Escenas de la vida de Cristo
Finales del siglo X
Libro de los Evangelios
del emperador Otto III
Bayerische Staatsbibliothek
Munich, Alemania
CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, PROTRÉPTICO (EXHORTACIÓN) A LOS GRIEGOS (conclusión)Capítulo X: conclusión de la segunda parte (argumentación a favor de la nueva religión: el cristianismo)Cristo se abajó para salvar al hombre111.1. Si quieres, medita un poco las buenas acciones de Dios desde el principio. Cuando el primer hombre jugó libre en el paraíso, todavía era niño de Dios; pero, cuando cayó en el placer (la serpiente simboliza el placer que se arrastra sobre el vientre, la maldad terrena, vuelta hacia la materia [cf. Gn 3,14]), se dejó arrastrar por sus deseos y el niño, por su desobediencia, se convirtió en adulto y rehusando la obediencia del Padre deshonró a Dios. ¡Tanto pudo un placer! Y el hombre, libre por su sencillez, se encontró esclavizado por los pecados.
111.2. El Señor quiso liberarlo de nuevo de sus ataduras y, tras ligarse a la carne (cf. Jn 1,14) -¡misterio divino es éste! (cf. Col 2,2)-, sometió a la serpiente y esclavizó al tirano, a la muerte, y lo que es más admirable, extendiendo sus manos, liberó a aquel hombre extraviado por el placer y atado a la corrupción.
111.3. ¡Oh admirable misterio! Ciertamente, el Señor se abajó, pero el hombre levantó, y el que había caído del paraíso recibió una recompensa mayor por la obediencia, el cielo.
El Cristo total112.1. Por eso me parece a mí que, puesto que el mismo Verbo ha venido del cielo hasta nosotros, no es necesario ya que nosotros vayamos a una escuela humana, ocupándonos excesivamente de Atenas o de alguna otra ciudad griega, o incluso de Jonia. En efecto, si nuestro Maestro es el que ha llenado todo con sus poderes santos, como la creación, la salvación y las buenas obras, con la ley, la profecía y la enseñanza, ahora el Maestro enseña todas las cosas, y todo ha llegado ya a ser por el Verbo una Atenas y una Grecia.
112.2. Ahora bien, han creído ya en el mito poético que describe que Minos el cretense vivía en familiaridad con Zeus, y sin embargo no creen que nosotros seamos discípulos de Dios, que hayamos recibido la sabiduría realmente verdadera, la que sólo intuyeron los más perspicaces de la filosofía, pero que los discípulos de Cristo la han recibido y proclamado.
3. El Cristo total, por así decirlo, no está dividido; tampoco es bárbaro, ni judío, ni griego, ni es varón, ni mujer; es el nuevo hombre de Dios, transformado por obra del Espíritu Santo (cf. 1 Co 1,13; Ga 3,28; 6,15; Ef 4,24; Col 3,9-11).
El Verbo nos ha iluminado con la luz divina113.1. Además los otros consejos y advertencias son mezquinos y parciales: si hay que casarse, si hay que ocuparse en la política, si hay que tener hijos. Únicamente la religión es la que encierra una exhortación universal, y sin duda para toda la vida; en cualquier circunstancia y en toda situación nos dirige con fuerza hacia el fin supremo, la vida. Sólo es necesario vivir según ella para poder vivir siempre; en cambio, como dicen los antiguos, la filosofía es una contribución duradera desde hace mucho tiempo, que aspira al amor eterno de la sabiduría. “El mandato del Señor brilla de lejos, da luz a los ojos” (Sal 18 [19],9).
113.2. Recibe a Cristo, recibe el poder ver, recibe tu luz: “Para que conozcas bien tanto a Dios como al hombre” (Homero,
Ilíada, V,128). El Verbo que nos ha iluminado es “más dulce que un trozo de oro y una piedra preciosa; es más deseable que la miel y que el panal” (Sal 18 [19],11). En efecto, ¿cómo no va a ser deseado el que se ha hecho visible a la inteligencia sepultada en la tiniebla y el que ha agudizado los ojos resplandecientes de alma? (cf. Platón,
Timeo 45 B).
113.3. Y así como, al no existir el sol, los otros astros provocarían la noche en todo lo demás (Heráclito,
Fragmentos, 99), de igual manera, si no hubiéramos conocido al Verbo y no hubiésemos sido iluminados por Él, no nos diferenciaríamos en nada de las gallinas que se engordan; seríamos engordados en la oscuridad y alimentados por la muerte.
113.4. Hagamos sitio a la luz, para dejar sitio a Dios; hagamos sitio a la luz y seamos discípulos del Señor. Ciertamente también esto lo ha anunciado a su Padre: “Referiré tu nombre a mis hermanos; en medio de la, asamblea te alabaré” (Sal 21 [22],23). Cántame y muéstrame a tu Padre Dios. Tus relatos me salvarán, tu canto me educará.
113.5. Lo mismo que hasta ahora he estado extraviado buscando a Dios, sin embargo, Señor, desde que me iluminas, encuentro no sólo a Dios a través de ti y recobro al Padre junto a ti; también me convierto en tu coheredero (cf. Rm 8,17), porque no te avergüenzas del hermano (cf. Hb 2,11).
Cristo transformó con su crucifixión el poniente en oriente y la muerte en vida114.1. Retiremos, entonces, retiremos el olvido de la verdad; y cuando hayamos retirado la ignorancia y la tiniebla que obstaculizan nuestra vista, a modo de una nube, contemplemos al que es verdadero Dios, cantándole, en primer lugar, esta aclamación: “Salve, oh luz” (Esquilo,
Agamenón, 22 y 508). Más pura que el sol y más dulce que la vida de aquí, brilló una luz desde el cielo para nosotros, que estábamos enterrados en las tinieblas y prisioneros de una sombra de muerte (cf. Is 9,1-2; Mt 4,16; Lc 1,79).
114.2. Aquella luz es vida eterna y cuanto participa de ella tiene vida; la noche rehúye la luz y escondiéndose por miedo cede el sitio al día del Señor. Todo llegó a ser una luz que no se apaga y el poniente se convirtió en oriente.
114.3. Esto es lo que ha pretendido la nueva creación (cf. Ga 6,15); en efecto, el sol de justicia (Ml 3,20 [4,2]), que lo recorre todo, vigila por igual a la humanidad, imitando al Padre, que hace salir su sol sobre todos los hombres (Mt 5,45; Lc 6,36)
y hace descender el rocío de la verdad.
114.4. Él mismo transformó con su crucifixión el poniente en oriente y la muerte en vida; arrancando al hombre de la perdición lo elevó al cielo, trasplantando la corrupción en la incorrupción y mudando la tierra en cielo; es el agricultor de Dios, “que muestra los tiempos favorables y despierta a los pueblos para una obra buena, recordando el modo de vida verdadero” (Arato,
Fenómenos, 6-7), y regalándonos la parte de herencia paterna, realmente grande, divina y que no se puede arrebatar; divinizando al hombre por una enseñanza celestial y “poniendo leyes en sus mentes y escribiéndolas en el corazón” (Jr 38 [31],33; cf. Hb 8,10).
114.5. ¿Qué leyes subscribe? “Que todos conocerán a Dios, desde el menor al mayor -dice el Señor-, y les seré propicio y no recordaré sus pecados” (Jr 38 [31],34; cf. Hb 8,11-12).
El Dios cristiano es un Dios cercano115.1. Recibamos las leyes de la vida; obedezcamos a Dios que nos estimula; conozcámosle, para que sea clemente; aunque no lo necesite, devolvámosle una recompensa agradecida, [es decir] la docilidad, como un cierto alquiler que debemos a Dios por la habitación de aquí abajo. “Oro a cambio de bronce, el precio de cien bueyes por nueve” (Homero,
Ilíada, VI,236) a cambio de un poco de fe te concede una tierra enorme para cultivar, agua para beber y otra para navegar, aire para respirar, fuego para que te ayude y un mundo para habitar. Desde aquí te ha permitido preparar una peregrinación hacia el cielo. ¡Con esas grandes cosas y con tales obras y favores ha pagado tu poca fe!
115.2. Sí, los que confían en los charlatanes admiten en seguida los amuletos y los encantamientos como salvadores; en cambio, ustedes ¿no quieren recibir al que viene del cielo, al Verbo salvador, y, confiando en la palabra mágica de Dios, no quieren librarse ciertamente de las pasiones, que son ahora las enfermedades del alma, y ser arrancados del pecado? En efecto, el pecado es la muerte eterna.
115.3. Sin duda, viven completamente embotados y ciegos como los topos, sin hacer otra cosa que comer en la oscuridad, y derramándose en la perdición. Pero existe, existe la verdad que ha gritado: “Del seno de la tiniebla brillará una luz” (2 Co 4,6).
115.4. Brille la luz en lo más profundo del hombre, en el corazón, y se eleven los rayos del conocimiento, manifestando e iluminando al hombre escondido en el interior, al discípulo de la luz, al amigo y coheredero de Cristo; sobre todo cuando el hijo piadoso y bueno ha llegado al conocimiento del nombre digno de toda veneración y honra de su Padre, que manda cosas favorables y prescribe los medios de salvación para el hijo.
115.5. El que le obedece saca beneficio en todo: acompaña a Dios, obedece al Padre, a quien conoció mientras él estaba extraviado, amó a Dios, amó al prójimo, cumplió el mandato (cf. Mt 22,37-39), va en busca del premio y reclama la promesa.
La trompeta de Cristo es su evangelio116.1. Dios está siempre dispuesto a salvar a la multitud de los hombres (cf. Jn 10,11; Sal 22 [23],1; Is 40,11; Platón,
Político, 266 C, 295 C y 268 C). Por eso también el buen Dios envió al buen Pastor (cf. Jn 10,11); y el Verbo, al desplegar la verdad, mostró a los hombres la cima de la salvación, para que, una vez arrepentidos (cf. Sal 50 [51],19), se salvaran o para que fueran juzgados, si no obedecían. Esta predicación de la justicia es una buena noticia para los que obedecen y un tribunal para los que desoyen.
116.2. Ahora bien, si al resonar la estridente trompeta convocó a los soldados y declaró la guerra, Cristo, al lanzar un gritó de paz hasta los límites de la tierra (cf. Rm 10,18; Sal 18 [19],5), ¿no va a reunir entonces a sus soldados de paz? Ciertamente, hombre, con su sangre y su palabra convocó un ejército incruento y le confió el reino de los cielos.
116.3. La trompeta de Cristo es su Evangelio; Él tocó la trompeta y nosotros escuchamos. Armémonos pacíficamente, revestidos con la coraza de La justicia (Ef 6,14; cf. 1 Ts 5,8; Is 59,17), tomando el escudo de la fe y ceñidos con el yelmo salvador, afilemos la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Ef 6,17) Así nos prepara pacíficamente el Apóstol.
116.4. Éstas son nuestras armas invulnerables; equipados con ellas nos enfrentaremos al demonio; apagaremos los dardos inflamados del demonio (cf. Ef 6,16) con el húmedo filo de (nuestras) espadas (lit.: las húmedas puntas), bañadas por el Verbo. Retribuyendo sus beneficios con agradecimientos de alabanza y venerando a Dios por medio del Verbo divino. Dice [la Escritura]: «Mientras todavía estés tú hablando, te dirá: “Aquí estoy”» (Is 58,9).
Cristo nos regala la vida con una única palabra: Verbo de verdad, Verbo de incorruptibilidad que regenera al hombre117.1. ¡Oh santo y bienaventurado poder éste por el que Dios se hace conciudadano de los hombres! Por consiguiente, es mejor y preferible llegar a ser al mismo tiempo imitador y servidor de la Esencia principal de los seres; en efecto, nadie podrá imitar a Dios si no el que le sirva santamente, y tampoco servirle y honrarle si no es imitándole50.
117.2. El amor realmente celestial y divino se une así a los hombres, cuando la verdadera belleza puede brillar alguna vez en el alma misma, una vez purificada por el Verbo divino; y lo mejor es que junto al auténtico querer camina la salvación, porque están bajo el mismo yugo, por así decir, la libre elección y la vida.
117.3. Por eso, esta única exhortación de la verdad es comparada a los más fieles amigos, porque permanece hasta el último suspiro, y es una buena escolta para los que van al cielo en el último y definitivo aliento del alma. ¿A qué te exhorto? Te apremio para que seas salvado. Esto es lo que quiere Cristo: te regala la vida con una única palabra.
117.4. ¿Y cuál es esa palabra? Apréndela brevemente: Verbo de la verdad, Verbo de incorruptibilidad, el que regenera al hombre, porque lo eleva a la verdad; el aguijón de la salvación, el que expulsa la corrupción, el que expulsa la muerte; el que ha construido un templo en los hombres (cf. 1 Co 6,15 y 19; 12,27; Ga 2,20), para establecer a Dios en los hombres.
117.5. Purifica el templo y abandona los placeres y las negligencias al viento y al fuego, como una flor efímera; en cambio, cultiva los frutos de la prudencia con sensatez y ofrécete a ti mismo a Dios como primicia, para que no seas sólo una obra suya, sino también una gracia de Dios. Al amigo de Cristo le convienen dos cosas: mostrarse digno del reino y ser considerado merecedor del mismo.
Continuación