San Juan Bautista y
San Juan Evangelista
Salterio con Cánticos
Hacia 1246-1260
St. Albans (Inglaterra)
Anónimo a Diogneto (190/200?)
1112-
Epístola a Diogneto
Hermias (hacia el año 200)1113-
Sátira (o Escarnio) de los filósofos paganos (Gentilium philosophorum irrisio).No se ha encontrado en Internet este texto en castellano, por lo que lo ofrecemos a continuación.
HERMIAS, SÁTIRA (O ESCARNIO) DE LOS FILÓSOFOS PAGANOS(1)
Del filósofo Hermias. Sátira a propósito de los que no son nuestros filósofos
Origen de la sabiduría profana1. El bienaventurado apóstol Pablo, escribiendo a los corintios que habitan la Laconia en Grecia, dijo: “Queridísimos, la sabiduría de este mundo es necedad delante de Dios” (cf. 1 Co 3,19). Y no hablaba irreflexivamente, porque a mi parecer la sabiduría de este mundo tuvo su origen en la apostasía de los ángeles, y ésta es la causa por la que los filósofos exponen sus doctrinas sin estar concordes ni acordes entre sí.
Las opiniones sobre la esencia del alma2. Es así que entre ellos, unos dicen que el alma es fuego; otros, aire; otros, inteligencia; otros, movimiento; otros, una exhalación; otros, energía que emana de los astros; otros, número que mueve; otros, agua fecundante; otros, elemento o un compuesto de elementos; otros, armonía; otros, sangre; otros, espíritu; otros mónada, y los antiguos dicen que está hecha de elementos contrarios. Cuántas palabras se han dicho sobre el tema, cuántas argumentaciones, cuántos razonamientos que son de sofistas en disputa los unos con los otros, que discuten por discutir, en vez de buscar la verdad.
Desacuerdo en torno a la naturaleza del alma3. Pero pase que no estén de acuerdo sobre la esencia del alma… si en todo lo demás que sobre ella han dicho lo afirman con unanimidad. Pero es el caso que sobre el (placer) del alma, por ejemplo, algunos dicen que es un bien; otros, un mal; otros, algo intermedio entre el bien y el mal. En cuanto a su dolor, uno la califica de bueno; otro, de malo; un tercero, entre ambos. Sobre su naturaleza, hay quienes la hacen inmortal; otros, mortal; otros, que permanece un poco de tiempo; otros, que se pasa a una animal salvaje; otros, que se disuelve en los átomos; otros, que se reencarna por tres veces; otros limitan su vida a un período de tres mil años. ¡Cómo los que no viven ni cien años hacen promesas de tres mil años por venir!
No se puede encontrar entre los filósofos paganos la verdad4. Ahora bien, ¿cómo llamar a todo esto? A mi parecer, charlatanería, o insensatez, o locura, o disensión, o todo esto a la vez. Si han hallado alguna verdad, que concuerden en un pensamiento común, o que se pongan de acuerdo y yo les daré con gusto mi asentimiento. Pero si tiran del alma y la arrastran unos a una naturaleza y otros a otra, unos a una sustancia y otros a otra, y la transforman de materia en materia, confieso que me siento molesto por este flujo y reflujo. Hay un momento en que soy inmortal y me alegro; al poco rato, me convierto en mortal y rompo en llanto; luego me disuelvo en átomos, me convierto en agua, me convierto en aire, me convierto en fuego; poco después, ya no soy ni aire, ni fuego, sino que me hacen una fiera, me hacen un pez; de nuevo tengo por hermanos a los delfines. Cuando me miro a mí mismo, me da miedo de mi cuerpo y no sé cómo llamarlo: hombre, perro, lobo, toro, pájaro, serpiente, dragón, quimera. Porque los filósofos me transforman en toda especie de animales salvajes, en animales terrestres, acuáticos, alados, multiformes, salvajes, domésticos, mudos, canoros, irracionales, racionales. Tan pronto nado como vuelo, me arrastro, corro, me siento. E incluso Empédocles me hace una zarza.
Atrevimiento de los filósofos5. Ya que los filósofos no han sido capaces de hallar de modo unánime (la naturaleza) del alma del hombre, mucho menos iban a afirmar la verdad acerca de los dioses y el mundo. Y ciertamente han tenido este atrevimiento, por no llamarle necedad. Puesto que quienes no han sido capaces de descubrir la naturaleza de su alma, buscan definir la de sus dioses; los que no conocen su propio cuerpo, investigan curiosamente la naturaleza del mundo.
Anaxágoras y Parménides6. El caso es que acerca de los principios de la naturaleza se oponen los unos a los otros. Cuando encuentro a Anaxágoras me da esta lección: “El espíritu es el principio de todas las cosas, es la causa y el señor del universo; el que pone orden en lo desordenado, movimiento en lo inmóvil, distinción en lo confuso, y organiza lo desorganizado”. Al hablar así Anaxágoras, yo le cobro cariño y me adhiero a su enseñanza; pero frente a él se levantan Meliso y Parménides. Parménides incluso con versos poéticos proclama que la esencia es una, eterna, infinita, inmutable y en todo idéntica a sí misma; y sin saber cómo, me paso a mi vez, a esta creencia: Parménides ha expulsado de mi mente a Anaxágoras.
Anaxímenes7. Pero cuando me figuro poseer un dogma inmóvil, Anaxímenes interviene gritando: “Pero yo te digo: el todo es aire, y éste, espesándose y condensándose, se convierte en agua y tierra, enrareciéndose y difundiéndose, se convierte en éter y fuego, pero cuando retorna a su propia naturaleza, se enrarece, porque si se espesase, dice él, sería expulsado…”. También con esto me acomodo y me hago amigo de Anaxímenes.
Empédocles8. Pero ya está ahí, frente por frente, Empédocles bramando y voceando a todo pulmón desde el Etna: “Los principios de todas las cosas son odio y amor, éste que une, aquél que separa, y la contienda entre los dos lo hace todo. Yo los defino como semejantes y desemejantes, infinitos y finitos, como eternos y que empiezan”. ¡Bravo, Empédocles! Estoy dispuesto a seguirte hasta el cráter mismo del volcán.
Protágoras9. Pero ya está ahí Protágoras, tirándome hacia otra parte, cuando dice: “La medida y el criterio de las cosas es el hombre; lo que cae bajo los sentidos es la realidad, y lo que no cae no tienen ningún género de existencia”. Halagado por este razonamiento, me gusta Protágoras, pues todo o casi todo lo somete al hombre.
Tales y Anaximandro10. Pero por otro lado, Tales con un signo de cabeza afirmativo me indica la verdad, definiendo el agua como el principio de todo. Del elemento húmedo se compone todo, en lo húmedo se disuelve y la tierra se sostiene sobre el agua. ¿Por qué, pues, no creer a Tales, el más anciano de los jonios? Pero su conciudadano Anaximandro afirma que el movimiento perpetuo es principio mas antiguo que lo húmedo, y que por él unas cosas son engendradas y otras perecen. Habrá, entonces, que dar fe a Anaximandro.
Continuación
(1) Cf. Padres Apostólicos y Apologistas Griegos (S. II). Introducción, notas y versión española por Daniel Ruiz Bueno, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, pp. 1505 ss. (BAC 629); y sobre todo la introducción (fundamental) y edición publicada en la colección Sources Chrétiennes, n. 388, Paris, Eds. Du Cerf, 1993 (introducción: pp. 9 ss.; texto: pp. 96 ss.). Los subtítulos son nuestros.