Resurrección de Lázaro
Hacia 1510-1520
Libro de las Horas
CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, EL PEDAGOGOLIBRO PRIMERO (continuación)Capítulo VI: Contra los que suponen que los términos “niños” y “párvulos” aluden simbólicamente a la enseñanza de las ciencias elementales En el bautismo hemos sido iluminados25.1. Con razón podemos atacar a los que encuentran satisfacción en las continuas disputas. El nombre de “niños» y de “párvulos” no se nos da por el hecho de haber recibido una enseñanza pueril y despreciable, como alegan calumniosamente los henchidos de su saber (cf. 1 Co 8,1). Porque, al ser regenerados (o: reengendrado; cf. 1 P 1,3. 23), hemos recibido lo que es perfecto, lo que constituía el objeto mismo de nuestra empeñosa búsqueda. Hemos sido iluminados (cf. Mt 23,8. 10); es decir, hemos conocido a Dios. Y no es imperfecto quien ha llegado a conocer la suprema perfección. No me recriminen si les confieso que he conocido a Dios; porque el Verbo ha tenido a bien decirlo, y Él es libre (cf. Jn 8,35-36).
25.2. Así, después del bautismo del Señor, se oyó desde el Cielo una voz que daba testimonio del Amado: “Tú eres mi hijo amado, yo te he engendrado hoy” (Mt 3,17; Mc 1,11; Lc 3,22; Sal 2,7; Hb 1,5; 5,5). Preguntemos a los sabios: ¿El Cristo que hoy ha sido reengendrado es ya perfecto, o -lo que sería del todo absurdo- le falta alguna cosa? De darse esto último, forzoso es que aprenda; pero es imposible que aprenda alguna cosa, porque es Dios. Porque nadie podría ser más grande que el Verbo, ni ser maestro del único Maestro.
25.3. ¿Reconocerán, entonces, nuestros adversarios, bien a su pesar, que el Verbo, nacido perfecto del Padre perfecto, ha sido reengendrado perfecto según la prefiguración del plan divino? Y si ya era perfecto, ¿por qué, siendo perfecto, se bautizó? Porque convenía -dicen- cumplir la promesa hecha a la humanidad. De acuerdo, también yo lo admito. ¿Recibió, entonces, la perfección en el momento mismo de ser bautizado por Juan? Es evidente que sí. ¿Y no aprendió de él nada más? No. ¿Recibió la perfección por la sola recepción del bautismo y se santificó por la venida del Espíritu? Así es.
El bautismo cambia toda la vida de quien lo recibe26.1. Lo mismo ocurre con nosotros de quienes el Señor fue el modelo: una vez bautizados, hemos sido iluminados (cf. Hb 6,4; 10,32); iluminados, hemos sido adoptados como hijos; adoptados, hemos sido hechos perfectos; perfectos, hemos adquirido la inmortalidad. Está escrito: “Yo les dije: son dioses, e hijos del Altísimo todos” (Sal 81 [82],6).
26.2. Esta obra (= el bautismo) recibe diversos nombres: gracia (cf. Rm 6,23), iluminación (cf. 2 Co 4,4), perfección (cf. St 1,17), baño (cf. Tt 3,5). Baño, por el que somos purificados de nuestros pecados; gracia, por la que se nos perdona la pena por ellos merecida; iluminación, por la que contemplamos aquella santa y salvadora luz, es decir, aquella por la que podemos llegar a contemplar lo divino; y perfección, decimos, finalmente, porque nada nos falta.
26.3. Puesto, ¿qué puede faltarle a quien ha conocido a Dios? Sería realmente absurdo llamar gracia de Dios a lo que no es perfecto y completo: quien es perfecto concederá, sin duda, gracias perfectas (cf. St 1,17). Así como todas las cosas se producen en el instante mismo en que Él lo ordena (cf. Sal 32 [33],9; 148,5), así también, al solo hecho de querer Él conceder una gracia, ésta se sigue en toda su plenitud; porque por el poder de su voluntad se anticipa el tiempo futuro. Además, principio de salvación es la liberación del mal.
Seguir a Cristo es la salvación27.1. Sólo quienes hayamos sido primeramente iniciados (= bautizados) en el umbral de la vida, somos ya perfectos, puesto que ya vivimos quienes hemos sido separados de la muerte. Seguir a Cristo es la salvación: “Lo que fue hecho en Él, es vida” (Jn1,3-4). “En verdad, en verdad les digo -asegura-, el que escucha mi palabra y cree en quien me ha enviado, tiene la vida eterna, y no es sometido a juicio, sino que pasa de la muerte a la vida” (Jn 5,24).
27.2. De modo que el solo hecho de creer y ser regenerado es la perfección en la vida, porque Dios no es jamás deficiente. Así como su voluntad es su obra y se llama “mundo”, así también su decisión es la salvación de los hombres y se llama Iglesia. Él conoce a los que ha llamado, y a los que ha llamado los ha salvado; así, los ha llamado y salvado al mismo tiempo. “Porque ustedes, dice el Apóstol, son instruidos por Dios” (1 Ts 4,9).
27.3. No nos es lícito, entonces, considerar como imperfecto lo que Dios nos ha enseñado, y esta enseñanza es la salvación eterna que no da el Salvador eterno, al cual sea la gracia por los siglos de los siglos. Amén. Sólo que ha sido regenerado ha sido liberado también de las tinieblas, y, como el mismo nombre, “iluminado”, indica, por eso mismo, ha recibido la luz.
El Espíritu Santo se derrama en los creyentes28.1. Como aquellos que, sacudidos del sueño, se despiertan en seguida y vuelven en sí; o mejor, como aquellos que intentan quitarse de los ojos las cataratas, que les impiden recibir la luz exterior, de la que se ven privados, pero, desembarazándose al fin de lo que obstruía sus ojos, dejan libre su pupila; así también nosotros, al recibir el bautismo, nos desembarazamos de los pecados que, cual sombrías nubes, obscurecían al Espíritu divino; dejamos libre, sin impedimento alguno y luminoso el ojo del espíritu, con el único que contemplamos lo divino, ya que el Espíritu Santo desciende desde el cielo y se derrama en nosotros.
28.2. Esta mixtura (
krama) de resplandor eterno es capaz de ver la luz eterna, porque lo semejante es amigo de lo semejante; y lo santo es amigo de Aquél de quien procede la santidad, que recibe con propiedad el nombre de “luz”: “Porque ustedes eran en otro tiempo tinieblas, pero ahora son luz en el Señor” (Ef 5,8); de ahí que el hombre, entre los antiguos, fuera llamado, según creo, “luz”.
28.3. Sin embargo -dicen-, aún no ha recibido el don perfecto; también yo lo admito; con todo, está en la luz, y no la retiene la oscuridad (cf. Jn 1,5). Ahora bien, entre la luz y la oscuridad no hay nada; la consumación está reservada para la resurrección de los creyentes, y no consiste en la consecución de otro bien, sino en tomar posesión del objeto anteriormente prometido.
28.4. No decimos que se den simultáneamente ambas cosas: la llegada a la meta y su previsión. No son, ciertamente, cosas idénticas la eternidad y el tiempo, ni el punto de partida y el fin. Pero ambas se refieren al mismo proceso y tienen por objeto un único ser.
28.5. Y así, puede decirse que el punto de partida, es la fe -generada en el tiempo- y el fin es la consecución -para toda la eternidad- del objeto prometido. El Señor mismo ha revelado claramente la universalidad de la salvación con estas palabras: “Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6,40).
En el bautismo nuestros pecados son borrados29.1. En la medida en que es posible en este mundo -que es designado simbólicamente como “el último día”, porque es reservado hasta final (cf. 2 P 3,7)-, nosotros tenemos la firme convicción de haber alcanzado la perfección. La fe, en efecto, es la perfección del aprendizaje; por eso se nos dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Jn 3,36).
29.2. Por tanto, si nosotros, que hemos creído, tenemos la vida, ¿qué otra cosa nos resta por recibir superior a la consecución de la vida eterna? Nada falta a la fe, que es perfecta en sí y acabada. Si algo le faltara, no seria perfecta; ni sería tal fe, si fuera deficiente en lo más mínimo. Después de la partida de este mundo, los que han creído no tienen ninguna otra cosa que esperar: han recibido las arras aquí abajo y para siempre (cf. 2 Co 1,22; 5,5; Ef 1,14).
29.3. Este futuro que ahora poseemos por la fe, lo poseeremos del todo realizado después de la resurrección; de modo que se cumpla la palabra: “Hágase conforme a tu fe” (Mt 9,29). Donde se halla la fe, allí está la promesa, y el cumplimiento de la promesa es el descanso final; de suerte que el conocimiento está en la iluminación, pero el término del conocimiento es el reposo, objetivo final de nuestro deseo.
29.4. Así como la inexperiencia desaparece con la experiencia y la indigencia con la abundancia, así también, necesariamente, con la luz se disipa la oscuridad. La oscuridad es la ignorancia, por la que caemos en el pecado y nos cegamos para alcanzar la verdad. El conocimiento, por tanto, es la luz que disipa la ignorancia y otorga la capacidad de ver con claridad.
29.5. Puede decirse también que el rechazo de las cosas peores pone de manifiesto las mejores. Porque lo que la ignorancia mantenía mal atado, lo desata felizmente el conocimiento. Dichas ataduras quedan rápidamente rotas por la fe del hombre y por la gracia de Dios. Nuestros pecados son borrados por el único remedio curativo: el bautismo en el Verbo (cf. Ga 3,27; Rm 6,3).
Continuación