Virgen con el Niño
Flagelación de Cristo
1250-1275
Salterio
CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, EL PEDAGOGO
LIBRO PRIMERO (continuación)
Capítulo V: Todos los que permanecen en la verdad son niños ante Dios
Los cristianos deben imitar la sencillez de los niños
12.1. Resulta claro que la pedagogía es, según se desprende de su mismo nombre, la educación de los niños. Pero queda por examinar quiénes son estos niños a los que se refiere simbólicamente la Escritura, y luego asignarles el pedagogo. Los niños somos nosotros. La Escritura nos celebra de muchas maneras, y nos llama alegóricamente con diversos nombres para dar a entender la simplicidad de la fe (cf. Hb 11,1 ss.).
12.2. Por ejemplo, en el Evangelio se dice: «El Señor, deteniéndose en la orilla del mar junto a sus discípulos -que a la sazón se hallaban pescando-, les dijo: “Niños, ¿tienen algo de pescado?”» (Jn 21,4-5). Llama “niños” a hombres que ya son discípulos.
12.3. “Y le presentaban niños” (Mt 19,13), para que los bendijera con sus manos, y, ante la oposición de sus discípulos, Jesús dijo: “Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí, porque de los que son como niños es el reino de los cielos” (Mt 19,14; Mc 10,13-14; Lc 18,15-16). El significado de estas palabras lo aclara el mismo Señor, cuando dice: “Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielo” (Mt 18,3; cf. Mt 19,14). Aquí no se refiere a la regeneración (cf. Jn 3,3), sino que nos recomienda imitar la sencillez de los niños.
12.4. El significado de estas palabras lo aclara el mismo Señor, cuando dice: “Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3; cf. Mt 19,14). Aquí no se refiere a la regeneración, sino que nos recomienda imitar la sencillez de los niños.
12.5. El Espíritu profético nos considera también niños: Dice: «Los niños, habiendo cortado ramas de olivo y de palmera, salieron al encuentro del Señor gritando (Jn 12,13): “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”» (Mt 21,9; cf. Mt 21,15; Mc 11,10; Lc 13,35; Jn 12,13; Jr 22,5; Sal 117 [118],25. 26). La Luz, gloria y alabanza con súplicas al Señor, he aquí lo que parece significar, en la lengua griega, el “Hosanna”.
Apresurémonos a recoger los frutos de la verdad
13.1. Me parece que la Escritura cita alegóricamente la profecía que acabo de mencionar, para reprochar a los negligentes: “¿No han leído nunca que de la boca de los niños y lactantes has hecho brotar la alabanza?” (Mt 21,16; cf. Sal 8,3).
13.2. También el Señor, en el Evangelio, estimula a sus discípulos: los incita a que le presten atención, porque ya le urge ir hacia el Padre; intenta despertar en sus oyentes un deseo más intenso, revelándoles que dentro de poco va a partir, y les muestra la necesidad de recoger los frutos abundantes de la verdad, mientras el Verbo aún no haya subido al cielo.
13.3. De nuevo los llama “niños” diciéndoles: “Niños, yo estaré poco tiempo entre ustedes” (Jn 13,33); y, de nuevo, compara con el reino de los Cielos «a los niños que están sentados en las plazas públicas y que dicen: “Para ustedes tocamos la flauta, pero no bailaron, nos lamentamos, pero no se golpearon el pecho”» (Mt 11,16-17; cf. Lc 7,32), y prosiguió con otras palabras semejantes a éstas.
13.4. Pero no es el Evangelio el único que siente así; los textos proféticos hablan de la misma manera. Por ejemplo, David dice: “Alaben, niños, al Señor, alaben el nombre del Señor” (Sal 112 [113],1); dice también por medio de Isaías: “Heme aquí con los niños que me confió el Señor” (Is 8,18; cf. Hb 2,13).
Los cristianos son los pollitos de Cristo
14.1. ¿Te maravillas de oír que el Señor llama “niños” a quienes los paganos llaman hombres? Me parece que no comprendes bien la lengua ática, en la que se puede observar que aplica el nombre de “niñas” (paidískai) a hermosas y lozanas muchachas, de condición libre, y el de “niñitas” (paidiskária), a las esclavas, jóvenes también ellas. Gozan de estos diminutivos por estar en la flor de su juventud.
14.2. Y cuando el Señor dice: “Que mis corderos sean colocados a mi derecha” (Mt 25,33), alude simbólicamente a los sencillos, a los que son de la raza de los niños como los corderos, no a los adultos, como el ganado; y si muestra su predilección por los corderos, es porque prefiere en los hombres la delicadeza y la sencillez de espíritu (= rectitud de intención), la inocencia. Asimismo, cuando dice: “Terneros lactantes” (Am 6,4), se refiere a nosotros alegóricamente; lo mismo que cuando afirma: “Como una paloma inocente y sin cólera” (Mt 10,16).
14.3. Cuando, por boca de Moisés, ordena ofrecer dos crías de palomas o una pareja de tórtolas para la expiación de los pecados (cf. Lv 5,11; 12,8; 14,22; 15,29; Lc 2,24), está diciendo que la inocencia de las criaturas tiernas, y la falta de malicia y resentimiento de los pequeños, son agradables a los ojos de Dios, y da a entender que lo semejante purifica a lo semejante; pero también que la timidez de las tórtolas simboliza el temor al pecado.
14.4. La Escritura atestigua que nos da el nombre de “pollitos”: “Como la gallina (lit.: un ave) cobija (lit.: reúne desde arriba) bajo sus propias alas a sus pollitos” (Mt 23,37), esto mismo somos nosotros: los “pollitos” del Señor. De esta forma tan admirable y misteriosa el Verbo subraya la simplicidad del alma en la edad infantil.
14.5. Unas veces nos llama “niños”; otras, “pollitos”; otras, “infantes”; otras, “hijos” (o: hijitos); a menudo, “criaturas” (o: hijos), y, en ocasiones, “un pueblo joven”, “un pueblo nuevo”. Y dice: “A mis servidores les será dado un nombre nuevo” (Is 65,15; Ap 3,12); llama “nombre nuevo” a lo reciente y eterno, puro y simple, infantil y verdadero. “Y este nombre será bendito en la tierra” (Is 65,16).
Cristo es nuestro divino domador
15.1. Otras veces, nos llama alegóricamente “potrillos”, porque desconocen el yugo del mal y no han sido domados por la maldad. Son simples y sólo dan brincos cuando se dirigen hacia su padre, no son “los caballos que relinchan ante las mujeres de los vecinos, como los animales bajo yugo y alocados” (Jr 5,8), sino los libres y nacidos de nuevo; los orgullosos de su fe, los corceles que corren veloces hacia la verdad, prestos a alcanzar la salvación y que pisotean y golpean contra el suelo las cosas mundanas.
15.2. “Alégrate mucho, hija de Sión; pregona tu alegría, hija de Jerusalén; he aquí que tu rey viene hacia ti, justo y portador de tu salvación, manso y montado en una bestia de carga, acompañada de su joven potrillo” (Za 9,9; Mt 21,5). No bastaba con decir tan sólo “potrillo”, sino que se ha añadido “joven”, para mostrar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud junto con su sencillez.
15.3. Nuestro divino domador nos cría a nosotros, sus niños, tal como a jóvenes potrillos; y si en la Escritura el joven animal es un asno, se considera en todo caso como la cría de una bestia de carga. “Y a su pollino, dice la Escritura, lo ha atado a la vid” (Gn 49,11); a su pueblo sencillo y pequeño lo ha atado a su Verbo, alegóricamente designado por la vid: ésta da vino, como el Verbo da sangre (cf. Jn 15,1. 4. 5; 6,53-56), y ambas son bebidas saludables para el hombre: el vino para el cuerpo, la sangre para el espíritu.
15.4. El Espíritu nos da testimonio cierto, por boca de Isaías, de que nos llama también corderos: “Como pastor, apacentará su rebaño y, con su brazo, reunirá a sus corderos” (Is 40,11), queriendo decir mediante una alegoría que los corderos, en su sencillez, son la parte más delicada del rebaño.
La infancia espiritual del cristiano
16.1. También nosotros honramos con una evocación de la infancia los más bellos y perfectos bienes de esta vida llamándolos educación (paideían) y pedagogía. Consideramos que la pedagogía es la buena conducción de los niños hacia la virtud. El Señor nos ha indicado de manera bien clara qué hay que entender por “niñito” (paidíon): «Habiéndose originado una disputa entre los Apóstoles sobre quién de ellos era el más grande, Jesús colocó en medio de ellos a un niño y dijo: “El que se humille como este niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos”» (Mt 18,1-4; Mc 9,33-37; Lc 9,46-48).
16.2. Ciertamente, no utiliza el término “niño” para referirse a la edad en la que aún no cabe la reflexión, como algunos han creído. Y cuando dice: “Si no llegan a ser como estos niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3), no hay que interpretarlo de una manera simplista.
16.3. No, nosotros no rodamos por el suelo como niños, ni nos arrastramos por tierra como serpientes, enrollando todo nuestro cuerpo en los apetitos irracionales; al contrario, erguidos hacia lo alto, merced a nuestra inteligencia, desprendiéndonos del mundo y de los pecados, “apenas tocando tierra con la punta del pie” (Anónimo, Fragmentos, 107 A ) -por más que parezca que estamos en este mundo-, perseguimos la santa sabiduría. Pero esto parece una locura (cf. 1 Co 1,18-22) para quienes tienen el alma dirigida hacia la maldad.
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