INICIACIÓN A LA LECTURA DE LAS OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (41)
La ordenación episcopal
de san Hilario
Manuscrito del siglo XIV
Hilario de Poitiers (+ 367)Primeros años hasta el episcopado(1)
Hilario es uno de esos Padres importantes de quienes tenemos escasos datos. Casi todo lo que sabemos con certeza de él se refiere a su intervención en la controversia arriana, y en gran parte está avalado por sus propias obras.
Sin embargo, a pesar de la pobreza de las fuentes, de sus escritos se desprenden algunos datos biográficos. Otras alusiones las encontramos en la
Vida de Venancio Fortunato (+ h. 600) que data de mediados del siglo VI (PL 9, 184 199 y 88, 439 454), las
Crónicas y la Vida de San Martín de Sulpicio Severo (+ h. 420-425), y en Jerónimo (+ 419) [ver
De vir. ill. 100] y Agustín de Hipona (+ 430).
Hilario nació, con bastante probabilidad, en Poitiers a comienzos del siglo IV, entre los años 310-320. Quizá perteneció a una familia de posición holgada y, a juzgar por sus escritos, tuvo una sólida formación literaria, adquirida seguramente en la misma Galia, donde el centro de formación más renombrado se encontraba en Burdeos.
Del prólogo de su
De Trinitate podemos colegir un cierto
itinerarium ad Deum, y aunque se discute si nació de padres cristianos o se convirtió personalmente (ver I, 1 14), la segunda posibilidad tiene mayor verosimilitud. Agustín en su
De doctrina christiana (II,40,61) alude a Hilario, entre otros, como uno de los que ha salido “de Egipto”, imagen que expresa el abandono del paganismo. Sin embargo, es imposible determinar la fecha de su conversión -en la que parece haber jugado un papel decisivo su descubrimiento de la Sagrada Escritura- y bautismo. Algunos escritos suyos parecen insinuar que no sucedió en su juventud:
“Por todos éstos [los grandes hombres del Antiguo y Nuevo Testamento] he sido enseñado en la fe que sostengo... Tarde me ha presentado el tiempo actual a estos doctores... Tarde los ha tenido mi fe, a los que tú instruiste como maestros...” (De Trin. VI,21; trad. de L. Ladaria en San Hilario de Poitiers. La Trinidad, Madrid, 1986, p. 259 [BAC 481]; ver también De synodis 91[545]; De Trin. I).
Aunque no sabemos nada de los miembros de su familia, parece que estuvo casado y la tradición menciona a su hija Abra (Venancio Fortunato, Vita et virtutes S. Hilarii I,3: PL 9,187). A Hilario mismo se le atribuye una epístola Ad Abram filiam (CSEL 65 [1916] pp. 237 244) que, ciertamente, no es de su mano.
Desde el episcopado al exilio (h. 350-356)Entre los años 350-353, el emperador Constancio II, hijo de Constantino, fallecido Constante y eliminado el usurpador Majencio, quedó como único señor del Imperio romano. Prosiguió entonces con su política religiosa de cuño netamente filoarriano, pretendiendo doblegar a sus planes no solamente a los obispos orientales sino también a los occidentales. En el año 353, se instaló en Arlés y convocó un sínodo, que tuvo lugar a fines del mismo año en esa ciudad. Para llevar a cabo sus designios Constancio contaba con el apoyo de algunos obispos, entre los que se destacaban: Ursacio de Singiduno (actual Belgrado) y Valente de Mursa (actual Eszeg u Osijek, antigua Yugoslavia):
“Entonces los arrianos, cuando ven que el engaño había progresado poco deciden actuar por la violencia. Pues les era fácil atreverse a hacer cualquier cosa apoyándose en la amistad del rey, al que se habían ganado con halagos despreciables. Y es más, su seguridad procedía del consenso de la mayoría, pues casi todos los obispos de las dos Panonias, muchos de los orientales y Asia entera se habían adherido a la herejía. Y bien, dirigentes de esta peste eran considerados: Ursacio de Singiduno, Valente de Mursa; en Heraclea, Teodoro; Esteban de Antioquía, Acacio por Cesarea, Menofanto en Éfeso, Jorge en Laodicea, Narciso por Neronópolis. Estos ocuparon el palacio de modo que el emperador no hacía nada sin su consentimiento, es cierto que favorable a todos, pero especialmente devoto de Valente. Pues en la ocasión en que se luchó con las armas en Mursa contra Magnencio, Constancio que no se atrevía a descender a contemplar la batalla, se retiró a una basílica de los mártires situada fuera de la ciudad llevándose como consuelo a Valente, obispo del lugar. Por lo demás Valente, lleno de astucia había organizado las cosas de modo que fuese el primero en conocer el resultado de la batalla, bien porque intentaba conseguir el favor del rey si le llevaba el primero una buena noticia, bien porque protegía su vida emprendiendo antes la huida si sucedía algo adverso. Y así, a unos cuantos que estaban en torno al rey, muertos de miedo ellos, angustiado el emperador, les anuncia el primero que los enemigos huyen. Como aquél rogara que se presentara personalmente el que se lo había comunicado, Valente para añadir respeto a su persona responde que el mensajero ha sido un ángel. El emperador inclinado a dejarse convencer acostumbraba a decir después en público que había vencido gracias a los méritos de Valente, no al valor de su ejército”(2).
En el sínodo de Arlés el partido filoarriano consiguió que los obispos presentes suscribieran la condena de Atanasio de Alejandría, que ya se había efectuado en el concilio de Tiro de 335. Sólo se negó Paulino de Tréveris, quien fue enviado al exilio (+ 357/358)[3].
Hilario fue ordenado obispo a mediados del siglo IV; según algunos después de 353(?), basados en su ausencia en el concilio de Arlés celebrado en ese año. Con seguridad fue obispo antes de 355 y quizá haya sido el primer obispo de Poitiers.
Entre 353 y 356 debió componer su “Comentario al Evangelio de Mateo”, obra que presenta en algunos puntos doctrinales cierto arcaísmo, y trazas de materialismo en su concepción antropológica. Por este tiempo favorece la implantación de la vida monástica en su diócesis y recibe la visita del futuro obispo de Tours, Martín (+ 397). Aunque Hilario afirma que no había oído hablar de la fe de Nicea (“fidem nicaenam nunquam nisi exulaturus audivi”:
Syn. 91[945]), en su “Comentario a Mateo” (ver 1, 3-4) pareciera que ya tiene cierto conocimiento de la doctrina arriana, y a ella alude (?) con ideas claras sobre la enseñanza de la Iglesia referente a la divinidad del Hijo. Su oposición a los obispos arrianos Ursacio de Singiduno, Valente de Mursa y Saturnino de Arlés se remonta a estas fechas.
En 355 se celebra otro sínodo en Milán, con una mayor asistencia de obispos occidentales (no consta que Hilario haya estado presente). Nuevamente el partido filoarriano, con el apoyo decisivo del emperador, logró que casi todos los pastores presentes suscribiesen la condena de Atanasio. Únicamente se abstuvieron Dionisio de Milán (+ hacia 361), Lucífero de Cagliari (+ h. 364-375) y Eusebio de Vercelli (+ h. 370/371). Como consecuencia los tres fueron depuestos de sus sedes y mandados al exilio en Asia Menor(4).
A raíz de estos hechos se produjo una reacción en el episcopado galo, a cuyo frente aparece Hilario, entrando así en la escena de la controversia arriana:
“... Presintiendo el gravísimo peligro que corría la fe después del exilio de los santos varones: Paulino, Eusebio, Lucífero, Dionisio, hace ya más de cuatro años que me separé, con los obispos de la Galia, de la comunión de Saturnino (de Arlés), de Ursacio y de Valente...”(5).
La reacción promovida por Hilario suscitó la inmediata respuesta de los filoarrianos, quienes organizaron un sínodo en Béziers (356) y exigieron la presencia de Hilario:
“Obligado a ir al sínodo de Béziers por la facción de los seudo apóstoles (2 Co 11,13), (propuse iniciar) una investigación para demostrar esa herejía (el arrianismo). Pero, por temor de un testimonio público, se negaron a escuchar (los cargos) que presenté, creyendo que podían mentirle a Cristo sobre su inocencia, e ignorando voluntariamente lo que a sabiendas iban a hacer enseguida”(6).
Hilario rechazó con firmeza las acusaciones que se le hicieron y se negó a suscribir la condena de Atanasio. Entonces fue sancionado con el exilio, junto a Rodanio, obispo de Toulouse (7). Si el sínodo se celebró en el otoño de 356, la sentencia debe haber llegado a Poitiers durante el verano, y antes de terminar el año Hilario ya estaba en Frigia (Asia Menor), adonde se lo había confinado(8).
Presentar la actividad de Hilario centrada exclusivamente en la controversia arriana es un tanto abusivo. Sabemos, en efecto, que antes del exilio escribió su Comentario al Evangelio de Mateo; que se preocupaba por su clero, por la instrucción del pueblo fiel y por quienes se acercaban a la Iglesia para solicitar el bautismo(9). Un ejemplo de su acción pastoral nos lo ofrece el siguiente pasaje de la
Vida de San Martín:
“Cuando (Martín) dejó el ejército fue a encontrarse con san Hilario, obispo de Poitiers, cuya creencia en lo que respecta a las cosas de Dios era respetada y reconocida en ese tiempo, y se quedó con él. Hilario intentó, confiriéndole el diaconado, vincularlo más estrechamente a sí, y a la vez ligarlo al servicio divino, pero Martín rehusó repetidas veces clamando que era indigno. Entonces el obispo, hombre de espíritu profundo, se percató de que sólo sería posible retenerlo si le confiaba un oficio que pudiera tener algo de humillante. Le propuso entonces ser exorcista. Martín no rechazó esta ordenación para que no se pensara que la rehusaba por ser demasiado humilde. Poco después le fue comunicado en sueños que debía visitar con solicitud religiosa a su patria y a sus padres, que todavía eran paganos. Partió pues con el consentimiento de san Hilario, quien le rogó encarecidamente con muchas lágrimas que regresara...”(10).
Continuación
(1) A los Padres latinos les dedicaremos un desarrollo de mayor amplitud, para acercarnos más a quienes pusieron los cimientos de la Iglesia latina occidental, de la que somos hijas e hijos, herederas y herederos. Ver para una visión de conjunto sobre la vida y obra de san Hilario la catequesis del papa Benedicto XVI: http://www.mercaba.org/Benedicto%2016/AUDIEN/2007/10-10_hilario_de_poitiers.htm. El estudio fundamental para la etapa anterior al exilio de Hilario es el de J. Doignon, Hilaire de Potiers avant l'exile. Recherches sur la naissance, l'enseignement et l'épreuve d'une foi épiscopal en Gaule au milieu du IVe siècle, Paris, Ed. Brepols, 1971.
(2) Sulpicio Severo, Crónica II,38; trad. de Carmen Codoñer en Sulpicio Severo. Obras completas, Madrid, Ed. Tecnos, 1987, pp. 115-116 (Clásicos del pensamiento, 33). M. Simonetti, La crisi ariana nel IV secolo, Roma, Institutum Patristicum “Augustinianum” 1975, p. 212 (Studia Ephemeridis “Augustinianum”, 11), señala que “dado el carácter cambiante y fácilmente influenciable de Constancio, Valente y sus amigos consolidaron todavía más, gracias a este evento, su posición y su influencia en la corte...”. La batalla de Mursa tuvo lugar el 28 de septiembre de 351.
(3) Hilario de Poitiers, Collectanea antiariana parisina, B,I,6; CSEL 65,102 = SCh 241, p. 82: “Comenzaré, pues, por los hechos que se desarrollaron recientemente, es decir desde el día en que en la ciudad de Arlés, mi hermano y colega en el ministerio, Paulino, obispo de Tréveris, se negó a asociarse a esa perversidad e hipocresía...”. Sulpicio Severo, Crónica II,39,3; trad. cit., p. 117: “Como resultado del choque de los bandos Paulino es exiliado”. El obispo murió durante el destierro en Frigia (Sulpicio Severo, Crónica II,45,9; trad. cit., p. 124). Ver Simonetti, La crisi ariana nel IV secolo, pp. 214 ss.
(4) Sulpicio Severo, Crónica II,39,3-6; trad. cit., p. 117: “... Hay una reunión en Milán, donde entonces se encontraba el emperador; el enfrentamiento no disminuía por ninguna de las dos partes. Entonces Eusebio de Vercelli y Lucífero de Cagliari -en Cerdeña-, obispos, fueron desterrados. Por lo demás Dionisio, obispo de los milaneses, firmó que consentía en la condena de Atanasio con tal de que hubiera un debate sobre la fe entre los obispos. Pero Valente, Ursacio y los demás, por miedo a la plebe que conservaba la fe católica con notable firmeza, faltos de valor para confesar sus sacrilegios, se reúnen dentro de palacio. Desde allí mandan una carta en nombre del emperador, manchada de todo tipo de iniquidades, con la intención evidente de, si el pueblo la acogía favorablemente, imponer lo que desean utilizando los poderes públicos. Y que si, por el contrario, resulta acogida de otro modo, todo el odio recaiga sobre el rey; además el alcance de la falta sería venial porque el todavía entonces catecúmeno, parecía tener razones para desconocer, y con razón, el sacramento de la fe. Así pues, una vez leída la carta en la iglesia, el pueblo mostró su disconformidad. Dionisio por no haber dado su asenso, es expulsado de la ciudad e inmediatamente es sustituido por el obispo Auxencio”. La noticia de Sulpicio se inspira en el De Synodis (cap. 78) de Hilario. Comentario, precisiones y aclaraciones sobre el concilio de Milán en Simonetti, La crisi ariana nel IV secolo, pp. 215 ss.
(5) Hilario de Poitiers, Contra Constancio 2; ed. crítica y trad. francesa de A. Rocher, Hilaire de Poitiers. Contre Constance, Paris, 1987, p. 170 (SCh 334). La trad. del texto latino que se ofrece contempla las aclaraciones del editor (SCh 334, pp. 227-228). La fecha de redacción de esta obra debe colocarse entre 360-361.
(6) Hilario de Poitiers, Contra Constancio 2; SCh 334, p. 170.
(7) Sulpicio Severo, Crónica II,39,7; trad. cit., pp. 117-118: “... También a Rodanio, obispo de Toulouse, que, más débil de natural no había cedido ante los arrianos no tanto por su propio valor como por su amistad con Hilario, se le incluyó en la misma situación...”. Rocher sostiene que fue Saturnino de Arlés "el autor" del exilio de Hilario (SCh 334, p. 28). Este prelado parece ser un hábil oportunista que aprovechó el concilio de Arlés de 353 para ganar lugar en la consideración del emperador.
(8) Jerónimo, De vir. ill. 100: “Hilario, obispo de Poitiers en Aquitania, fue exiliado a Frigia por la facción de Saturnino, obispo de Arlés, en el concilio de Béziers…”;. Sulpicio Severo, Crónica II,42,2; trad. cit., p. 120: “... Hilario que pasaba ya su cuarto año de exilio en Frigia”. Ver Simonetti, La crisi ariana nel IV secolo, pp. 220-221. Es probable que Hilario haya marchado al destierro por la ruta terrestre, lo que daría -según Rocher (SCh 334, p. 14)- unos tres meses para ir de Poitiers a Constantinopla.
(9) Lamentablemente, como lo apunta el P. Alexandre Olivar, La Predicación Cristiana Antigua, Barcelona, Ed. Herder, 1991, p. 271, nota 15: «Carecemos de información sobre Hilario como predicador. Fue un buen escritor, mas no parece haberse destacado como orador. Su “Comentario a Mateo” no presenta huellas de una predicación original... En todo caso, lo que más podría suponerse es que estos comentarios, así como el “Liber mysteriorum”, eran obras destinadas a los presbíteros y posiblemente también a los obispos para proporcionarles materia e inspiración en vistas a la predicación».
(10) Sulpicio Severo, Vida de San Martín 5, 1-3; trad. de Pablo Saenz, osb, en Sulpicio Severo. Vida de San Martín, Luján (Buenos Aires), Ed. ECUAM, 1990, p. 6 (Col. Nepsis 1). Es posible que el encuentro y la separación de los dos santos varones se haya producido en el año 356.