Monasterio Santa María de Los Toldos

INICIACIÓN A LA LECTURA DE LAS OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (53)

San Jerónimo en el desierto
Giovanni Bellini. Hacia 1480
Palazzo Pitti, Galleria Palatina
Florencia, Italia

El monacato occidental (sexta parte)

Visión de conjunto: siglos IV-V

Tres factores distintos, pero mancomunados por el Espíritu de Dios, parecen haberse reunido para engendrar el monacato cristiano de Occidente: “la continuación y lógico desarrollo de la vida ascética practicada (en Occidente) por vírgenes y continentes desde la más remota antigüedad”, que se prolongó -en el siglo IV- “en algunos ascetas de los países latinos que empezaron a vivir más separados del mundo y se convirtieron en anacoretas, o en el caso del cenobitismo, se agruparon en comunidades más o menos compactas y organizadas”. En segundo lugar, debe mencionarse el influjo notable que ejerció el monacato oriental, sobre todo el de Egipto, “sobre la génesis y primer desarrollo”(1) de la vida monástica de Occidente. Por último, y tal vez éste sea el factor decisivo, está el esfuerzo de hombres y mujeres santos e inteligentes, que supieron adaptar las formas monásticas del Oriente a las necesidades de la cultura occidental.

“En Roma conocí varios monasterios en los que presidían aquellos que de entre sus miembros sobresalían en modestia, prudencia y ciencia divina; viviendo en caridad, santidad y libertad cristianas. Para no ser carga uno del otro, según la costumbre de Oriente y austeridad del apóstol Pablo, se sustentaban con el trabajo de sus manos. También era increíble el ayuno que muchos practicaban rigurosamente... (Pero) a nadie se le obliga a austeridades que no pueda soportar, ni se le impone nada que rehúse hacer, ni lo desprecian los demás por su incapacidad para imitar lo que otros hacen... Todo su esfuerzo lo ponen no en abstenerse de ciertos alimentos sino en dominar la concupiscencia y conservar el amor de los hermanos...”(2).

San Jerónimo fue el primer gran “propagandista” latino de la vida monástica oriental. Gran parte de su vida la pasó en Oriente, instalándose definitivamente en Belén, donde se dedicó con especial ahínco a traducir las Escrituras al latín.

«Lee con frecuencia las divinas Escrituras, mejor aún: que nunca tus manos dejen el sagrado texto (sacra lectio). Estudia lo que debes enseñar. Adhiérete a la palabra de la fe, conforme a la doctrina, para que tus exhortaciones reposen sobre la sana doctrina... “Permanece en lo que has aprendido, en lo que se te ha confiado, sabiendo de quién lo has aprendido” (2 Tm 3,14), siempre preparado para dar satisfacción a quien te pida razón de la esperanza que habita en ti. Que tus obras no cubran de vergüenza lo que dices... Sé sumiso a tu obispo, considéralo como el padre de tu alma; amar es (propio) de los hijos, temer es (propio) de los esclavos»(3).

San Martín de Tours (+397) fue como el “san Antonio de Occidente”, al menos según el parecer de su biógrafo, Sulpicio Severo. El ejemplo de Martín contribuyó notablemente a la difusión de la vida monástica en la Galia.

«Acostumbrado Martín a comer pescado los días de Pascua pregunta un poco antes de la hora de comer si estaba preparado. Entonces el diácono Catón, a quien correspondía la administración del monasterio, ducho asimismo en la pesca, dice que no se le ha presentado en todo el día una presa y que otros pescadores que solían vender, nada han podido hacer. “Ve -dice (Martín)- lanza tu red, la presa se te presentará”. Teníamos junto al río... una choza. Marchamos todos, como en un día de fiesta, a ver al pescador, pendiente la esperanza de todos que no habían de ser vanos los intentos con que se buscaba un pez para uso de Martín, bajo los auspicios de Martín. Al primer lanzamiento sacó el diácono un enorme lucio... Martín, verdadero discípulo de Cristo, emulador de los milagros realizados por el Salvador -milagros que llevó a cabo para ejemplo de sus santos- mostraba que Cristo actuaba en él, que dando gloria a su santo en todo lugar, acumulaba sobre un hombre los dones de distintas gracias»(4).

San Agustín, el gran doctor de la Iglesia latina, fue quien puso las bases para un monacato verdaderamente occidental; privilegió la vida comunitaria, la importancia de la formación intelectual y espiritual, la necesidad de que los monjes estén al servicio de la Iglesia local.

“Cuando canten y salmodien en sus corazones al Señor, para que las voces del corazón no disuenen, háganlo todo para gloria de Dios, que obra todo en todos. Y sean fervientes de espíritu, para que su alma sea alabada en el Señor. Esta es la actividad del camino recto: tener los ojos siempre puestos en el Señor, porque él libra de la trampa nuestros pies. Tal acción no se debilita en la acción, ni se enfría en el ocio, no es turbulenta ni floja; ni audaz; ni precipitada ni lánguida. Hagan esto, y el Dios de la paz estará con ustedes”(5).

«No deben tener nada superfluo, nada que sea un peso poseer, nada que ate, nada que sea un impedimento. Para que se cumpla más auténticamente en este tiempo y en los siervos de Dios aquello del Apóstol: “Como quienes nada tienen y todo lo poseen” (2 Co 6,10). No tengas nada que puedas llamar tuyo, y todas las cosas serán tuyas; si te adhieres a una parte, pierdes la totalidad pues para ti lo suficiente es lo mismo, venga de la riqueza o de la pobreza»(6).

San Honorato y la comunidad de la isla de Lérins, representan otro intento de “inculturar” la vida monástica en Occidente. Muchos de los monjes que allí moraban, después fueron elegidos para servir a la Iglesia en el ministerio del episcopado (incluido el mismo fundador, Honorato). En Lérins se implantó una disciplina rigurosa, de carácter cenobítico; con un marcado acento en la figura del superior. Se le asignó especial relieve a la obediencia, al trabajo manual, a la oración y al silencio.

«Que los hermanos vivan unánimes con alegría en una casa; pero determinamos, con la ayuda de Dios, cómo mantener con recto ordenamiento esta unanimidad y alegría. Queremos que uno presida sobre todos y que nadie se desvíe hacia la izquierda de su consejo o mandato, sino que lo obedezcan con toda alegría como si fuesen órdenes del Señor... Los que obrando de este modo desean vivir unánimes, deben tener en cuenta que por la obediencia Abraham agradó a Dios y fue llamado amigo de Dios. Por la obediencia, los mismos apóstoles merecieron ser testigos del Señor entre los pueblos y las tribus. También nuestro Señor descendiendo de las regiones superiores a las inferiores dice: “No vine a hacer mi voluntad sino la de Aquel que me envió” (Jn 6,38-39)... El que preside debe mostrarse tal como indica el Apóstol: “Sean un modelo para los creyentes” (1 Ts 1,7), es decir, por sus cualidades de piedad y verdad sobrenatural, elevar el alma de los hermanos de las realidades terrenas a las celestiales... El que preside tiene que discernir cómo debe demostrar a cada uno su afecto paternal. Debe tener equidad, sin olvidar lo que dice el Señor: “La medida con que midan se usará con ustedes” (Mt 7,2)...»(7).

Juan Casiano (+hacia el 435) es el “teórico” del monacato occidental. Discípulo aventajado de Evagrio Póntico (al cual, sin embargo, nunca menciona), supo adaptar las enseñanzas de éste a las necesidades del espíritu latino. En sus obras: Instituciones y Conferencias (o Colaciones), puso los fundamentos para una nueva espiritualidad cristiana occidental.

«La renuncia (al mundo) no es otra cosa sino la marca de la cruz y de la mortificación..., porque según la palabra del Apóstol, “tú estás crucificado para el mundo, como el mundo lo está para ti” (Ga 6,14)... Y nuestra cruz es el temor del Señor... Por este temor los que se ejercitan en el camino de la perfección, adquieren la conversión, la purificación de sus vicios y la práctica de las virtudes. Una vez que ese temor ha penetrado el espíritu del hombre, entonces engendra el desprecio de todas las cosas, el olvido de los parientes y el horror del mundo. Este desprecio y privación de todos los bienes conduce a la humildad... De la humildad procede la mortificación de las (propias) voluntades. Esta mortificación arranca y saca todos los vicios. La expulsión de los vicios permite que las virtudes fructifiquen y se multipliquen. La fecundidad de las virtudes hace adquirir la pureza de corazón. Por la pureza de corazón se posee la perfección de la caridad apostólica»(8).

Continuación

(1) G. M. Colombás, El monacato primitivo. Hombres, hechos, costumbres, instituciones, Madrid, 1974, pp. 211-214 (BAC 351).
(2) Agustín de Hipona, Sobre las costumbres de la Iglesia católica 1,33,70-71; traducción de Teófilo Prieto en Obras de San Agustín, Madrid 1948, T. IV, pp. 344-345 (BAC 30). Cf. Juan Casiano, Conferencias 8,6,14-15.
(3) Jerónimo, Epístola 52,7 (a Nepociano presbítero; año 394); ed. J. Labourt, Saint Jérôme. Lettres, Paris, Société d'Editions “Les Belles Lettres”, 1951, t. II, pp. 181-182 (Col. des Universités de France).
(4) Sulpicio Severo (+ hacia el 420/25), Diálogos III (II), 10.
(5) Agustín de Hipona, Epístola 48,3 (a Eudoxio abad; hacia el 398); traducción de Lope Cilleruelo en Obras de San Agustín, Madrid 1986, T. VIII, pp. 314-315 (BAC 69).
(6) Agustín de Hipona, Sermón 350/A, 4 (Mai 14); traducción de Pío de Luis en Obras de San Agustín, Madrid 1985, pp. 170-171 (BAC 461). La homilía se puede colocar hacia el 399.
(7) Regla de los Cuatro Padres 1,8-12.15-17; 2,3-4.7-9; traducción en CuadMon 19 (1984), pp. 262-263. Esta Regla fue compuesta, probablemente, a comienzos del siglo V.
(8) Juan Casiano, Instituciones IV, 34.35.39.43; ed. J. C. Guy en Jean Cassien. Institutions Cénobitiques, Paris, pp. 172-175. 178-179. 184-185 (Col. Sources Chrétiennes, 109).

Publicado el 02/12/2008