La Última Cena
Francisco de Holanda
Fines del siglo XVI
Museu Nacional de Belas Artes
Rio de Janeiro, Brasil
CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, PROTRÉPTICO (EXHORTACIÓN) A LOS GRIEGOS (continuación)Capítulo IX: prosigue la segunda parte (argumentación a favor de la nueva religión: el cristianismo)Dios a ama a todos los seres humanos82.1. También podría citarte innumerables textos de los que ni siquiera pasará un solo trazo (Mt 5,18; Lc 16,17), que no llegue a cumplirse. Porque la boca del Señor -el Espíritu Santo- lo ha dicho (cf. Is 1,20; 24,3; 25,8; 58,14). “Por tanto, hijo mío, no desdeñes -dice [la Escritura]- las lecciones del Señor, ni te enfades al ser corregido por Él” (Pr 3,11).
82.2. ¡Cuan grande es el amor [que tiene] a los hombres! No se comporta como el maestro con los alumnos, ni como el señor con los siervos, ni como un dios con los hombres, sino como un tierno padre (Homero,
Odisea, II,47. 234; XV,152) que amonesta a los hijos.
82.3. Así, Moisés reconoce que estaba aterrorizado y temblando (Hb 12,1), al oír hablar sobre el Verbo; en cambio, tú ¿no temes cuando oyes hablar del Verbo de Dios? ¿No te turbas? ¿No tomas precauciones a la vez y te apresuras en conocer, es decir, te apresuras hacia la salvación, temiendo la cólera, deseando la gracia y buscando con ardor la esperanza, para evitar el juicio?
82.4. Vengan, vengan, mi grupo de jóvenes: “Porque si no se hacen de nuevo como niños y vuelven a nacer” (Mt 18,3), según dice la Escritura, no recibirán al que es en realidad Padre, ni tampoco entrarán nunca en el reino de los cielos (Mt 18,3). ¿Cómo, en verdad, va a permitir entrar a uno extraño?
82.5. Sin embargo, cuando sea inscrito, nombrado ciudadano y reciba al Padre, entonces me parece que estará en las cosas del Padre (Lc 2,49), entonces será considerado digno de heredar y entonces participará con el Hijo legítimo, el amado (Ef 1,6; cf. Mt 3,17; Mc 1,11; Lc 3,22; Jn 1,34), del reino paterno.
82.6. En efecto, ésta es la Iglesia de los primogénitos, la formada por muchos hijos buenos; éstos son los primogénitos, inscritos en los cielos (Hb 12,23) y los que celebran la fiesta con las mismas miríadas de ángeles (Hb 12,22).
82.7. Nosotros somos los hijos primogénitos, los hijos nutricios de Dios, los amigos legítimos del Primogénito (Rm 8,29; cf. Col 1,15; Hb 1,6), los primeros del resto de los hombres que han conocido a Dios, los primeros que se han alejado de los pecados, los primeros que nos hemos liberado del diablo.
El Señor proclama la verdadera libertad del género humano83.1. No obstante, ahora hay algunos tanto más ateos cuanto más amigo de los hombres es Dios; ciertamente Él quiere que de esclavos nosotros lleguemos a ser hijos, pero ellos incluso han despreciado con orgullo llegar a ser hijos. ¡Qué gran necedad! ¡Se avergüenzan del Señor!
83.2. Él anuncia la libertad, pero ustedes huyen hacia la esclavitud. Regala la salvación, pero ustedes se rebajan a la mera condición humana. Les concede eternidad, pero ustedes esperan pacientemente el castigo, y toman precauciones contra el fuego que el Señor preparó para el diablo y sus ángeles (Mt 25,41).
83.3. Por eso el bienaventurado Apóstol dice: “Testifico en el Señor, para que ustedes no vivan como también viven los gentiles en la vanidad de su inteligencia, porque tienen la mente en tinieblas y se encuentran apartados de la vida de Dios, por la ignorancia que habita en ellos, por la ceguera de su corazón. Insensibles a sí mismos por el libertinaje, se han entregado a la práctica de toda depravación y codicia (Ef 4,17-19).
Escuchemos la voz del Verbo de Dios84.1. Cuando un testimonio como ese demuestra la necedad de los hombres y proclama a Dios, ¿qué otra cosa falta a los incrédulos, si no juicio y castigo? Ahora bien, el Señor no se cansa de aconsejar, amedrentar, incitar, fomentar y recordar; ciertamente despierta y levanta de la tiniebla misma a los extraviados.
84.2. “Despierta -dice- tú que duermes, álzate de entre los muertos, y Cristo, el Señor, te iluminará” (Ef 5,14); es el sol de la resurrección, el engendrado antes de la aurora (Sal 110 [109],3), el que regaló la vida con sus propios rayos luminosos.
84.3. Así entonces, que nadie desprecie al Verbo, para que no se sorprenda aniquilándose a sí mismo. En efecto, la Escritura dice en alguna parte: “Si hoy escuchan su voz, no endurezcan su corazón como sucedió en la rebelión, el día de la tentación en el desierto, cuando sus padres me pusieron a prueba” (Hb 3,7-9; cf. Sal 95 [94],8-9).
84.4. Si quieres aprender cuál es la prueba, el Espíritu Santo te lo explicará: «Vieron mis obras -dice- durante cuarenta años; por eso me indigné contra esta raza y dije: “Siempre están extraviados en su corazón; no conocen ellos mis caminos, de modo que he jurado en mi cólera: No entrarán en mi descanso”» (Hb 3,9-13; cf. 95 [94],10-11).
84.5. Miren la amenaza; miren la exhortación; miren el castigo; además, ¿por qué vamos a cambiar también la gracia en cólera y por qué no recibimos al Verbo con los oídos abiertos y no aceptamos a Dios como huésped en nuestras almas puras? En efecto, grande es la gracia de su promesa, si escuchamos hoy su voz; pero el hoy se extiende a cada día, mientras pueda nombrarse el hoy.
84.6. Hasta la consumación permanece tanto el hoy como la posibilidad de aprender; y entonces el hoy verdadero, el día incesante de Dios, se extiende por los siglos. Así, por tanto, escuchemos siempre la voz del Verbo de Dios; ciertamente el hoy es eterno, es imagen de la eternidad; el día es símbolo de la luz, y para los hombres es luz el Verbo, mediante el cual podemos contemplar a Dios.
Continuación