Madre e Hijo
Mediados del siglo III
Catacumba de Priscilla
(cubículo de la “Velatio”)
Roma
Tertuliano (+después del 220)[1]
. Segunda partePrimera lectura: “Tratado sobre el Bautismo”. Selección de textos(2)
El agua en la creación El agua es uno de esos elementos que antes de todo ordenamiento del mundo, en el caos original, reposaba entre las manos de Dios. “Al principio, está escrito, Dios hizo el cielo y la tierra. Pero la tierra era algo vacío y caótico y las tinieblas cubrían el abismo, y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gn 1,12). ¡Debes venerar, oh hombre, esa remota edad de las aguas, la antigüedad de esa sustancia! Reverencia también su dignidad, pues ella es la sede del espíritu divino que la prefiere a los otros elementos. Las tinieblas no tenían forma, sin el adorno de los astros; el abismo era sombrío, la tierra un esbozo, el cielo aún primitivo, solamente el agua, desde el origen materia perfecta, fecunda y simple, se extendía transparente como un trono digno de su Dios.
¿Es necesario recordar el origen del mundo, ese orden que consiste en una suerte de ordenamiento de las aguas hecho por Dios? Para suspender el firmamento celeste, dividió las aguas por el medio; para expandir la tierra firme, separó las aguas y la hizo emerger. Después, una vez que el mundo fue establecido en sus diferentes elementos, para darles habitantes, las aguas fueron las primeras en recibir la orden de engendrar las criaturas vivientes. Fue esta agua primordial la que dio a luz al viviente, para que no hubiera lugar para el asombro si en el bautismo las aguas también engendran la vida. ¿Y acaso no intervinieron también en la obra de la creación del hombre? En efecto, si la materia fue la tierra, la tierra no hubiera servido sin agua y humedad. Ella está totalmente impregnada de esas aguas, que en cuatro días fueron colocadas en su lugar, pero que aún seguían mojando la arcilla.
Elogio del agua Podría agotar el tema o extenderme aún más sobre la importancia del agua -¡qué poder tiene, qué privilegio! ¡qué cualidades, cuántos servicios presta, qué útil es para el mundo!- pero temo hacer un elogio del agua en vez de reunir argumentos sobre el bautismo. Sin embargo, mi enseñanza será más rica para mostrar que no puede haber duda: si Dios ha utilizado esta materia en toda su obra, la ha hecho particularmente fecunda cuando se trata de los sacramentos; si ella precede a la vida en la tierra, también procura la vida para el cielo.
El agua y el espíritu Para el fin propuesto nos bastará con recordar rápidamente los acontecimientos de los orígenes que nos permiten conocer un fundamento del bautismo: el espíritu, que por su comportamiento prefiguraba el bautismo, al principio aleteaba sobre las aguas, y estaba llamado a permanecer sobre ellas para animarlas. Un espíritu de santidad estaba sobre el agua santa, o mejor: el agua prestaba su santidad al espíritu que ella llevaba. Porque toda materia puesta bajo otra necesariamente debe tomar la cualidad de la que se halla por encima suyo. Esto es particularmente verdadero cuando lo corporal está en contacto con lo espiritual, en virtud de su materia sutil, éste penetra y se insinúa fácilmente. Así por ese espíritu de santidad el agua se encuentra santificada en su naturaleza, y se transforma en santificante. ¿Pero, se preguntará alguno, acaso nosotros fuimos bautizados en esas aguas que existieron al principio? ¡Ciertamente! Pero no son las mismas, sino en el sentido de que ellas proceden del mismo género, aunque se trata de diferentes especies. No hay ninguna diferencia entre el que es lavado en el mar o en un estanque, en un río o en una fuente, en un lago o en una palangana. Al igual que no hay diferencia entre los que Juan bautizó en el Jordán y Pedro en el Tíber. Asimismo, el eunuco que bautizó Felipe con agua encontrada por casualidad no obtuvo por ello algo de más o de menos para su salvación.
El agua nos lava de nuestras faltas Todas las clases de agua, en virtud de la antigua prerrogativa que las sella desde el origen, participan en el misterio de nuestra santificación, una vez que Dios ha sido invocado sobre ellas. Realizada la invocación, viene del cielo el Espíritu Santo, se detiene sobre las aguas que santifica con su presencia, y así santificadas, ellas se impregnan -a su vez- del poder de santificar.
Podía, pues, compararse el bautismo con un acto corriente: los pecados nos cubren como la suciedad, el agua nos lava. Sin embargo, los pecados no aparecen sobre la carne, porque nadie lleva sobre su piel las marcas de la idolatría, la mentira o el fraude. Pero manchan al espíritu, que es el autor del pecado. Pues el espíritu ordena, la carne está a su servicio. Ambos comparten la falta, el espíritu porque ordena, la carne porque ejecuta. Y como la intervención del ángel les otorgó a las aguas un cierto poder de curar, el espíritu es lavado en el agua por intermedio del cuerpo, y la carne es purificada por el espíritu.
La piscina de Betsaida Si la intervención del ángel sobre las aguas aparece como una novedad, tiene -sin embargo- un anticipo. En la piscina de Betsaida era un ángel quien intervenía para agitar el agua; los que se hallaban aquejados por alguna enfermedad aguardaban su venida, porque el primero que descendía -una vez que se bañaba- quedaba curado. Este remedio corporal anunciaba en figura el remedio espiritual, siguiendo esa ley según la cual siempre las realidades carnales preceden en figura a las realidades espirituales.
Por eso es que, progresando la gracia de Dios en todas las cosas, las aguas y el ángel recibieron un poder más grande. Las que antes curaban todos los males del cuerpo, ahora curan el alma; obraban la salud temporal, y ahora restauran la vida eterna; libraban un solo hombre una vez al año, ahora todos los días salvan pueblos, destruyendo la muerte por la remisión de los pecados, porque una vez redimida la falta, la pena también lo está. Así el hombre volvió a ser semejanza de Dios, él que había sido hecho “a imagen de Dios” (Gn 1,27) -imagen en lo referente a la naturaleza, semejanza en lo que tiene de eterno- ha reencontrado ese espíritu de Dios que había recibido del soplo creador, pero que en seguida había perdido por el pecado.
Continuación
(1) Para completar la noticia sobre la vida y obra de Tertuliano que presentamos en nuestra anterior entrega, ver la catequesis del papa Benedicto XVI: http://www.mercaba.org/Benedicto%2016/AUDIEN/2007/05-30_Tertuliano.htm
(2) 3,2-6; 4,1-5; 5,5-7; 6,1-2; 9,1-4; 17,1-4; 18,1; 19,1-3; 20,1-2. Traducción castellana en: Padres de la Iglesia. El Bautismo, Buenos Aires, Ed. Patria Grande, 1978, pp. 50 ss.