El evangelista san Lucas
Hacia 1120-1140
Abadía Benedictina
de Helmarhausen (Alemania)
CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, PROTRÉPTICO (EXHORTACIÓN) A LOS GRIEGOS (continuación)Capítulo X: prosigue la segunda parte (argumentación a favor de la nueva religión: el cristianismo)La religión ha sido odiada por demencia89.1. Pero no es razonable -dicen- cambiar una costumbre que hemos recibido de nuestros padres. ¿Y por qué no continuamos utilizando entonces el primer alimento, la leche, con la que sin duda nos acostumbraron las nodrizas desde el nacimiento? ¿Por qué aumentamos o disminuimos la herencia paterna y no la conservamos igual que la recibimos? ¿Por qué ya no babeamos en el regazo de los padres y continuamos haciendo también las otras cosas que, cuando éramos pequeños y deudores de nuestras madres, provocaban la risa de los demás, sino que nos corregimos a nosotros mismos, aunque no hayamos tenido buenos pedagogos?
89.2. Además, tratándose de las pasiones, las desviaciones de los caminos trillados, aunque son en verdad perjudiciales y arriesgadas, a la vez en cierto modo se encuentran agradables; pero si se trata de la vida, tras abandonar la costumbre malvada, cruel y atea, aunque los padres se enfaden, ¿nos vamos a desviar de la verdad y no iremos en busca del que es realmente Padre, despreciando la costumbre como un veneno?
89.3. Esto es precisamente lo más hermoso de lo que se argumenta: mostrarles cómo la religión ha sido odiada por demencia y por esa desgraciadísima costumbre. En efecto, no hubiera sido odiada nunca o no se hubiera prohibido tan gran bien -el mejor de cuantos han sido concedidos por Dios al género humano-, si no hubieran estado cautivos por la costumbre, porque sin duda han taponado los oídos ante nosotros, como caballos rebeldes que se sublevan; mordiendo los frenos, han rechazado los discursos, deseando derribarnos a nosotros, los aurigas de la vida de ustedes, y llevados por la locura a los precipicios de la perdición, piensan que es execrable el sagrado Verbo de Dios.
El verdadero Dios regala vida90.1. Por lo tanto, consecuentemente tienen el premio de su elección, según [dice] Sófocles: “Una mente disipada, oídos inútiles, preocupaciones frivolas” (Sófocles,
Fragmentos, 863), y no saben lo más verdadero de todo: los buenos y piadosos se beneficiarán de la buena recompensa por haber honrado lo que es bueno, pero los que por el contrario son malvados tendrán el castigo correspondiente, y una sanción está prevista para el príncipe del mal.
90.2. El profeta Zacarías le amenaza: “Que te reprenda el que eligió a Jerusalén. Mira, ¿no es éste un tizón sacado del fuego?” (Za 3,3). ¿Qué antojo de muerte voluntaria persigue aún a los hombres? ¿Por qué se precipitan con ese tizón mortal, con el que han de consumirse, pudiendo vivir bien según Dios y no según la costumbre?
90.3. Dios regala la vida, pero una costumbre malvada, tras la partida de aquí abajo, junto con un castigo inflige un arrepentimiento inútil; también al sufrir el necio aprende (Hesíodo,
Opera et dies, 218) que la superstición mata y la piedad salva.
Dios, por su gran amor al hombre, se detiene ante el hombre91.1. Cualquiera de ustedes observen a los que sirven junto a los ídolos: con los cabellos manchados, ultrajados con un vestido sucio y roto; ciertamente ignorantes por completo de los baños y como animales salvajes por la largura de las uñas; incluso muchos se han amputado las partes pudendas; en resumen, demuestran que los templos de los ídolos son en realidad tumbas o prisiones. Me parece que éstos lloran a los dioses, en vez de adorarlos, soportando hechos más dignos de compasión que de religión.
91.2. Al ver esto, ¿todavía permanecen ciegos y no alzan la vista hacia el Dueño de todo y Señor del universo? ¿Acaso no van a refugiarse en la misericordia que viene de los cielos, escapando de las cárceles de aquí abajo?
91.3. Ciertamente Dios, por su gran amor al hombre, se detiene ante el hombre, al igual que la madre de un polluelo sobrevuela por encima del recién nacido que se ha caído del nido (cf. Mt 23,37); y también cuando una serpiente está dispuesta a comer al recién nacido, “la madre revolotea alrededor, deplorando a los amados hijos” (Homero,
Ilíada, II,315). También Dios Padre busca a su criatura, cura la caída, persigue a la serpiente y recoge de nuevo al recién nacido, animándole a volar hasta el nido.
Los cristianos son hijos de la luz92.1. Además también, cuando los perros se pierden, guiándose con la punta de la nariz por el olfato descubren por el rastro al dueño; y los caballos, tras derribar al jinete, con un único silbido obedecen al dueño. Dice [la Escritura]: “Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre de su señor, pero Israel no me conoce” (Is 1,3). ¿Qué hace entonces el Señor? No guarda rencor, todavía tiene misericordia e incluso busca el arrepentimiento.
92.2. Deseo preguntarles si no les parece absurdo que ustedes los hombres, siendo criaturas de Dios, recibiendo de Él el alma y siendo totalmente de Dios, sirvan a otro dueño y además honren al tirano en vez de al Rey, al malvado a cambio del Bueno.
92.3. Así, en aras de la verdad, ¿qué hombre sensato se une al mal, abandonando el bien? ¿Quién hay que huyendo de Dios conviva con los demonios? ¿Quién, pudiendo ser hijo de Dios, se complace en ser esclavo? ¿O quién, pudiendo ser ciudadano del cielo, desea el infierno, pudiendo habitar el paraíso (cf. Gn 2,15), recorrer el cielo, participar de la fuente vivificadora y pura, caminando por el aire sobre aquella huella de la nube resplandeciente, como Elías, contemplando la continua lluvia salvadora? (cf. 1 R 18,44-45).
92.4. Pero hay algunos que, a manera de gusanos, revolcándose en el barro y el lodo, las olas del placer, se consumen en placeres inútiles e insensatos; son hombres [parecidos a] cerdos. En efecto, dice [Heráclito] que a los cerdos les gusta el fango (Heráclito,
Fragmentos, 22 B 13; cf. 2 P 2,22) más que el agua limpia y, según Demócrito, se vuelven locos entre la inmundicia (Demócrito,
Fragmentos, 147).
92.5. Pero ya no; no debemos reducirnos a la esclavitud ni ser como cerdos, sino como legítimos hijos de la luz (Ef 5,8) alcemos los ojos y contemplemos la luz, no sea que el Señor nos declare ilegítimos, como el sol a las águilas.
Es hermoso el riesgo de pasarse a Dios93.1. Arrepintámonos, entonces, y pasemos de la ignorancia a la ciencia, de la demencia a la prudencia, de la incontinencia a la templanza, de la injusticia a la justicia, de la impiedad a Dios.
93.2. Es hermoso el riesgo de pasarse a Dios. De muchos otros bienes pueden también disfrutar los que aman la justicia, los que perseguimos la salvación eterna, pero también de aquellos que insinúa Dios mismo, cuando dice por Isaías: “Esta es la herencia de los siervos del Señor” (Is 54,17).
93.3. Hermosa y deseada es esta herencia; no se trata de oro, plata, vestidos o cosas de la tierra, donde alguna vez se introduce la polilla y el ladrón (cf. Mt 6,19-20), que mira con envidia la riqueza pegada a la tierra; en cambio, aquél es tesoro de salvación hacia el que es necesario que tiendan los convertidos en amigos del Verbo, y nos acompañan las acciones nobles de aquí abajo, que van volando juntamente con nosotros sobre el ala de la verdad.
Dios es una Padre cariñoso, verdaderamente Padre94.1. La alianza eterna de Dios pone en nuestras manos esa herencia, que provee el regalo eterno. Este Padre nuestro es cariñoso, verdaderamente Padre; no cesa de exhortar, amonestar, educar y amar. En efecto, no cesa de salvar y aconseja lo mejor: “Sean justos, dice el Señor; los que tienen sed vengan a las aguas, y los que no tienen dinero acérquense, compren y beban sin dinero” (Is 54,17--55,1).
94.2. Exhorta al bautismo (baño), a la salvación, a la iluminación casi gritando y diciendo: “Te entrego, hijo, tierra, mar y cielo, y te regalo todos los animales que hay en ellos; únicamente ten sed de tu Padre, hijo, y Dios se te mostrará gratuitamente”. La verdad no es negociable; te concede también las aves, los peces y lo que hay sobre la tierra (cf. Gn 1,28); estas cosas las ha creado el Padre para tus agradables deleites.
94.3. El hijo ilegítimo las comprará con dinero, porque es hijo de perdición (cf. Jn 17,12; 2 Ts 2,3), porque ha preferido servir a las riquezas (Mt 6,24; Lc 16,13); pero a ti te confía lo que te es propio, es decir al [Hijo] legítimo, al que [= Hijo] ama al Padre, por el que aún trabaja (cf. Jn 5,17), al único que le promete (cf. 1 P 1,4), al decir: “La tierra no podrá venderse a perpetuidad -puesto que no está sujeta a la perdición-, porque toda la tierra es mía” (Lv 25,23); y también es tuya, si recibes a Dios.
94.4. Por eso la Escritura anuncia con razón la buena noticia a los que han creído: “Los santos del Señor heredarán la gloria de Dios y su, poder. Bienaventurado, dime qué gloria. La que ni ojo vio, ni oído oyó, ni llegó al corazón del hombre (cf. 1 Co 2,9; Is 64,3). Y se alegrarán en el reino de su Señor por siempre, amén”.
Continuación