Cristo y el abad Menas
Siglos VI-VII
Museo del Louvre, París
El monacato cristiano primitivo en OrienteEN EGIPTO El surgimiento del monacato cristiano en Egipto y otras regiones de Oriente es, principalmente, una obra del Espíritu Santo, que actúa en la Iglesia a través de hombres y mujeres concretos, pertenecientes a pueblos y culturas diversos.
“Por permisión de Dios, para poner a prueba la fe en el (evangelio), los emperadores paganos suscitaron, por todas partes, una gran persecución contra los cristianos. Y cuando muchos mártires fueron coronados... a través de tantas y tan diversas torturas hasta la muerte, creció mucho y se fortificó la fe en Cristo entre las Iglesias... Desde entonces también comenzó a haber monasterios, y lugares de ascesis (habitados) por hombres renombrados por la castidad y la pobreza... Y llegaron a tener, por medio de esa ascesis rigurosa y el conveniente temor de Dios, ante los ojos, noche y día a Cristo crucificado... En toda esa región (de Egipto) surgieron padres admirables de entre los monjes, cuyos nombres (están inscritos) en el libro de la vida”(1).
Tres grandes personalidades, verdaderos hombres de Dios, destacan claramente en los comienzos de la vida monástica egipcia: Antonio el Grande, Atanasio de Alejandría y Pacomio abad; un ermitaño, un obispo, un superior de una comunidad monástica.
“Les suplico, (hermanos) muy queridos, por el Nombre de Jesucristo, que no descuiden la obra de su salvación. Que cada uno de ustedes desgarre no su vestidura sino su corazón. Que no sea en vano que llevemos esta vestidura exterior, preparándonos así a la condenación. En verdad, el tiempo está próximo, cuando aparecerán a la luz las obras de cada uno”(2).
“Ustedes me pidieron un relato sobre la vida de San Antonio: quisieran saber cómo llegó a la vida ascética, qué fue antes de ello, cómo fue su muerte, y si lo que se dice de él es verdad. Piensan modelar sus vidas según el celo de su vida. Me alegro mucho de aceptar su petición, pues también yo saco real provecho y ayuda del solo recuerdo de Antonio, y presiento que también ustedes, después de haber oído la historia, no sólo van a admirar al hombre, sino querrán emular su resolución en cuanto les sea posible. Realmente, para monjes la vida de Antonio es modelo ideal de vida ascética”(3).
“Medita en todo momento las palabras de Dios, persevera en la fatiga,
da gracias en todas las cosas (1 Ts 5,18), huye de la alabanza de los hombres, ama al que te corrige en el amor de Dios. Que todos te sean de provecho, para que tú seas de provecho a todos. Persevera en tu trabajo y en las palabras de bondad; no des un paso adelante y otro atrás, para que Dios no te aborrezca. La corona, en efecto, será de quien haya perseverado. Y obedece siempre más a Dios, y Él te salvará”(4).
Muchos otros monjes santos vivieron en los desiertos de Nitria, Escete y Las Celdas, en los siglos IV y principios del V. De ellos nos han quedado, cual preciosa herencia, los
Apotegmas, o sentencias de los Padres del desierto, que fueron reunidas principalmente en los siglos V y VI. Constituyen un valioso testimonio de la guía espiritual que practicaban los grandes abbas del yermo.
«Un hermano interrogó al abad Pastor diciendo: “¿Cómo tienen que vivir los que están en comunidad?”. El anciano le dijo: “Quien permanece en una comunidad debe ver a todos los hermanos como uno solo y cuidar su boca y sus ojos; entonces descansará, sin preocupación”»(5).
No sólo
abbas habitaron en los desiertos egipcios, también hubo
ammas, es decir, madres espirituales. Su ejemplo y enseñanza deben impulsarnos a apreciar siempre más la vida monástica femenina.
«Dijo
amma Sinclética: “Al principio hay grandes luchas y penas para los que se acercan a Dios, pero después encuentran una alegría inefable. Como los que quieren encender el fuego primero absorben el humo y lagrimean, pero después obtienen lo que buscan -se ha dicho, en efecto:
Nuestro Dios es un fuego ardiente (Hb 12,29)-, igualmente debemos encender en nosotros el fuego divino, con lágrimas y esfuerzos”»(6).
Entre los padres y las madres del desierto vivió un “teórico” de la vida monástica: Evagrio Póntico. Su elaboración de las sencillas enseñanzas de otros espirituales, predecesores y contemporáneos suyos, tendrá gran influencia en la espiritualidad oriental y occidental.
“La fe es el inicio de la caridad, la culminación de la caridad es el conocimiento de Dios. El temor del Señor custodia el alma, la buena continencia la reconforta. La paciencia del hombre engendra la esperanza, la buena esperanza la glorificará... Mejor habitar entre mil en caridad, que solo con odio en impenetrables cavernas... Si el hermano está triste, consuélalo, y si sufre, compadécelo, obrando así alegras su corazón, y acumularás un gran tesoro en el cielo”(7).
Shenute de Atripé (localidad del Alto Egipto) representa, tal vez, el ejemplo más llamativo de la inculturación del monacato cristiano en el pueblo y la cultura egipcios. Shenute, que vivió aproximadamente entre el 350 y el 466, fue abad del así llamado Monasterio Blanco. Tuvo una gran influencia en la Iglesia egipcia de su tiempo. Baste decir que vivió bajo cuatro grandes patriarcas de Alejandría: Atanasio, Teófilo, Cirilo y Dióscoro.
“El santo
apa Shenute después que recibió el hábito angélico, que le había venido del cielo, se entregó a la anacoresis con grandes y numerosas tribulaciones, y muchas noches de vigilias y ayunos sin número. En efecto, él permanecía siempre sin comer hasta la tarde, hasta la puesta del sol, y no comía sino que sólo bebía (agua) y su alimento era únicamente pan y sal... Su vida y su comportamiento eran semejantes a los de Elías Tesbita, el conductor de Israel. Así llegó a ser el maestro de todos... Él se revestía siempre de Cristo en las meditaciones de las Escrituras, tanto que su fama y sus enseñanzas eran dulces en la boca de cada uno, como la miel en el corazón de aquellos que deseaban amar la vida eterna; y pronunciaba muchas exégesis y discursos llenos de santas reglas, y establecía cánones para los monjes, y cartas santas que inspiraban temor y consuelo para las almas de los hombres...”(8).
Lecturas complementariasAntonio el Grande,
Cartas; traducción de M. Reyes Ordoñez en
San Antonio. Cartas, Burgos, Monasterio de Las Huelgas, 1981 (Col. “Espiritualidad Monástica”, 8).
Atanasio de Alejandría,
Vida de San Antonio traducción en
CuadMon 10, nº 33-34 (1975), pp. 171-234.
Pacomio abad,
Regla; traducción en
CuadMon 13, nº 45 (1978), pp. 231-259.
Orsisio (discípulo de Pacomio),
Libro de; traducción en
CuadMon 2, nº 4-5 (1967), pp. 173-244.
Apotegmas de los Padres del desierto; traducción de Martín de Elizalde en
Los Dichos de los Padres del desierto. Colección alfabética de los apotegmas, Florida (Buenos Aires), Eds. Paulinas, 1986 (Col. Orígenes cristianos, 4).
Vida de Santa Sinclética; traducción de Lorenzo Herrera en
Vida de Santa Sinclética y Palabra de salvación a una virgen, Burgos, Monasterio de Las Huelgas, 1979 (Col. “Espiritualidad Monástica”, 2).
Evagrio Póntico,
Espejo de Monjes y Espejo de Monjas; Tratado de la Oración; Tratado Práctico; traducción en
CuadMon 11, ns. 36 y 37 (1976), pp. 97-110. 211-246.
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