Monasterio Santa María de Los Toldos

OBRAS DE LOS PADRES DE LA IGLESIA (63)

Ascensión de Jeuscristo
1450-1475
Miniaturista flamenco
Koninklijke Bibliotheek
La Haya, Holanda

CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, PROTRÉPTICO (EXHORTACIÓN) A LOS GRIEGOS (continuación)

Capítulo III: continuación de la primera parte (crítica de los cultos y los misterios paganos)

Los dioses paganos se deleitan con las víctimas humanas

42.1. Añadamos también a esto [lo dicho en el capítulo precedente] que sus dioses son demonios deshumanizados y enemigos de los hombres, y no sólo se alegran con la demencia humana, sino que también disfrutan del homicidio; así, unas veces se procuran gladiadores deseosos de victoria en los estadios, y otras veces numerosas ambiciones en las luchas, que son para ellos motivo de placer, de modo que sobre todo puedan saciarse absolutamente de víctimas humanas; entonces, como si fuesen plagas caídas sobre ciudades y pueblos, exigieron libaciones salvajes.

42.2. Así, Aristomenes de Mesenia dio muerte a trescientos [hombres] en honor de Zeus Itome, porque pensaba que tantas y tan grandes hecatombes eran un sacrificio bien recibido por los dioses. Entre aquellos también estaba Teopompo, rey de los lacedemonios, ¡una noble víctima sacrificial!

42.3.Las gentes táuricas, los que viven en el Quersoneso Táurico, sacrifican rápidamente a Ártemis Táurica a los extranjeros que encuentran entre ellos, después de haber naufragado en el mar; Eurípides presenta estos sacrificios suyos sobre la escena en una tragedia [“Ifigenia en Táuride”].

Testimonios que confirman la abominable costumbre de los sacrificios humanos

42.4. Mónimo cuenta en su libro “Conjunto de maravillas” que en Pelas de Tesalia es sacrificado un hombre aqueo en honor de Peleo y Quirón.

42.5. Antíclides, en sus “Regresos”, muestra que los lictios (éstos son un pueblo de Creta) degüellan a hombres en honor de Zeus, y Dósidas dice que los lesbios ofrecen el mismo sacrificio a Dioniso.

42.6. Pitocles, en el tercer libro “Sobre la concordia”, cuenta que los focios (porque no los olvidaré) ofrecen en holocausto un hombre a Ártemis Taurópola.

42.7. El ático Erecteo y el romano Mario ofrecieron en sacrificio a sus propias hijas; uno de ellos a Ferefata, como afirma Demarato en el primer libro de sus “Representaciones trágicas”, y Mario a los dioses tutelares, como cuenta Doroteo en el cuarto libro sobre los “Itálicos”.

42.8. A partir de estos [testimonios] los demonios se muestran amantes de los hombres. ¿Cómo no van a ser santos analógicamente los supersticiosos? A unos se les celebra como salva dores, otros solicitan una salvación de parte de quienes conspiran con ella. Por lo menos, al tiempo que dan a entender que ofrecen sacrificios agradables a los dioses, se les olvida que matan a hombres.

42.9. En efecto, el asesinato no se vuelve sagrado por el lugar, ni tampoco sería mejor, si uno degollara a un hombre en honor de Ártemis o Zeus en un lugar sin duda sagrado por cólera o avaricia -otros demonios semejantes-, en los altares o en los caminos, pronunciando el ritual sagrado, sino que tal sacrificio es un asesinato y una matanza.

Los dioses paganos no son amigos de los hombres

43.1. Así entonces, hombres más inteligentes que el resto de los vivientes, escapamos de las fieras salvajes, y si nos encontramos en un lugar con un oso o un león, nos apartamos, “como cuando uno, al ver una serpiente en los valles de un monte, se aleja retrocediendo, y un temor se apodera de sus miembros y retrocede de nuevo” (Homero, Ilíada, III,33-35). En cambio, presintiendo y comprendiendo que son demonios funestos y criminales, insidiosos, enemigos del hombre y destructores, ¿por qué no se apartan ni se desvían?

43.2. Los malvados ¿qué verdad pueden decir o a quién pueden aprovechar? Al momento puedo mostrarte que el hombre es mejor que esos dioses de su país, los demonios; Ciro y Solón son mejores que el adivino Apolo.

43.3. El Febo de ustedes es dadivoso, pero no amigo del hombre. Traicionó a su amigo Creso y, olvidándose de lo que le debía (tan ambiguo era), condujo a Creso a través del Halis a la hoguera. Amando de este modo, los demonios guían hacia el fuego.

43.4. Ahora bien, hombre, tú que eres más humano y más sincero que Apolo, compadécete del que está atado sobre la pira de fuego; y tú, Solón, adivina la verdad, pero tú, Ciro, manda apagar la pira. Finalmente sé prudente, Creso, porque has aprendido con el sufrimiento; es un desagradecido ese a quien adoras, toma la paga y, después del oro, te engaña de nuevo. “Ten en cuenta el fin” (Apotegmas, 2,1; Jámblico, Theologumena arithmeticae, XXVI,8; Epicuro, Gnomologium, LXXV,2; Estobeo, Anthologium, II,7,18) te dice un hombre, no un demonio. Solón no vaticina ambigüedades; únicamente encontrarás este oráculo verdadero, extranjero; lo podrás probar en el fuego.

Los templos paganos son sólo tumbas

44.1. Por ello, tengo pendiente el admirar a los provocados en algún momento con determinadas imaginaciones, los primeros [hombres] engañados que anunciaron la superstición a los hombres y mandaron venerar a los demonios criminales; así aquel Foroneo, Merops o algún otro fueron los que les erigieron templos y altares y, además, se dice que fueron los primeros en establecer los sacrificios.

44.2. En un tiempo posterior se modelaban dioses, para adorarlos. Seguramente a este Eros, que se dice fue el primero en ser honrado entre los dioses más antiguos, no lo fue antes de que Carmos capturara a un muchacho y estableciera un santuario en la Academia, como agradecimiento a la realización de su deseo; y se llama Eros al desenfreno de la enfermedad, divinizando una lujuria desenfrenada.

44.3. Tampoco los atenienses conocían quién era Pan antes de que se lo dijera Filípides. Con razón la superstición, que tuvo, en efecto, un comienzo, llegó a ser fuente de maldad sin sentido. Después no se ha detenido, sino que progresando y brotando con más fuerza, se ha convertido en creadora de muchos demonios, inmolando un gran sacrificio, celebrando panegíricos, erigiendo estatuas y construyendo templos.

44.4. A los que -y no los voy a silenciar, sino que incluso los refutaré- se les llama templos de manera eufemística, pero que son tumbas (es decir, las tumbas son denominadas templos). Ahora bien, ustedes, aunque sea ahora, olvídense de la superstición, avergüéncense de venerar las tumbas.

Los paganos han puesto su confianza en dioses muertos

45.1. En el templo de Atenea, en la acrópolis de Larisa, está la tumba de Acrisio, y la de Cecrops en la acrópolis de Atenas, como afirma Antíoco en su noveno libro de las “Historias”. ¿Y Erictonio? ¿No recibió los honores fúnebres en el templo de la Políade? ¿Immarado, el hijo de Eumolpo y Daeira no [está enterrado] en el recinto del Eleusino, al pie de la acrópolis? ¿Las hijas de Celeo no están sepultadas en Eleusis?

45.2. ¿Te enumero a las mujeres de los hiperbóreos? Se llaman Hiperoce y Laodice, y están enterradas en Delos, en el Artemisio, el que se encuentra en el templo de Apolo Delio. Leandro asegura que Cleoco está sepultado en Mileto, en el Dídima.

45.3. Aquí, siguiendo a Zenón de Mindos, no es digno que pasemos de largo el monumento conmemorativo de Leucofrine, que recibió honores fúnebres en el templo de Ártemis en Magnesia, ni el altar de Apolo en Telmeso; cuentan que este monumento conmemorativo es también el del adivino Telmeso.

45.4. Ptolomeo, el hijo de Agesarco, en el primer libro de su “Sobre Filopator dice que en Pafos, en el santuario de Afrodita, recibieron honras fúnebres Ciniras y sus descendientes.

45.5. Pero si recorriera las tumbas que adoran, “ni todo el tiempo me bastaría” (Anónimo, Fragmentos de los trágicos griegos, 109a,1). Y si no se desliza en ustedes una cierta vergüenza por los atrevimientos, terminarán cadáveres, porque han puesto su confianza realmente en los muertos: Desgraciados, ¿qué mal sufren? Sus cabezas están cubiertas por la oscuridad” (Homero, Odisea, XX,351-352).


Capítulo IV: continuación de la primera parte (crítica de los cultos y los misterios paganos)


Los paganos adoran estatuas de piedra y madera

46.1. Pero, si les propusiera más cosas, les presentaría las estatuas para que las observaran, y al mirarlas descubrirían como verdaderamente una necedad la costumbre de suplicar a obras insensibles “hechas por manos humanas” (Sal 113,12 [115,4]; 135[134],15; Sb 13,10).

46.2. Antiguamente los escitas adoraban la cimitarra, los árabes la piedra, los persas el río, y, entre los demás hombres, incluso los más antiguos colocaban en un sitio visible trozos de madera y asentaban columnitas de piedra; entonces las llamaban también “xoanon” [figuras talladas en madera] por la raspadura de la madera.

46.3. Seguramente la estatua de Ártemis en Ícaro era un trozo de madera no trabajada, y la de Hera del Citerón, en Tespias, un tronco de árbol cortado; y la Hera de Samos, como afirma Aetlio, primero era un tablón grueso y después se hizo parecida a una estatua, durante el arcontado de Proeles. Cuando los “xoanon” comenzaron a representar a hombres recibieron el sobrenombre de “brete” [estatua de madera] porque deriva de “brotos” [hombre, mortal].

46.4. En Roma, el escritor Varrón dice que antiguamente el “xoanon” de Ares era una lanza; todavía los artistas no se habían lanzado a este agradable artificio. Pero cuando floreció el arte, creció el error.

Crítica de las estatuas veneradas como dioses o diosas

47.1 De este modo, se hicieron estatuas con figura humana de piedras, de madera y, en una palabra, de la materia inerte, con las cuales simulan la piedad calumniando a la verdad, cosa que es ya evidente por sí misma; sin embargo, puesto que una demostración tal necesita de un argumento no hay que rehusarlo.

47.2. De alguna manera es sabido por todos que Fidias imaginó el Zeus de Olimpia y la Polias de Atenas con oro y marfil; Olímpico cuenta en sus “Samiaces” que el “xoanon” de Hera en Samos fue realizado por Esmilidis, hijo de Euclides.

47.3. No duden sobre si Escopas hizo, de la piedra llamada licneo, dos de las diosas que en Atenas se llaman venerables, y Calos la que se encuentra en el centro; puedo mostrarte que Polemón lo indica en el libro cuarto “Contra Timeo”.

47.4. Ni tampoco [duden] si Fidias hizo de nuevo aquellas estatuas de Zeus y Apolo en Patara de Licia, así como los leones que se erigen junto a ellas; y como afirman algunos, si fue obra de Briaxis, no lo discuto, porque tienes también a ese escultor. Se las puedes atribuir a quien quieras de los dos.

47.5. De Telesias de Atenas, como afirma Filócoro, son obra las estatuas de nueve codos (aproximadamente: 2,5 metros) de Poseidón y de Anfitrite, que son veneradas en Tínos. Demetrio, en su segundo [libro] de la “Historia” de Argos, escribe del “xoanon” de Hera en Tirinto que era de madera de peral y el artífice fue Argos.

47.6. Tal vez muchos se extrañarían, si supieran que el Paladio, llamado “Diopetes” (= que cayó de Zeus), el que se dice que Diomedes y Ulises robaron de Troya y entregaron a Demofonte, fue preparado a partir de los huesos de Pélope, lo mismo que el Olímpico [fue hecho] con otros huesos de una fiera de la India. Presento a Dionisio que lo narra en la quinta parte del “Ciclo”.

47.7. Apelas dice en las “Délficas” que hubo dos Paladio, pero que ambos fueron realizados por hombres. En cambio, para que nadie suponga que también yo admito esto por ignorancia, citaré la estatua de Dioniso Mórico (= manchado con vino) en Atenas, que fue hecha de la piedra llamada felata, y obra de Sicón, el hijo de Eupálamos, como dice Polemón en una carta.

47.8. Hubo también otros dos escultores, creo que eran cretenses (llamados Escilis y Dípoino); éstos realizaron en Argos estatuas con los Dioscuros, la de Heracles, con figura humana, en Tirinto y el “xoanon” de Ártemis Muniquia en Sición.

El dios egipcio Serapis

48.1. ¿Cómo gasto el tiempo con estas cosas, cuando les puedo mostrar quién es el mayor demonio, el que oímos que es considerado por excelencia digno de veneración por todos y al que se han atrevido a llamar el no hecho por mano humana, al egipcio Serapis?

48.2. Algunos cuentan que éste fue enviado en agradecimiento por los sinopeos a Ptolomeo Filadelfo, rey de los egipcios, el cual Ptolomeo había hecho prisioneros a los que, afligidos por el hambre, habían ido a buscar trigo en Egipto, y que este “xóanon” era una estatua de Plutón; al recibir él la estatua, la colocó sobre la acrópolis, que ahora llaman Racotis, donde también se venera el santuario de Serapis; el sitio queda muy cerca de estos lugares. Una vez muerta en Canope la concubina Blistice, Ptolomeo la trasladó y la enterró en el sepulcro indicado.

48.3. En cambio, otros dicen que Serapis era un ídolo del Ponto y que fue trasladado a Alejandría con gran honor. Solamente Isidoro dice que la estatua fue transportada desde los seléucidas a Antioquía, porque, cuando se encontraban en carestía fue ron abastecidos por Ptolomeo.

48.4. Sin embargo, Atenodoro, el hijo de Sandón, no sé cómo se contradijo al querer hacer más antigua a [la estatua de] Serapis demostrando que se trataba de una imagen fabricada; afirma que Sesostris, rey de Egipto, tras dominar a la mayor parte de los pueblos griegos, al regresar a Egipto, se trajo consigo grandes artistas.

48.5. Él mismo les ordenó que embellecieran suntuosamente a su abuelo Osiris; esculpió la estatua el artista Briaxis, no el ateniense, sino otro del mismo nombre que aquel Briaxis; el cual utilizó para la obra una materia compuesta y variada. Tenía limadura de oro, plata, bronce, hierro, plomo e incluso estaño; no le faltaba ni una de las piedras preciosas de Egipto: trozos de zafiro, hematita y esmeralda, e incluso de topacio.

48.6. Una vez pulverizado y mezclado todo lo coloreó de azul, por lo que el color de la estatua es más oscuro, y mezclando todo con el tinte sobrante del funeral de Osiris y Apis modeló a Serapis; de ahí también que el nombre significa la relación del funeral y de la obra del sepulcro, resultando el compuesto Osirapis de Osiris y Apis.

Un dios honrado por su lujuria

49.1. En Egipto -poco faltó también entre los griegos- el emperador romano estableció a otro nuevo dios con grandes honores, divinizando al que más amaba, Antínoo, al que consagró como Zeus a Ganimedes; ciertamente no se aparta con facilidad una pasión sin el temor; ahora unos hombres adoran estas noches sagradas de Antínoo, que el amante conocía como vergonzosas cuando las pasaba en vela con él.

49.2. ¿Por qué me mencionas a un dios que es honrado por su lujuria? ¿Por qué me mandas llorarle incluso como a un hijo? ¿Por qué expones su belleza? La belleza que se marchita por el orgullo es vergonzosa. No seas un tirano, hombre, ni ultrajes la belleza en la flor de su juventud; guárdala pura, para que sea hermosa. Hazte rey de la belleza, no tirano; ¡permanece libre! Conoceré entonces tu belleza, cuando hayas conservado pura la imagen (cf. Gn 1,26): entonces veneraré la belleza, cuando ella sea el verdadero arquetipo de las cosas bellas.

48.3. Ahora hay una tumba del amado, un templo y una ciudad de Antínoo; pero, según creo, los templos son admirados como unas tumbas, pirámides, mausoleos o laberintos, y otros templos de los muertos como aquellas tumbas de los dioses.

Continuación

Publicado el 10/05/2010