La prábola del buen samaritano
(Lc 10,29-37)
Codex Purpureus
Siglo VI
Museo Diocesano de Rossano, Italia
San Gregorio de Nacianzo (+ hacia 390) [segunda parte]Primera lecturaNuestra terapia como ministros se vuelve a lo profundo del corazón del hombre(1)
«El médico considerará los lugares, la ocasión, la edad, las estaciones y demás cosas de ese género. Recetará luego medicinas, prescribirá dietas y estará alerta a la evolución del paciente para evitar que la tendencia propia de la enfermedad impida la curación. A veces recurrirá a cauterios, trepanaciones o medios aún más duros, pero indispensables en ciertas ocasiones. Sin embargo, con ser difícil y penoso, nada de esto lo es tanto como curar costumbres, pasiones, modos de vivir, intenciones y las demás cosas del género que se dan en nosotros: alejar de nosotros cuanto hay de bestial y salvaje e introducirnos y confirmarnos en lo que agrada a Dios; hacerse justo árbitro en el alma y el cuerpo, sin permitir que lo mejor de nosotros mismos sea vencido por el mal que nos habita, lo que sería la mayor de las injusticias y someter al alma, que debe ser guía de lo demás, el cuerpo que le es por naturaleza inferior. Eso es lo que quiere la ley divina, que es perfectamente idónea para toda la creación, sea la visible, sea la que trasciende los sentidos. (...)
Estas son las razones por las que considero que nuestra medicina es más penosa, y por lo mismo más honorable, que la de los cuerpos, que apenas si se ocupa de lo profundo y atiende sobre todo a la parte más superficial. Nuestra terapia, por el contrario, íntegra y diligentemente se ocupa de la profundidad del corazón humano (ver 1 Co 14, 25; 1 P 3, 4) y nuestra batalla es contra quienes nos resisten y se nos oponen desde dentro usándonos de armas contra nosotros mismos y, lo que es más terrible, quieren arrastrarnos consigo al pecado. Ante tales dificultades, si queremos curar las almas, que son el tesoro más precioso que poseemos, purificarlas bien y hacerlas tan dignas como sea posible, es imprescindible una fe grande y absoluta (ver 1 Co 13, 2), una ayuda aún mayor de parte de Dios y, de parte nuestra, estoy convencido, una adhesión no débil, sino avalada con palabras y acciones» (
Fuga 18. 21).
La Palabra del Señor debe ser difundida de modo juicioso«Respecto a la difusión de la Palabra, por hablar al final de lo que es el primero de nuestros bienes, y me refiero a esa Palabra divina y sublime sobre la que todos filosofan, cuando veo que hay quienes tienen el valor de hablar de ella y la consideran apta para cualquier inteligencia, me pasmo de su sabiduría, o, por mejor decir de su ingenuidad. A mí me parece de lo más difícil y cosa que requiere un espíritu elevado administrar esa Palabra (ver Lc 12, 42) oportunamente a cada uno y dispensar con prudencia las verdades de nuestra doctrina, que habla de los mundos o el mundo, de la naturaleza, del alma, del entendimiento, de las naturalezas inteligentes según los grados, de la Providencia que abarca y dirige todo, de las cosas que suceden conforme a la razón y de aquéllas otras que escapan a la razón humana de este mundo» (
Fuga 35).
La predicación es difícil: es necesaria la ayuda del Espíritu...«Comprender estas cosas y exponerlas adecuadamente y de manera conforme a su dignidad requeriría mayor tiempo del que disponemos ahora y aun incluso, en mi opinión, un tiempo mayor que la vida misma. Por eso ahora y siempre es necesario el Espíritu, merced al cual se conoce, se escucha y se interpreta a Dios. Sólo quien es puro puede alcanzar lo puro e inmutable. Por el momento nos hemos limitado a mostrar brevemente cuán difícil es encontrar un discurso capaz de instruir e iluminar a todos con la luz del conocimiento, cuando se está hablando de estas cosas a una multitud de edades y hábitos tan dispares que recuerda a un instrumento de muchas cuerdas cuyo tañido precisa innumerables trasteos. Pues se corre peligro en tres cosas: en entender, en hablar y en oír y es inevitable que se caiga en alguna de ellas si no en las tres. O no fue luminosa la inteligencia, o fue débil la palabra o, no estando purificado no entendió el oído. Y así, fuerza es que la verdad tropiece en una de esas cosas o en todas ellas. Y todavía más: la respetuosa atención de los oyentes, que en cualquier enseñanza hace fácil y aceptable el discurso, en nuestro caso constituye el daño y el peligro» (
Fuga 39).
Para poder enseñar con provecho en la Iglesia, el ministro debe ser simple, versátil y debe saber adaptarse a todos«Si alguien comenzara a adiestrar y domesticar una fiera múltiple y multiforme, compendio de muchas otras fieras, grandes y pequeñas, más mansas y más salvajes, resultaría para él una tarea ardua y fatigosa llegar a dominar una naturaleza tan anómala y extraña, pues las fieras distintas no aman los mismos alimentos, voces, caricias ni reclamos ni tampoco valen para todas igualmente los mismos métodos de adiestramiento, sino que una gusta de una cosa y otra de otra, según dispone la naturaleza de cada cual. ¿Qué debería hacer el domador de una fiera como esa? ¿Qué sino que su habilidad sea igualmente múltiple y multiforme de manera que use en cada momento el cuidado que conviene de suerte que la fiera pueda ser guiada y cuidada bien? Así, estando este cuerpo de la Iglesia constituido por muchas y diferentes costumbres y razones, de idéntica forma a un organismo vivo compuesto y diferente, es del todo imprescindible que su cabeza sea simple en cuanto a la sinceridad que en todo debe tener y tan vario y versátil cuanto sea posible en lo que toca a la relación con cada una y en cuanto a la conveniencia de tratar con todos.
Algunos tienen necesidad de ser alimentados con leche, esto es, con doctrinas más simples y más de principiantes. Como niños con constitución de recién nacidos no pueden soportar como alimento la madurez del discurso (ver Hb 5, 12; 1 Co 3, 1-2). Y si se les da este alimento que supera sus fuerzas, oprimidos y superados por él, pues su inteligencia carece del vigor que se requiere para recibir y asimilar algo que aún les es superfluo, podrían llegar a perder las incipientes fuerzas. Otros, por el contrario, necesitan la sabiduría que es habitual entre los perfectos (ver 1 Co 2, 6) y el alimento más alto y sustancioso, pues sus facultades intelectuales están habituadas a distinguir entre lo verdadero y lo falso (ver Hb 5, 14). Si éstos bebieran leche y se alimentaran de verduras (ver Rm 14, 2), comida de enfermos, no podrían soportarlo y, con toda justicia, pues no se sentirían robustecidos según Cristo (ver Flp 4, 13) ni crecer con el laudable (ver Col 2, 19) incremento que suele procurar la palabra divina que conduce a quien se alimenta de ella hasta la dimensión de hombre perfecto y la dimensión de la edad espiritual (ver Ef 4, 13)» (
Fuga 44-45).
Continuación