadera eternidad de la verdad sobre mi mente mudable.
Y fui subiendo gradualmente de los cuerpos al alma, que siente por el cuerpo; y de aquí al sentido íntimo, al que comunican o anuncian los sentidos del cuerpo las cosas exteriores, y hasta el cual pueden llegar los animales. De aquí pasé nuevamente a la potencia raciocinante, a la que pertenece juzgar de los datos de los sentidos corporales, la cual a su vez, juzgándose a sí misma mudable, se remontó a la misma inteligencia, y apartó el pensamiento de la costumbre, y se sustrajo a la multitud de fantasmas contradictorios para ver de qué luz estaba inundada, cuando sin ninguna duda clamaba que lo inconmutable debía ser preferido a lo mudable; y de dónde conocía yo lo inconmutable, ya que si no lo conociera de algún modo, de ninguno lo antepondría a lo mudable con tanta certeza. Y, finalmente, llegué a “lo que es” en un golpe de vista trepidante.
Entonces fue cuando “vi tus cosas invisibles por la inteligencia de tus cosas creadas”; pero no pude fijar en ellas mi vista, antes, herida de nuevo mi flaqueza, volví a las cosas ordinarias, no llevando conmigo sino un recuerdo amoroso y como un apetito de viandas sabrosas que aún no podía comer» (Confesiones VII,17,23).

Esta vía la mantiene luego en su filosofía y en su espiritualidad. Sin embargo, «al caer» se halla ante un nuevo problema: el retorno del alma a Dios. El hombre no puede resolver el problema de la felicidad:

«Buscaba yo el medio de adquirir la fortaleza que me hiciese idóneo para gozarte; pero no había de hallarla sino abrazándome con “el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos” (1 Tm 2,5; Rm 9,5), el cual clama y dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), y el alimento mezclado con carne (que yo no tenía fuerzas para tomar), por “haberse hecho el Verbo carne” (Jn 1,14), a fin de que fuese amamantada nuestra infancia por la Sabiduría, por la cual creaste todas las cosas.
Pero yo, que no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios, ni sabía de qué cosa pudiera ser maestra su debilidad. Porque tu Verbo, verdad eterna, trascendiendo las partes superiores de tu creación, levantaba hacia sí a las que le están ya sometidas, al mismo tiempo que en las partes inferiores se edificó para sí una casa humilde de nuestro barro, por cuyo medio abatiera en sí mismo a los que había de someterse y los atrajese a sí, sanándoles el tumor y fomentándoles el amor, no sea que, fiados en sí, se fuesen más lejos, sino, por el contrario, se hagan débiles viendo ante sus pies débil a la divinidad por haber participado de nuestra túnica de piel, y, cansados, se arrojen en ella, para que, al levantarse, ésta los eleve» (Confesiones VII,18,24).

Una cosa es la patria, otra es el tener el camino hacia la patria. Soluciona la dificultad recurriendo a Cristo mediador. La respuesta se la da San Pablo:

«Así, pues, tomé ávidamente las venerables Escrituras de tu Espíritu, y con preferencia a todos, al apóstol Pablo. Y perecieron todas aquellas cuestiones en las cuales me pareció algún tiempo que se contradecía a sí mismo y que el texto de sus discursos no concordaba con los testimonios de la Ley y los Profetas, y apareció uno a mis ojos el rostro de los castos oráculos y aprendía a alegrarme con temblor.
Comprendí y hallé que todo cuanto de verdadero había yo leído allí, se decía aquí realzado con tu gracia, para que el que ve “no se gloríe, como si no hubiese recibido” (1 Co 4,7), no ya de lo que se ve, sino también del poder  ver  pues “¿qué tienes que no lo hayas recibido?” (1 Co 4,7) ; y para que sea no sólo exhortado a que te vea, a ti, que eres siempre el mismo, sino también sanado, para que te retenga; y que el que no puede ver de lejos camine, sin embargo, por la senda por la que llegue, y te vea, y te posea (...).
Pero una cosa es ver desde una cima agreste la patria de la paz, y no hallar el camino que conduce a ella, y fatigarse  en vano por lugares sin caminos, cercados por todas partes y rodeados de las asechanzas de los fugitivos desertores con su jefe o príncipe el león y el dragón, y otra cosa es poseer la senda que conduce allí, defendida por los cuidados del celestial Emperador, en donde no roban los desertores de la milicia celestial, antes la evitan como un suplicio.
Todas estas cosas se me entraban por las entrañas por modos maravillosos cuando leía al menor de tus apóstoles y consideraba tus obras, y me sentía espantado, fuera de mí» (Confesiones VII,21,27).

Agustín ha crecido gradualmente en el conocimiento de Cristo:

«Yo entonces juzgaba de otra manera, sintiendo de mi Señor Jesucristo tan sólo lo que se puede sentir de un varón de extraordinaria sabiduría. Sobre todo me parecía haber merecido de la divina Providencia en favor nuestro una tan gran autoridad de magisterio por haber nacido maravillosamente de la Virgen, para darnos ejemplo de desprecio de las cosas temporales en pago de la inmortalidad.
Pero qué misterio encerraban aquellas palabras: “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14), ni sospecharlo podía siquiera. Sólo conocía, por las cosas que de él nos han dejado escritas, que comió y bebió, durmió, paseó, se alegró, se estremeció y predicó, y que la carne no se juntó a tu Verbo sino dotada de alma y razón. Conoce todo esto el que conoce la inmutabilidad de tu Verbo, la cual ya conocía yo, en cuanto podía, sin que dudara un punto siquiera en esto. Porque, en efecto, mover ahora los miembros del cuerpo a voluntad o no moverlos, estar dominado de algún afecto o no estarlo, proferir por medio de signos sabias sentencias o estar callado, indicios son de la mutabilidad de un alma y de una inteligencia. Todo lo cual, si fuese escrito falsamente de aquél, declinaría a causa de la mentira todo lo demás y no quedaría en aquellas letras esperanza alguna de salvación para el género humano. Pero como son verdaderas las cosas allí escritas, reconocía yo en Cristo al hombre entero, no cuerpo sólo de hombre o cuerpo y alma sin mente, sino al mismo hombre, el cual juzgaba debía ser preferido a todos los demás no por ser la persona de la verdad, sino por cierta extraordinaria excelencia de la naturaleza humana y una más perfecta participación de la sabiduría» (Confesiones VII,19,25).

Le resta todavía vencer algunas dudas psicológicas y consagrarse totalmente a Cristo. En este camino le será de inestimable ayuda el descubrimiento de la vida monástica y la reflexión sobre el espíritu que lucha contra sí mismo. Siente que se le plantea un combate entre hábitos antiguos y la adhesión a las nuevas aspiraciones que le habían nacido en el alma:

«¡Silencio, por favor, silencio! ¿Por qué me atormentas, por qué ahondas tanto y hurgas en mis males? No resisto el llanto de mis ojos. No más promesas, ni presunción, ni examen acerca de tales cosas. Muy bien dices que el Médico, a cuya visión aspiro, sabrá cuándo estoy sano; que se cumpla su voluntad y se manifieste cuando le plazca; me entrego enteramente a su clemencia y cuidado. A los dispuestos de este modo no cesará de levantarlos.
Basta ya de alardes de mi salud hasta que logre encontrarme cara a cara con aquella Hermosura... ¿Cómo quieres que tengan término mis llantos, cuando no los tiene mi miseria? ¿Me aconsejas mire por la salud del cuerpo, cuando soy víctima de esta peste? Te ruego, si algo puedes sobre mí, que intentes guiarme por algún sendero, aproximándome un poco a aquella luz, ya tolerable, si algo he adelantado, y así no tornarán los ojos a las tinieblas abandonadas, pues todavía halagan mi ceguera» (Soliloquios I,14,26).

Llega entonces al fin de la lucha y le anuncia a su madre el deseo de dejarlo todo:

«Entonces, puesto el dedo o no sé qué cosa de registro, cerré el códice, y con rostro ya tranquilo se lo indiqué a Alipio, quien a su vez me indicó lo que pasaba por él, y que yo ignoraba. Pidió ver lo que había leído; se lo mostré, y puso atención en lo que seguía a aquello que yo había leído y yo no conocía. Seguía así: “Reciban al débil en la fe” (Rm 14,1), lo cual se aplicó a sí mismo y me lo comunicó. Fortificado con tal admonición y sin ninguna turbulenta vacilación, se abrazó con aquella determinación y santo propósito, tan conforme con sus costumbres, en las que ya de antiguo distaba ventajosamente de mí.
Después entramos a ver a la madre, e indicándoselo se llenó de gozo; le contamos el modo como había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba victoria, por lo cual te bendecía a ti, “que eres poderoso para darnos más de lo que pedimos o entendemos” (Ef 3,20), porque veía que le habías concedido, respecto de mí, mucho más de lo que constantemente te pedía con gemidos lastimeros y llorosos.
Porque de tal modo me convertiste a ti que ya no apetecía esposa ni abrigaba esperanza alguna de este mundo, estando ya en aquella regla de fe sobre la que hacía tantos años me habías mostrado a ella. Y así “convertiste su llanto en gozo” (Sal 29,12), mucho más fecundo de lo que ella había apetecido y mucho más caro y casto que el que podía esperar de los nietos que le diera mi carne» (Confesiones VIII,12,30; ver VIII,8,19).

Agustín no sólo ha conseguido liberarse del error, sino también de aquello que le impide ser plenamente libre. Ha encontrado la libertad por el amor. La gracia ha venido en su auxilio para hacerle amable lo que no era amable a sus ojos.

A partir de las fuentes, de la conversión de Agustín pueden afirmarse al menos tres cosas: que las Confesiones tienen valor histórico, con tal que se distingan en ella los hechos narrados -que también coinciden con los que nos alcanzan los sermones- del juicio del narrador, que es el de Agustín ya obispo; que la conversión fue un regreso a la fe católica, al verla no ya en contraste sino en armonía con la meta sapiencial señalada por los platónicos; y que la adhesión al motivo propio de la fe, la autoridad de la Iglesia, fue anterior a la lectura de los platónicos, aunque el contenido de la misma era todavía «vago y fluctuante más allá de la justa medida de su doctrina» (Confesiones VII,5,7).

Continuación

Publicado el 16/01/2009