San Juan Crisóstomo
Hacia el año 1000
Mosaico de “Haghia Sophia”
Estambul (Turquía)
Juan Crisóstomo (+ 407) [segunda parte] Primera lectura: selección de homilíasEl publicano y el fariseo (Sobre la incomprensibilidad de Dios, 5, 6-7; PG 48,745-746)Si uno es pecador, no es humildad reconocerlo. Existe sin embargo humildad cuando quien tiene conciencia de haber realizado grandes cosas no por ello concibe una alta idea de sí mismo; cuando se parece a san Pablo hasta el punto de poder decir: “Mi conciencia nada me reprocha” (1 Co 4,4), o: “Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, y el primero soy yo” (1 Tm 1,15). En esto consiste la humildad: a pesar de la grandeza de nuestros actos, estimarnos en poco en nuestro espíritu.
Sin embargo Dios, por razón de su inefable amor a los hombres, no sólo acepta al que se humilla de esta manera, sino también a los que confiesan francamente sus faltas, y se muestra favorable y benévolo con los que tienen tal disposición. Para que te des cuenta de lo bueno que es no tener una alta idea de sí mismo, represéntate dos carros. Engancha a uno la virtud y el orgullo, al otro el pecado y la humildad. Verás que el tiro del pecado adelanta al de la virtud, no precisamente por su propio poder, sino por la fuerza de la humildad que le acompaña, y aquella se queda atrás no por la debilidad de la virtud, sino por el peso y la enormidad del orgullo. En efecto, así como la humildad, gracias a su inmensa fuerza de elevación, triunfa de la pesadez del pecado y es la primera en subir al cielo, así el orgullo, por razón de su gran peso y de su enormidad consigue prevalecer sobre la agilidad de la virtud y arrastrarla hacia abajo.
¿A propósito de este tiro más rápido que otro, acuérdate del fariseo y el publicano. El fariseo enganchaba a la vez la virtud y el orgullo cuando decía: Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano (Lc 18, 11). ¡Qué locura! Su orgullo no se satisfacía con el género humano en general, necesitaba además insultar con mucha más fatuidad al publicano que estaba a su lado. ¿Y qué hizo éste? No rechazó las injurias, no se irritó por las acusaciones, sino que lo escuchó todo con buena voluntad. El dardo del enemigo fue para él remedio y cura, la crítica se trocó en elogio y la acusación en corona. Tal es en efecto la belleza y la ventaja de la humildad, con la cual ni se irrita uno por los ultrajes de los demás ni se afecta por las injurias de los que le rodean. También puede resultar, como en el caso del publicano, otro fruto grande y excelente. Porque al aceptar las injurias, se descargó de sus pecados, y por haber dicho: “Ten piedad de mí que soy pecador” (v. 13), regresó mucho más justificado que el otro.
De esta forma las palabras del publicano pudieron más que las obras del fariseo; las palabras de aquél prevalecieron sobre las acciones de éste.
Este presentó su justicia, sus ayunos y sus diezmos, mientras que aquél solamente decía palabras y quedó descargado de sus pecados. Y es que Dios no había escuchado únicamente las palabras, había visto también el corazón del que las decía, y hallándolo humilde y contrito, le concedió su misericordia y su amor.
Homilía 6 sobre la oración (PG 64,462 D 463 B, 466)El bien supremo es la oración, la conversación familiar con Dios. Ella es relación con Dios y unión con él. Como los ojos del cuerpo quedan alumbrados ante la luz, también el alma cara a Dios queda iluminada con su inefable luz. La oración no es el efecto de una actitud exterior, sino que procede del corazón. No se reduce a unas horas o momentos determinados, sino que está en continua actividad lo mismo de día que de noche. No hay que contentarse con orientar a Dios el pensamiento cuando se dedica exclusivamente a la oración; sino que, aun cuando se encuentre absorbida por otras ocupaciones -como el cuidado de los pobres o alguna otra obra buena y útil- hay que sembrarlas del deseo y el recuerdo de Dios, para ofrecer al Señor del universo un manjar muy dulce, sazonado con la sal del amor de Dios.
La oración es la luz del alma, el verdadero conocimiento de Dios, la mediadora entre Dios y los hombres... Por medio de ella, el alma se eleva hacia el cielo y abraza al Señor con un abrazo inefable. Lo mismo que un bebé a su madre, la oración grita a Dios llorando, hambrienta de leche divina. Expresa sus íntimos deseos y recibe dádivas superiores a toda la naturaleza visible. La oración, por la cual nos presentamos con respeto ante Dios, es el gozo del corazón y el reposo del alma...
La oración conduce al alma a la fuente celestial, la sacia con su bebida y hace brotar en ella una fuente de agua viva para la vida eterna (cf. Jn 4,14). Da la verdadera seguridad de los bienes futuros, y, por medio de la fe, hace conocer mejor los bienes presentes... No pienses que la oración se reduce a palabras. Es un movimiento hacia Dios, un amor inexpresable que no proviene de los hombres, según dice el Apóstol: “Nosotros no sabemos orar como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26).
Cuando el Señor concede a alguno una oración así, es una riqueza que no puede quitársela, un alimento celestial que llena el alma. Quien la ha probado queda poseído de un deseo eterno de Dios, una especie de fuego que devora su corazón. Déjala surgir en ti en toda su plenitud, para decorar con dulzura y humildad la morada de tu corazón, abrillantarla con el resplandor de la justicia, y pulir su pavimento con buenas acciones. Adorna, pues, tu casa, y decórala no con mosaicos, sino con fe y magnanimidad. Coloca la oración como remate en lo más alto de tu edificio. Así te prepararás una mansión digna de recibir al Señor, una verdadera mansión regia, tú que por la gracia lo posees ya en cierto modo en el templo de tu alma.
La obediencia del ciego: nada lo detuvo, nada lo escandalizó (Explicación del evangelio de san Juan, homilía 57[56])Los que desean sacar alguna utilidad de lo que se va leyendo, no pasan de prisa ni aun lo más mínimo. Pues por esto se nos ordena escrutar las Escrituras; porque muchas veces cosas que a primera vista parecen fáciles y sencillas, encierran oculta en sí una gran profundidad de ciencia. Observa, por ejemplo, lo que ahora se nos propone: “Dicho esto, escupió en la tierra”. ¿Por qué lo hace? Para que se manifieste la gloria de Dios y que conviene que Yo haga la obra de Aquel que me envió. No sin motivo trajo al medio esto el evangelista, y añadió que Él había escupido sobre la tierra: para declarar que Jesús confirmaba sus palabras con sus obras.
¿Por qué no usó el agua sino la saliva para hacer el barro? Porque lo iba a enviar a Siloé, de manera que no se achacara la curación a la fuente; sino que de la boca de Él procedió el poder que hizo los ojos del ciego y los abrió: para esto escupió en tierra. Esto significa el evangelista al decir: “Hizo barro con la saliva”. Y para que tampoco pareciera que la virtud y el poder procedían de la tierra, ordenó al ciego que fuera y se lavara. Pero ¿por qué no obró el milagro al punto sino que envió al ciego a Siloé? Para que tú conocieras la fe del ciego y quedara confundida la tozudez de los judíos. Porque es verosímil que todos vieron al ciego cuando se encaminaba hacia allá y llevaba el barro ungido en los ojos. Pues aquel suceso inesperado hizo que todas las miradas se volvieran a él; y así los que lo vieron y sabían lo hecho por Jesús y también los que lo ignoraban, estaban atentos para ver en qué terminaba el asunto.
Como no era cosa fácilmente creíble que un ciego recobrase la vista, Jesús prepara por estos largos rodeos a muchos testigos y muchos que contemplaran caso tan insólito; de modo que habiendo atendido, ya no pudieran decir: “Es el mismo, no es el mismo”. Además, quiere Jesús demostrar que no es contrario a la Antigua Ley, porque remite el ciego a Siloé. Tampoco había peligro de que el milagro se atribuyera a la piscina y a su poder, puesto que muchos se habían lavado en ella los ojos sin haber conseguido bien alguno. Aquí todo lo hace el poder de Cristo. Por lo cual el evangelista añadió la interpretación de la palabra.
Porque una vez que dijo Siloé, añadió: “Que quiere decir enviado”. Lo hizo para que entiendas que el ciego fue curado por Cristo, como ya lo dijo Pablo: “Bebían de una roca espiritual que los acompañaba. La roca era Cristo”. Así como Cristo era la roca espiritual, así también espiritualmente era Siloé. Por mi parte creo que esa repentina presencia del agua en el relato nos está indicando un misterio profundo. ¿Cuál? Una aparición inesperada y fuera de la expectación de todos.
Advierte la obediencia del ciego, que todo lo pone en práctica. No dijo: “Si el barro o la saliva me vuelven la vista, ¿qué necesidad tengo de ir a Siloé? Y si es Siloé lo que me cura, ¿qué necesidad tengo de la saliva? ¿Por qué me ungió así y me mandó que me lavara?”. Nada de eso dijo ni le pasó por el pensamiento; sino que en una sola cosa estaba fijo su propósito: en obedecer al que se lo mandaba. Y nada lo detuvo, de nada se escandalizó.
Continuación