Monasterio Santa María de Los Toldos

INICIACIÓN A LA LECTURA DE LAS OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (20)

Moisés hace brotar agua de la roca
(Ex 17,1 ss.)

Siglo III
Catacumba de San Calixto
Roma

Hipólito de Roma (+ 235?). Segunda parte

Texto para iniciarse en la lectura de las obras de Hipólito

La Historia de Susana y los dos Ancianos(1)

Interpretación literal o histórica

“Había un hombre que vivía en Babilonia, llamado Joaquín. Se casó con una mujer que se llamaba Susana, hija de Helquías, muy hermosa y que temía a Dios” (Dn 13,1-2). [...]
Este Joaquín que vivía en Babilonia tomó por esposa a Susana. Ella era la hija de Helquías, el sacerdote que había encontrado el libro de la Ley en la casa del Señor (ver 2 R 22,10; 2 Cro 34,14), cuando el rey Josías había ordenado purificar el Santo de los santos. El hermano de Susana era el profeta Jeremías, que con todos aquellos que habían permanecido después que el pueblo fue llevado cautivo a Babilonia, fue conducido a Egipto, había habitado en Tafne y, porque en ese lugar profetizó, fue lapidado. Susana era, pues, de estirpe sacerdotal, de la línea de Leví, y se había unido a la línea de Judá(2). Así, de la unión de dos justos debía salir el Cristo según la carne y, naciendo de esta unión, tenía que manifestarse al mundo como sacerdote de Dios. Porque Mateo queriendo seguir la línea del Señor según la carne, línea pura y sin mancha, llegó hasta Josías y no hizo caso de sus cinco hijos, nombrando solamente a Jeconías, nacido en Babel de Susana. De ese modo pasaba de una descendencia justa a otra descendencia justa.
Dice en efecto: “Josías engendró a Jeconías y sus hermanos en la deportación de Babilonia” (Mt 1,11). Pero, ¿cómo demostrarlo? Porque Josías había reinado en el país de Judá durante treinta y un años, y murió. ¿Cómo, entonces, pudo engendrar a Jeconías en Babilonia? Se debe reconocer que Mateo calcula la línea de Joaquín y de Susana como si Joaquín fuera el hijo único de Josías, pues Mateo no podía contar en su genealogía a Jeconías, como algunos equivocadamente lo hacen, ya que había sido condenado por el Espíritu Santo. En efecto, Jeconías fue llevado ciego a Babilonia, y atado a la noria con cadenas, y murió sin hijos. No es, por tanto, sin motivo que la Escritura nos enseña que “hubo un hombre en Babilonia, llamado Joaquín. Él tomó por esposa una mujer llamada Susana, hija de Helquías, muy hermosa y temerosa de Dios”. De ella nació Jeconías. Jeconías engendró a Salatiel. Salatiel engendró a Zorobabel, quien con Esdras (ver Esd 2,2; 3,2; 7,1), el doctor de la Ley, y Jesús, hijo de Josédec (o Josué, hijo de Yosadac), volvió a Jerusalén según el mandato del persa Ciro. Así permaneció pura la línea de los antepasados hasta el nacimiento de Jesucristo. [...]
Conviene ahora preguntarse por qué aquellos que estaban cautivos y sometidos a los Babilonios, podían reunirse en un mismo lugar como si fueran hombres libres. Se debe recordar que Nabucodonosor, después de haberlos llevado prisioneros, los trató con humanidad y les permitió reunirse para hacer todo lo que exigía la Ley de ellos. [...]
Los jefes judíos quieren sacar este relato de la Escritura, pretendiendo que nada semejante se produjo en Babilonia, pues se avergüenzan de lo que los ancianos hicieron en esa época (ver Dn 13,5). No reconocen la economía del Padre. Porque las santas Escrituras, sin ningún disimulo, sino con toda sinceridad, nos cuentan todo, tanto las acciones justas de los hombres que fueron salvados por haberlas realizado, como también los escándalos cometidos por algunos, en los cuales se extraviaron y se perdieron, para que, provistos con el temor de Dios, nos apresuremos a imitar a los justos y así seremos salvados como ellos; pero quienes hacen lo contrario, deben tener ante los ojos la condenación que Dios les enviará. [...]

Interpretación alegórica

Susana era figura de la Iglesia, su marido Joaquín, figura de Cristo. El jardín que estaba junto a su casa, figuraba la sociedad de los santos, plantados como árboles fecundos en medio de la Iglesia. Babilonia es el mundo. Los dos ancianos son una figura de los dos pueblos que conspiran contra la Iglesia: el de la circuncisión y el de los gentiles. Las palabras: “Fueron elegidos jefes del pueblo y jueces” (Dn 3,5), significan que en este mundo ellos tienen el poder y el gobierno, y que sentencian juicios injustos contra los justos.
Las palabras: “Miraban con pasión todos los días a Susana, cuando ella paseaba por el jardín” (Dn 13,8), significan que hasta el presente los hechos y las acciones de la Iglesia son objeto de espionaje y vigilancia malvada por parte de los paganos y de los judíos de la circuncisión, porque ellos quieren presentar contra nosotros testimonios falsos (ver Ga 2,4). [...]
Los dos pueblos acicateados por Satán, que actúa en ellos, no cesan de meditar persecuciones y tribulaciones contra la Iglesia. Buscan cómo destruirla, pero no se entienden entre sí(3). [...]
Como buscaban un día conveniente, sucedió que “Susana entró, como la víspera y el día anterior, acompañada solamente por dos servidoras y con la intención de bañarse en el jardín pues hacía calor” (Dn 13,15). ¿Cuál es ese día conveniente sino el día de Pascua? Es en ese día cuando se prepara en el Jardín el Baño que refrescará a quienes el fuego debía consumir; y en ese día la Iglesia, lavada como lo fue Susana, se presenta ante Dios como una esposa joven y pura. Y, al igual que las dos servidoras que acompañaban a Susana, la fe y la caridad acompañan a la Iglesia, preparando para quienes van a ser lavados el aceite y los jabones. ¿Cuáles son los jabones sino los mandamientos de Dios? ¿Cuál es el aceite sino los dones del Espíritu Santo? He aquí lo que sirve de perfume para ungir a los creyentes después del baño. He aquí lo que prefiguraba en otro tiempo la bienaventurada Susana, para que hoy, nosotros que creemos en Dios, no encontremos raro lo que sucede en nuestros días en la Iglesia, sino que creamos que todo eso fue prefigurado antes por los patriarcas, según la palabra del Apóstol: “Estas cosas sucedieron para ellos en figura, pero fueron escritas para nuestra instrucción, para nosotros que hemos llegado al fin de los tiempos” (1 Co 10,11).
Cuando la Escritura dice: “Susana entró como en la víspera y el día anterior, acompañada solamente por dos servidoras y tuvo la intención de bañarse en el jardín” (Dn 13,15), esto se explica así: cuando la Iglesia desea recibir el Baño espiritual, dos servidoras deben necesariamente acompañarla: es por la fe en Cristo y por el amor de Dios que la Iglesia, como penitente, recibe el Baño.
El jardín que había sido plantado en Edén es la figura y, de una cierta forma, el modelo del verdadero jardín. [...] Porque Edén es el nombre del nuevo Jardín de delicias (ver Gn 2,9) plantado en el Oriente, adornado con toda clase de buenos árboles, lo que debe entenderse aplicado a la reunión de los justos y al lugar santo sobre el cual está construida la Iglesia. Pues la Iglesia ya no es llamada lugar ni casa hecha de piedra o arcilla y la Iglesia tampoco puede ser llamada más: “hombre aislado”. Porque las casas son destruidas y los hombres mueren. ¿Qué es, pues, la Iglesia? La santa reunión de quienes viven en la justicia. La concordia, que es el camino de los santos hacia la comunidad, he aquí lo que es la Iglesia, jardín espiritual de Dios, plantado sobre Cristo, como si él fuera el Oriente, y donde se ve toda clase de árboles: la línea de los patriarcas que murieron al comienzo, las obras de los profetas realizadas después de la Ley, el coro de los Apóstoles que reciben su sabiduría del Verbo, el coro de los Mártires, salvados por la sangre de Cristo, la contemplación (theoría) de las Vírgenes santificadas por el agua, el coro de los Doctores, el orden de los Obispos, de los Sacerdotes y de los Levitas. En un orden perfecto, todos estos santos florecen en medio de la Iglesia, y no pueden marchitarse. Si nosotros recogemos sus frutos, tendremos una visión correcta de las cosas, comiendo los alimentos espirituales y celestiales que vienen de ellos.
Porque los bienaventurados patriarcas nos han transmitido las órdenes de Dios, como un árbol plantado en el jardín y que siempre da buen fruto, para que reconozcamos ahora el dulce fruto de Cristo anunciado por ellos, el fruto de la vida que nos ha sido dado.
En ese jardín corre un río de agua inagotable. Cuatro ríos (ver Gn 2,10) nacen de allí, regando toda la tierra. Lo mismo sucede en la Iglesia: Cristo, que es el río, es anunciado en el mundo entero por el cuádruple evangelio. Él riega toda la tierra y santifica a todos los que creen en él, según la palabra del profeta: “Ríos salen de su cuerpo” (Jn 7,38). Asimismo en el paraíso estaban “el árbol del conocimiento y el árbol de la vida” (Gn 2,9)[4]; igualmente hoy hay dos árboles plantados en la Iglesia: la Ley y el Verbo. [...] Pero por el Verbo se ha dado la vida y concedido el perdón de los pecados. En otro tiempo, Adán por haber desobedecido a Dios y probado del árbol del conocimiento, fue echado del paraíso; sacado de la tierra. Igualmente, el creyente que no observa los mandamientos, se ve privado del Espíritu Santo, porque es expulsado de la Iglesia. No es más de Dios, sino que vuelve a la tierra y retorna al hombre viejo que era antes. [...]
Todo el que desee tener su parte en el Agua que corre en el Jardín debe renunciar a la puerta ancha y entrar por la puerta angosta y estrecha(5).
“Pero ellas no sabían que los dos ancianos estaban escondidos” (Dn 13,18). Como antes en el paraíso el diablo se había ocultado bajo la forma de una serpiente, del mismo modo se ocultó en los ancianos para satisfacer sus propios deseos y perder a Eva por segunda vez. [...]
Lo que le sucedió a Susana, lo encuentran realizado también hoy en día en la Iglesia. Cuando, en efecto, los dos pueblos se ponen de acuerdo para seducir a los santos, espían el momento propicio y penetrando como intrusos en la casa del Señor, cuando todo el mundo reza y canta himnos a Dios, agarran a algunos, los sacan afuera y les hacen violencia diciéndoles: «Vamos, tengan relaciones con nosotros y honren a los dioses (ver Dn 13,20). De lo contrario, daremos testimonio contra ustedes”» (Dn 13,21). Y como ellos no consienten, los conducen delante del tribunal y los acusan de obrar contra el decreto del César, y los hacen condenar a muerte(6). [...]
Nuestro Señor Jesucristo murió y resucitó para comenzar su reino sobre vivos y muertos (Rm 14,9). Esto nos lo enseña también la bienaventurada Susana, pues ella simboliza, en todos sus aspectos, los misterios de la Iglesia; es decir, la fe, la piedad y la sabiduría en lo que se refiere a las cosas del cuerpo, lo cual es anunciado hasta nuestros días por toda la tierra. Yo les pido, por tanto, a todos ustedes, que leen este texto de la Escritura, a las mujeres y a las vírgenes, a los pequeños y a los grandes, que tengan ante los ojos el juicio e imiten a Susana, para que no reciban su gloria sino de Dios y del Verbo que habitó en Daniel, para que sean salvados de la segunda muerte (ver Ap 20,5). Ustedes, los hombres, imiten la pureza de José(7). Ustedes, las mujeres, imiten la pureza y la fe de Susana, y no permitan que ningún reproche sea proferido contra ustedes, y que no se verifique en ustedes la palabra de los ancianos. Porque han llegado en nuestros días muchos seductores mentirosos, que engañan las almas justas de los santos. Unos seducen con palabras vanas, otros pervierten con preceptos heréticos, queriendo de esa forma satisfacer su pasión. Así, el Apóstol previendo lo que sucedería dijo: “Yo temo que, como la serpiente sedujo a Eva por medio de sus embustes, las mentes de ustedes sean desviadas de la verdad que está en Cristo” (2 Co 11,3). Velen, entonces, todos ustedes, los santos; les ruego que amen la justicia, que piensen en la pureza de Susana, la cual, para no hacerse esclava de los placeres de la carne, no escuchó a los ancianos, sino que conservó en su corazón el temor del Señor, y prefirió la muerte que dura sólo un instante, para escapar del suplicio eterno del fuego (ver Dn 13,22.23). [...]

Continuación

(1) Commentarii in Danielem I,12-18. Traducción castellana a partir del texto publicado en: Hippolyte, Commentaire sur Daniel, Paris, 1947, pp. 79ss. (SCh 14).
(2) La genealogía aquí presentada es evidentemente un invento de Hipólito. Con todo, la identidad de los “Helquías” era admitida por muchos autores e incluso por algunos rabinos.
(3) Pareciera que Hipólito escribe o bien en un tiempo próximo a alguna persecución, o bien cuando es inminente el peligro de una nueva persecución.
(4) El árbol del conocimiento es, pues, figura de la Ley; el árbol de la vida, figura del Verbo. Hipólito quiere poner de relieve este segundo aspecto. En nuestra versión falta una cita de Rm 3,20, que Hipólito trae en su texto: “Por la ley viene el conocimiento del pecado”. Este texto acentúa la afirmación siguiente de que por el Verbo viene el perdón de los pecados, es decir, la vida.
(5) Ver Mt 7,14. El agua es signo tanto del bautismo cuanto del Evangelio para quienes ya han sido bautizados.
(6) Otra alusión a la persecución (y al edicto de Septimio Severo del 200/202?).
(7) Se trata del patriarca: Gn 39,7ss.

Publicado el 13/04/2008