Jesucristo habla con Pedro
fuera de los muros de Roma,
mientras otros discípulos escuchan
El “Martirologio de Arnstein”
Hacia 1170-1180
Arnstein, Alemania
PoetasSeudo Salomón (siglo II)1350-
Odas de SalomónGnóstico anónimo (primera mitad del siglo III?)1351-
Carmen animae (
Poema del alma; también denominado:
De margarita [Himno de la perla])
Oráculos Sibilinos1352-
Oráculos SibilinosNo se ha encontrado en Internet este texto en castellano, por lo que lo ofrecemos a continuación.
ORÁCULOS SIBILINOS(1)Prólogo (Anónimo)El esfuerzo de leer las obras literarias griegas reporta a los que lo realizan una gran utilidad, ya que tiene la virtud de perfeccionar la cultura de los que a ello se dedican. Con mayor motivo es conveniente que las personas dotadas de buena disposición dediquen su tiempo a las divinas Escrituras, dado que contienen revelaciones acerca de Dios y de los temas que procuran una utilidad espiritual. De ello obtendrán en todo momento un doble beneficio, al estar en condiciones de ser útiles a sí mismos y a los que las lean. Movido, pues, por esta razón, decidí unificar en un tratado, conjuntado y armónico, los denominados “Oráculos Sibilinos”, que se encontraban dispersos y cuya lectura e interpretación resultaban confusas. De esta suerte, al ser más fácil una visión de conjunto para los lectores, les queda garantizada la utilidad que de ellos se desprende, no sólo por contener no pocas revelaciones de temas indispensables y útiles, sino también por constituir una obra a la vez más completa y variada. Contienen, en efecto, con toda claridad revelaciones acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la tríada divina y vivificante, así como sobre la naturaleza humana del Señor, Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Me refiero a su nacimiento de una Virgen, a las curaciones que llevó a cabo, así como a su vivificante pasión, su resurrección de los muertos al tercer día, el juicio venidero y el pago por las acciones que cometemos todos en esta vida. Además de esto, contienen con toda nitidez las revelaciones de los escritos de Moisés y de los libros de los profetas acerca de la creación del mundo, la formación del hombre, su expulsión del Paraíso y su nueva formación; incluyen variadas predicciones acerca de algunos sucesos ya acaecidos o que incluso tal vez hayan de ocurrir. En una palabra, no es pequeña la utilidad que pueden reportar a los lectores.
“Sibila” es voz romana que se traduce por “profetisa” o “adivina”; de ahí que las mujeres adivinas fueran designadas con un único nombre. En efecto, según han escrito muchos autores, las sibilas han existido en diferentes épocas y lugares, en número de diez. La primera sin duda es la caldea o persa, denominada con el nombre corriente de Sambete, que era del linaje del muy bienaventurado Noé y que se cuenta que predijo los acontecimientos de la época de Alejandro el macedonio; de ella hace mención Nicanor, el historiador de la vida de Alejandro. La segunda es la libia, mencionada por Eurípides en el prólogo de la “Lamia”. La tercera es la deifica, nacida en Delfos, sobre la que habló Crisipo en el libro “Sobre la Divinidad”. La cuarta es la itálica, de Cimeria de Italia, cuyo hijo fue Evandro, el que levantó en Roma el templo de Pan llamado Luperco. La quinta es la eritrea, que predijo acerca de la guerra de Troya y sobre la que nos da indicaciones Apolodoro Eritreo. La sexta es la samia, que tiene como nombre usual Fito, de quien escribió Eratóstenes. La séptima es la cumana (cimea), llamada Amaltea y también Erófile; por algunos, Taraxandra, y por Virgilio, “Deífobe, hija de Glauco”. La octava es la helespontica, nacida en la aldea de Marmeso, en los alrededores de la ciudad de Gergition, lo que era antaño la región de la Tróade, en tiempos de Solón y Ciro, según escribió Heráclides Póntico. La novena es la frigia. La décima, la tiburtina, llamada Abunea.
Dicen que la de Cumas presentó nueve libros de sus oráculos a Tarquinio Prisco, rey por entonces del Estado romano, pidiendo por ellos trescientos filipeos. Pero, como fue despreciada y no se le preguntó por su contenido, entregó al fuego tres de ellos. De nuevo, en una segunda audiencia del rey, le llevó los seis restantes, reclamando la misma suma. Pero, como no se le prestó atención, de nuevo quemó otros tres. Más adelante, al llevarle por tercera vez los tres restantes, se presentó exigiendo el mismo precio, con la amenaza de que, si no los aceptaba, también los quemaría. Dicen que entonces el rey los leyó y, asombrado, le dio por ellos cien filipeos, al tiempo que se interesaba por los otros. Ella le replicó que ni tenía copias de los ya quemados ni poseía tales conocimientos fuera del estado entusiástico, pero que a veces algunas personas de diferentes lugares y tierras habían seleccionado lo que les parecía necesario y útil, y que era preciso hacer una recopilación de ello. Pusieron inmediatamente manos a la obra y, en efecto, lo que había sido un don de Dios, aunque en verdad estuviera oculto en un rincón, no escapó a su atención. Los libros de todas las sibilas fueron depositados en el capitolio de Roma: los de la más antigua, la de Cumas, quedaron ocultos y no se transmitieron a muchos (toda vez que aquélla había proclamado de modo más particular y preciso lo que iba a acontecer en Italia), mientras que los de las demás se dieron a conocer a todos. Sin embargo, las prescripciones de la eritrea llevan el nombre que le corresponde a partir del lugar de procedencia, mientras que las demás no llevan supraescrito cuál es de cada una, sino que se encuentran dispuestas indistintamente.
Pues bien, Firmiano (= F. Lactancio) -filósofo no carente de cualidades y sacerdote del antedicho capitolio-, con la mirada puesta en nuestra luz eterna, Cristo, citó en sus propias obras lo que las sibilas habían dicho acerca de la gloria inefable, y puso en evidencia con habilidad la irracionalidad del error griego. Su vehemente exposición se publicó en lengua latina, mientras que los versos sibilinos lo fueron en la griega. Y para que esto no parezca carente de base, aportaré el testimonio del autor que acabo de mencionar con arreglo al siguiente tenor... [falta el texto latino]... toda vez que los oráculos sibilinos que se encuentran entre nosotros suelen ser poco apreciados entre los griegos que de ello entienden, por ser muy fáciles de hallar (pues lo raro parece valioso).
Además, dado que no todos los versos conservan la exactitud de la medida, resultan de escasa fiabilidad. Pero la culpa de ello es de los taquígrafos (que no podían ir a la velocidad del caudal de palabras o que incluso eran incultos) y no de la profetisa, pues, al tiempo que cesaba la inspiración, perdía la memoria de lo que había dicho. Pensando en ello, Platón escribió aquello de “se expresan correctamente sobre numerosos asuntos de envergadura, sin saber nada de lo que dicen” (Men. 99d).
Por todo ello, según dije, recopilaré cuanto pueda de lo que fue reunido en Roma por los embajadores. En efecto, acerca del Dios sin principio esto fue lo que (la sibila) cantó:
“Un único Dios existe, monarca de grandeza suprema, no engendrado.
Sólo hay un Dios único, el Altísimo, que creó el cielo, el sol, las estrellas y la luna,
la tierra fructífera y las olas del agua marina.
El solo es Dios creador no dominado en su dominio.
El fijó el molde de la forma y mezcló la naturaleza de todos los mortales, generador de vida”.
“Mezcló la naturaleza de todos”, en el sentido de que del costado del varón fue modelada la mujer y en el de que son padres al confundirse en una sola carne, y también en el sentido de que a partir de cuatro elementos contrarios entre sí creó el mundo que hay bajo el cielo, y al hombre.
LIBRO I(1) A partir de la primera generación de los mortales (2) hasta las últimas emitiré, una por una, profecías (3) de todo cuanto antes existió, cuanto existe y cuanto (4) existirá en el mundo por la impiedad de los hombres.
Creación de la tierra y del hombre (cf. Gn 1-2)(5) Primero me ordena Dios proclamar con precisión cómo se originó (6) el mundo. Y tú, taimado mortal, atiende (7) con sensatez, para que nunca descuides mis mandatos, (8) al excelso rey que creó el mundo todo (9) con sólo decir “hágase”, y fue hecho. Puso los cimientos de la tierra (10) sobre el Tártaro y él mismo le dio la dulce luz. (11) Extendió el cielo por encima y el glauco mar desplegó; (12) a la bóveda celeste le dio corona de brillantes astros (13) y adornó la tierra con plantas. Con el caudal de los ríos (14) llenó el mar y mezcló con el aire los vientos (15) y las nubes cargadas de rocío. También distribuyó otra raza, (16) los peces, en los mares, y entregó las aves a los vientos; (17) para los bosques fueron las fieras de cuello peludo, para la tierra las serpientes (18) reptiles. Y todo cuanto ahora se contempla, (19) Él lo hizo con su palabra y todo se originó (20) con rapidez y rigor. Él se había engendrado de sí mismo (21) y desde el cielo observaba; a la perfección iba quedando completado el mundo. (22) E inmediatamente después creó de nuevo una obra animada, (23) dando forma, a partir de su propia imagen, a un bello joven (24) divino, al que ordenó habitar en el paraíso (25) inmortal, para que se ocupara de sus hermosas creaciones.
Creación de la mujer (cf. Gn 2,18 ss.)(26) Sin embargo, él, solo en el fértil jardín del paraíso, (27) ansiaba hablar con alguien y deseaba contemplar otra imagen (28) como la que él tenía. Entonces Dios mismo arrancó (29) un hueso de su costado y formó a la amable Eva, (30) legítima esposa que le entregó (31) para cohabitar con él en el paraíso. Este, al verla, (32) gran admiración sintió de repente en su ánimo, gozoso. ¡Qué (33) imitación, copiada de sí mismo, contemplaba! Y respondía con sabias palabras (34) que fluían por sí solas, pues Dios había dejado todo dispuesto, (35) ya que ni la falta de dominio embotaba su mente ni sentía vergüenza, (36) sino que, en sus corazones, estaban lejos del mal (37) y como animales salvajes caminaban con sus miembros desnudos.
El pecado del hombre y la mujer. Sus consecuencias (cf. Gn 3)(38) Después Dios habló y les señaló un mandato: (39) no tocar el árbol; pero a ellos la maldita (40) serpiente les hizo creer con engaño que se apartarían del destino mortal (41) y adquirirían el conocimiento del bien y del mal. (42) Pero la mujer fue la primera que traicionó al hombre: (43) ella le dio a probar y le persuadió, ignorante, a errar. (44) Y él, convencido por las palabras de la mujer, se olvidó (45) de su creación inmortal y descuidó los sabios preceptos. (46) Por eso, a cambio del bien se ganaron el mal, según obraron. (47) Entonces, entrelazando hojas de dulce higuera, (48) improvisaron vestidos que se pusieron mutuamente (49) y cubrieron sus partes, porque les sobrevino la vergüenza. (50) El inmortal dejó caer sobre ellos su rencor y los arrojó fuera (51) del lugar de los inmortales, porque había quedado decidido (52) que permanecieran en mortal lugar, ya que no guardaron el precepto que escucharon (53) del gran Dios inmortal. (54) Estos, nada más salir de allí, inundaron la fértil tierra (55) con lágrimas y lamentos; después, (56) el Dios inmortal les dirigió más nobles palabras: (57) “Crezcan, multiplíquense y trabajen sobre la tierra (58) con sus recursos para que, con sudor, consigan alimento suficiente”. (59) Así dijo. Y al reptil causante del engaño le (60) hizo arrastrarse por la tierra sobre el vientre y el costado, (61) tras expulsarlo con amargura. Un terrible odio mutuo hizo caer (62) entre ellos: el uno procura salvar su cabeza, (63) el otro el talón, ya que la muerte ronda (64) cerca de los hombres y de los venenosos seres de viles intenciones.
El Hades. La primera raza(65) Entonces empezó a multiplicarse la raza humana, según ordenó (66) el propio Todopoderoso, y crecía (67) sin límites un pueblo sobre otro; construyeron casas (68) de todo tipo y hacían igualmente ciudades y murallas (69) bien y a conciencia; les concedió larga sucesión de días (70) para alcanzar grata vida, porque no morían (71) agobiados por las penas, sino como dominados por el sueño: (72) felices los mortales de gran corazón a los que amó (73) el rey salvador inmortal, Dios. (74) Pero también ellos pecaron al caer en la insensatez, porque impúdicamente (75) se reían de sus padres y a sus madres ofendían, (76) no reconocían a sus parientes y contra sus hermanos dirigían insidias. (77) Eran malditos, que obtenían satisfacción con la sangre de los mortales (78) y se dedicaban a las guerras. Pero sobre ellos llegó, (79) arrojado del cielo, el castigo final que arrancó de la vida (80) a los malvados. Los recibió a su vez Hades: (81) Hades le pusieron por nombre, ya que Adán fue el primero en llegar, (82) cuando hubo probado la muerte y la tierra lo ocultó. (83) Por eso todos los hombres nacidos sobre la tierra (84) es conocido que van a casa de Hades. (85) Sin embargo, todos éstos, aunque marcharon a la morada de Hades, (86) han alcanzado honra, porque fueron la primera raza.
La segunda raza(87) Pero después que a éstos hubo recibido, de nuevo, (88) de entre los hombres más justos que habían quedado, (89) creó otra raza muy variada, ocupados en (90) gratas obras y bellos trabajos, dotados de un altísimo respeto (91) y de una densa sabiduría; ejercieron (92) toda clase de oficios, pues hallaron soluciones para la falta de recursos. (93) Uno descubrió la forma de trabajar la tierra con los arados, (94) otro la carpintería, otro se ocupó de la navegación, (95) otro de la astronomía y la adivinación por auspicios, (96) otro de las pócimas medicinales, otro a su vez de la magia. (97) Unos practicaban un oficio, otros otro, según su particular interés; (98) eran los “despiertos voraces”, que tenían esa denominación (99) porque en sus mentes gozaban de una inteligencia insomne (100) y un cuerpo insaciable. Eran pesados y de gran talla; (101) sin embargo, fueron a parar a la terrible morada del Tártaro, (102) prisioneros de ataduras irrompibles, para pagar su pena (103) en la gehenna de violento y devastador fuego incansable.
La tercera raza(104) También después de éstos apareció de nuevo una tercera raza, con violento ánimo, (105) de hombres desmedidos y terribles, (106) que entre ellos provocaron numerosas desgracias. (107) Las luchas, las matanzas y las batallas (108) continuamente iban acabando con estos hombres de soberbio corazón.
La cuarta raza(109) Tras ellos, después de esto, llegó (110) otra raza posterior, más joven, criminal, de corto entendimiento, (111) de hombres de la cuarta generación, que hicieron verter mucha (112) sangre sin temor de Dios ni respeto a los hombres, (113) porque con vehemencia sobre ellos había caído (114) el rencor, que enloquece con su aguijón, y la impiedad dolorosa. (115) A unos las guerras, matanzas y batallas (116) les arrojaron al Erebo, por ser merecedores de lamento, (117) hombres impíos. A otros después, en su cólera, (118) Dios celestial los desplazó de su mundo (119) y los arrojó al Tártaro, en el fondo de la tierra.
La quinta raza(120) De nuevo otra raza mucho peor hizo después, (121) hombres para los que luego nada bueno (122) Dios inmortal creó, pues cometían muchas maldades, (123) ya que su soberbia era mucho mayor que la de aquellos (124) retorcidos Gigantes, dedicados a expandir despreciablemente injurias. (125) Sólo un hombre entre todos ellos fue justísimo y verdadero, (126) Noé, lleno de fe y dedicado a las buenas obras.
Noé recibe la palabra de Dios (cf. Gn 6)(127) Dios mismo le habló desde el cielo: (128) “Noé, fortalece tu cuerpo y (129) pregona el arrepentimiento entre todos los pueblos, para que se salven todos. (130) Pero si, con ánimo impúdico, de mí no se ocuparen, (131) toda su raza haré perecer en grandes inundaciones; (132) y a ti te ordeno preparar al punto, surgida de raíces sin sed, (133) una casa indestructible de madera. (134) Pondré inteligencia en tu corazón, y profundo arte (135) y medida en tu pecho; yo me ocuparé de todo, (136) de modo que te salves tú y cuantos contigo habitan. (137) Yo soy el que es, y tú medita esto en tu corazón: (138) en el cielo estoy inmerso, el mar me circunda, (139) mis pies están fijados en la tierra, alrededor de mi cuerpo se difunde (140) el aire y un coro de estrellas me rodea por doquier. (141) Nueve letras tengo; tetrasílabo soy; reconóceme. (142) Las tres primeras sílabas tienen dos letras cada una (143) y la otra las demás, y son consonantes las cinco. (144) De la suma total resultan dos veces ocho centenas, (145) tres treintenas y tres veces siete. Reconoce quién soy (146) y quedarás iniciado en mi sabiduría; serás hombre muy amado”.
Predicación de Noé(147) Así dijo, y él fue presa de un gran temor por lo que había escuchado. (148) Entonces después de meditar una por una estas palabras en su intelecto, (149) suplicaba a los pueblos. Comenzó con estas palabras: (150) “Hombres llenos de incredulidad, víctimas del gran aguijón de la locura, (151) no escaparán a Dios cuantas acciones cometieron, porque todo lo sabe (152) el inmortal Salvador que todo vigila; Él me mandó (153) que se los anunciara, para que no sean aniquilados por su extravío. (154) Sean cuerdos, arranquen de ustedes la maldad y no (155) luchen violentamente unos con otros con criminal corazón, (156) regando con sangre humana la tierra por doquier. (157) Veneren, mortales, al inconmensurable e inconmovible (158) creador celestial, Dios imperecedero, que habita en la bóveda celeste, (159) y suplíquenle a Él todos, porque está lleno de bondad; (160) a Él, sí, por la vida de las ciudades, por el mundo entero, (161) los cuadrúpedos y las aves, para que sea favorable a todos. (162) Puesto que llegará el día en que el mundo entero, inmenso por el número de hombres, (163) al perecer bajo las aguas gemirá con terrible canto. (164) De repente el aire se les mostrará agitado sin cesar (165) y la cólera del gran Dios caerá sobre ustedes desde el cielo; (166) así será, con certeza, cuando contra los hombres la dirija (167) el salvador inmortal, si no elevan a Dios sus súplicas (168) y se arrepienten desde ahora, y ya nunca más ninguno de ustedes comete contra el otro ninguna acción (169) hostil o mala sin atenerse a la justicia, (170) sino que lleva una vida piadosa”.
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(1) Seguimos, con algunas modificaciones, la versión castellana publicada en la obra de Alejandro Diez Macho (director), Apócrifos del Antiguo Testamento. Tomo III, Madrid, Eds. Cristiandad, 1982, pp. 265 ss. Usamos asimismo la numeración propuesta en esta traducción. El texto griego que hemos consultado es el editado por J. Geffcken, Die Oracula Sibyllina, Leipzig 1902, pp. 1 ss. (Die griechischen christlichen Schriftsteller der ernsten drei Jahrhunderte [=GCS]). La mayor parte de los subtítulos son nuestros.