La Virgen María y el Niño
El “Martirologio de Arnstein”
Hacia 1170-1180
Arnstein, Alemania
MontanistasInformación:
1325-
Oráculos: nada nos ha llegado de los numerosos escritos de Montano y de sus principales seguidores. Lo que queda de sus obras lo conocemos por vía indirecta, principalmente por Eusebio de Cesarea (ver más abajo), que es nuestra mejor fuente de información para el primer período del montanismo (fines del siglo II e inicios del III).
Escritores antiheréticosAnónimo antimontanista (hacia 192-193)Información:
1327-
Fragmentos contra los Montanistas; conservados por Eusebio de Cesarea en su “Historia Eclesiástica” (=HE). No se hallan aún disponibles en
Internet, por lo que los ofrecemos a continuación:
«Hace muchísimo y muy largo tiempo, querido Avircio Marcelo que tú me ordenaste escribir algún tratado contra la herejía de los llamados “de Milcíades”, pero hasta ahora en cierta manera me encontraba indeciso, no por dificultad en poder refutar la mentira y dar testimonio de la verdad, sino por temor de que, a pesar de mis precauciones, pareciera a algunos en cierto modo que yo agrego o sobreañado (cf. Ga 3,15) algo nuevo a la doctrina del “Nuevo Testamento”, a la que no puede añadir ni quitar nada quien haya elegido vivir conforme a este mismo Evangelio (cf. Ap 22,18-19).
Hallándome recientemente en Ancira de Galacia y comprendiendo que la iglesia local estaba aturdida por esta, no ya, como dicen ellos, nueva profecía, sino, más propiamente, según se demostrará, pseudoprofecía, en cuanto nos fue posible y con la ayuda del Señor, durante varios días. discutimos intensísimamente acerca de estos mismos hombres y sobre los puntos por ellos propuestos, tanto que la iglesia se llenó de gozo y quedó robustecida en la verdad, mientras que los contrarios eran rechazados por el momento y los enemigos abatidos.
En consecuencia, los presbíteros del lugar pidieron que les dejásemos alguna nota de lo que se había dicho contra los que se oponen a la doctrina de la verdad (cf. 2 Tm 2,25), hallándose también presente nuestro copresbítero Zotico, el de Otreno, pero nosotros no lo hicimos; en cambio, prometimos escribirlo aquí, Dios mediante, y enviárselo con toda presteza…
Ahora bien, su conducta y su reciente ruptura herética respecto de la Iglesia tuvieron como causa lo que sigue.
Se dice que en la Misia de Frigia existe una aldea llamada Ardabán. Allí es, dicen, donde un recién convertido a la fe llamado Montano, por primera vez, en tiempos de Grato, procónsul de Asia, dando entrada en sí mismo al enemigo con la pasión desmedida de su alma ambiciosa de preeminencia, quedó a merced del espíritu y de repente entró en arrebato convulsivo como poseso y en falso éxtasis, y comenzó a hablar y a proferir palabras extrañas, profetizando desde aquel momento en contra de la costumbre recibida por la tradición y por sucesión desde la Iglesia primitiva.
De los que en aquella ocasión escucharon estas bastardas expresiones, los unos, enojados con él por energúmeno, endemoniado, empapado en el espíritu del error y perturbador de las muchedumbres, lo reprendían y trataban de impedirle hablar, acordándose de la explicación y advertencia del Señor sobre estar en guardia y alerta con la aparición de los falsos profetas (cf. Mt 7,15); los otros, en cambio, como excitados por un espíritu santo y un carisma profético, y no menos hinchados de orgullo y olvidadizos de la explicación del Señor, fascinados y extraviados por el espíritu insano (cf. 1 Jn 4,6), seductor y descarriador del pueblo, lo provocaban para que no permaneciese ya más en silencio.
Con cierta maña, o mejor, con tales métodos fraudulentos, el diablo maquinó la perdición de los desobedientes y, honrado contra todo merecimiento por ellos, excitó e inflamó además sus mentes adormiladas, ya lejos de la fe verdadera, y así suscitó otras dos mujeres cualesquiera y las llenó de su espíritu bastardo, de manera que también ellas se pusieron a hablar delirando, a destiempo y de modo extraño, como el mencionado antes. El espíritu proclamaba bienaventurados a los que se alegraban y vanagloriaban en él y los henchía con la grandeza de sus promesas; a veces, sin embargo, por motivos supuestos y verosímiles, los condenaba públicamente con el fin de parecer también él capaz de argüir; pero, con todo, pocos eran los frigios engañados. El orgulloso espíritu enseñaba además a blasfemar contra la Iglesia católica entera que se extiende bajo el cielo, porque el espíritu pseudoprofético no había tenido ni honor ni entrada en ella.
Efectivamente, los fieles de Asia se habían reunido para esto muchas veces y en muchos lugares de Asia, y, después de examinar las recientes doctrinas. las declararon profanas y las rechazaron como herejía; de esta manera aquéllos fueron expulsados de la Iglesia y separados de la comunión…
Pues bien, puesto que nos llaman mataprofetas (cf. Mt 23,31) porque no admitimos a sus profetas charlatanes (dicen, efectivamente, que éstos son los que el Señor había prometido enviar a su pueblo [cf. Jn 14,26]), que ante Dios nos respondan: De los que comenzaron a hablar a partir de Montano y de las mujeres, ¿hay alguno, amigos, al que los judíos hayan perseguido o al que los criminales hayan asesinado? Ninguno. ¿Ni siquiera alguno de ellos fue apresado y crucificado por causa del nombre? (cf. 3 Jn 7). Tampoco, desde luego. ¿Ni siquiera alguna de las mujeres ha sido azotada en las sinagogas de los judíos y lapidada?
Ni en parte alguna, en absoluto. En cambio, se dice que Montano y Maximila terminaron con otro género de muerte. Efectivamente, es fama que éstos, por influjo del espíritu perturbador de la mente, que al uno y a la otra movía, se ahorcaron, aunque no a la vez, y que al tiempo de la muerte de uno y otra corrió abundante rumorea de que habían acabado y muerto de la misma manera que Judas el traidor (cf. Mt 27,5).
Como también es rumor insistente que aquel inefable Teodoto, el primer, digamos, intendente de su pretendida profecía, hallándose un día como levantado y alzado hacia los cielos, entró en éxtasis y se confió por entero al espíritu del engaño (cf. 1 Jn 4,6), y entonces, lanzado con fuerza, acabó desastrosamente. Al menos dicen que así fue.
Sin embargo, querido, no habiéndolo visto nosotros, pensamos que nada sabemos de ello; porque quizás haya ocurrido así, pero también quizás no han muerto así ni Montano ni Teodoto ni la susodicha mujer…
Y que el espíritu que obra por medio de Maximila no diga en el mismo libro de Asterio Urbano: “Me persiguen como a lobo lejos de las ovejas; yo no soy lobo, soy palabra y espíritu y poder” (cf. 1 Co 2,4), antes bien que demuestre claramente el poder que hay en el espíritu, que lo pruebe y que por medio del espíritu obligue a confesar a los que en aquella ocasión se hallaban presentes para examinar y para dialogar con el espíritu que hablaba, varones probados y obispos: Zotico, de la aldea de Cumana, y Juliano, de Apamea, cuyas bocas amordazaron los partidarios de Temisón, impidiendo así que refutaran al espíritu engañador y descarriador de pueblos...
¿Cómo no se ha evidenciado ya también esta mentira? Porque son ya más de trece años los transcurridos hasta hoy desde que murió aquella mujer y en el mundo no ha habido guerra, ni parcial ni general, sino que incluso para los cristianos la paz ha sido más permanente, por misericordia divina...
Ahora bien, cuando se los refuta con todo lo dicho y se ven apurados, intentan refugiarse en los mártires, diciendo que tienen muchos mártires y que esto es una garantía fidedigna del poder del espíritu que ellos llaman profético. Pero esto, al parecer, es de todo lo menos verdadero.
Efectivamente, de las otras herejías algunas tienen numerosísimos mártires, y no por esto vamos a prestarles asentimiento ni a confesar que poseen la verdad. Los primeros, al menos, los que se llaman marcionitas por seguir la herejía de Marción, también ellos dicen que tienen mártires innumerables, pero a Cristo mismo no lo confiesan conforme a la verdad…
Por lo cual, siempre que los fieles de la Iglesia llamados a dar testimonio de la fe conforme a la verdad se encuentran con algunos de los llamados mártires procedentes de la herejía catafriga, se apartan de ellos y mueren sin haber comunicado con ellos, porque no quieren prestar asentimiento al espíritu que se vale de Montano y de sus mujeres. Que esto es verdad y que, incluso en nuestros tiempos, ha ocurrido en Apamea, orillas de Meandro, se evidencia en los martirios de Cayo y Alejandro de Eumenia y de sus compañeros…
Esto encontré en una obra de las que atacan al escrito de Milcíades, nuestro hermano, escrito en que demuestra no ser necesario que un profeta hable en éxtasis, y me lo he resumido…
El falso profeta, en el éxtasis -al que siguen el descaro y la osadía-, comienza por voluntaria ignorancia y termina en demencia involuntaria del alma, según se ha dicho anteriormente.
Pero no podrán mostrar un solo profeta, ni del Antiguo ni del Nuevo (Testamento) que fuera arrebatado por el espíritu de esta manera, ni podrán gloriarse de Agabo (cf. Hch 11,28; 21,10-11), ni de Judas, ni de Silas (cf. Hch 15,22-27. 32; 18,5 ss.), ni de las hijas de Felipe (cf. Hch 21,8-9), ni de Amias de Filadelfia, ni de Cuadrato ni de ningún otro, si lo hay, porque nada tienen que ver con ellos...
Porque, si es como dicen, que después de Cuadrato y de Amias de Filadelfia, el carisma profético lo recibieron en sucesión las mujeres del séquito de Montano, que demuestren quiénes de entre ellos han sucedido a los discípulos de Montano y a sus mujeres, ya que el Apóstol sostiene que es necesario que el carisma profético subsista en toda la Iglesia hasta la parusía final (cf. Ef 4,11-13; 1 Co 1,7). Pero no podrán mostrar a nadie, a pesar de ser ya éste el decimocuarto de la muerte de Maximila» (HE V,16,3--17,4).
Apolonio (¿obispo de Asia, Éfeso, activo en torno al 196?)Información:
http://www.conoze.com/doc.php?doc=5476 (Quasten)
1328-
Contra los Catafrigas (Adversus Cataphrygas): obra de la que se conservan algunos fragmentos en la HE de Eusebio de Cesarea.
Como aún no están disponibles en
Internet los ofrecemos a continuación:
«Sus obras y su enseñanza muestran quién es este nuevo maestro (Montano). Éste es el que enseñó las rupturas de matrimonios, el que impuso leyes de ayunos, el que dio el nombre de Jerusalén a Pepuza y a Timio (ciudades éstas insignificantes de Frigia), que quería reunir allí a gente de todas partes; el que estableció recaudadores de dinero, el que inventaba la aceptación de donativos bajo el nombre de ofrendas, el que asalariaba a los heraldos de su doctrina (cf. 1 Co 9,14), con el fin de que la enseñanza de su doctrina se afirmase por medio de la glotonería...
Demostramos, por lo tanto, que estas primeras profetisas en persona son las que, desde el momento en que fueron llenas del espíritu, abandonaron a sus maridos. ¿Cómo, pues, trataban de engañamos llamando virgen a Priscila?...
¿No te parece que toda la Escritura prohíbe que un profeta reciba dones y dinero? Por lo tanto, cuando veo que la profetisa ha recibido oro y plata y vestidos suntuosos, ¿cómo no voy a rechazada?...
Pero aún: también Temiso, que envolvió su avidez con visos de aceptabilidad y que no soportó las insignias de la confesión [= el martirio], sino que depuso las cadenas a cambio de abundante dinero, cuando por todo esto debía humillarse, se las dio de mártir y, componiendo una “Carta católica”, a imitación del Apóstol, se atrevió a catequizar a los que eran mejores creyentes que él, a combatir con palabras vacías de sentido y a blasfemar contra el Señor, los apóstoles y la santa Iglesia…
Y para no hablar de los más, que nos diga la profetisa lo que hay de Alejandro, el que a sí mismo se llama mártir, con el cual ella banquetea y al que muchos incluso adoran. No es preciso que digamos los latrocinios y demás crímenes suyos por los que ha sido castigado: los conserva el opistodomo [= archivo].
¿Quién, entonces, perdona a quién de sus pecados? ¿Cuál de los dos: el profeta al mártir sus latrocinios, o el mártir al profeta su avaricia? Porque, teniendo dicho el Señor: “No posean ni oro, ni plata ni dos túnicas” (Mt 10,9-10), éstos han pecado haciendo todo lo contrario en lo que atañe a la posesión de estas cosas prohibidas. Efectivamente, vamos a demostrar que los llamados entre ellos profetas y mártires no solamente buscan el dinero de los ricos, sino también el de los pobres, de los huérfanos y de las viudas.
Si están seguros, que se planten aquí y se expliquen sobre estos puntos para que, en el caso de quedar convictos, en adelante dejen de prevaricar. Efectivamente, hay que examinar los frutos de los profetas, ya que por su fruto se conoce al árbol (cf. Mt 7,16; 12,33). Y para que cuantos lo deseen conozcan la historia de Alejandro, fue juzgado por Emilio Frontino, procónsul de Éfeso, no por causa del nombre [de Cristo], sino por los robos que había osado cometer, porque era ya un delincuente. Luego, añadiendo mentira a mentira en nombre del Señor, engañó a los fieles del lugar y fue puesto en libertad, y su propia comunidad de origen no lo recibió, por ser ladrón; los que quieran saber su historia tienen el archivo público de Asia.
El profeta no lo conoce, a pesar de convivir con él muchos años. Nosotros, desenmascarándole a él, por él ponemos en evidencia la naturaleza del profeta. Cosas parecidas podemos demostrar de muchos; y, si se atreven, que soporten la prueba…
Si por ventura niegan que sus profetas han recibido regalos, que admitan esto: si se les prueba que los han recibido, no son profetas, y nosotros aduciremos pruebas de ello a miles. Es preciso comprobar todos los frutos del profeta. Un profeta, dime, ¿se tiñe los cabellos? Un profeta, ¿se pinta de negro cejas y pestañas? Un profeta, ¿es amigo de adornos? Un profeta, ¿juega a tableros y dados? Un profeta, ¿presta dinero a interés? Que confiesen si está permitido esto o no, que yo demostraré que entre ellos se ha dado» (HE V,18,2-11).
Continuación