Monasterio Santa María de Los Toldos

DOMINGO 14º
«Jesús dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”» Mt 11,25-30

«La práctica de la sabiduría cristiana no consiste en la abundancia de las palabras, ni en la sutileza de los razonamientos, ni en el deseo de alabanza y gloria, sino en la verdadera y voluntaria humildad que, desde el seno de su madre hasta el suplicio de la cruz, nuestro Señor Jesucristo eligió y enseño como plenitud de la fuerza. Un día que sus discípulos, según cuenta el evangelista, andaban preguntándose, quién era el mayor en el Reino de los Cielos, él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Yo les aseguro: si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Así, pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt 18,1-4). (...)
Pero para que nos hagamos capaces de comprender cómo es posible conseguir una conversión tan admirable, y por medio de qué transformación hemos de llegar a una actitud de niños, dejemos que san Pablo nos instruya y nos diga: No sean niños en juicio. Sean niños en malicia (1 Co 14,20). No se trata de que volvamos a los juegos de la infancia, ni a las torpezas de los comienzos, sino a adquirir algo que conviene a los años de madurez, es decir la tranquilización rápida de las agitaciones interiores, la inmediata vuelta a la calma, el total olvido de las ofensas, la completa indiferencia a las honras, la sociabilidad, el sentimiento de igualdad natural... Esta es la forma de humildad que nos enseña el Salvador...
Que los fieles amen pues la humildad y se guarden de todo orgullo, que cada cual anteponga el prójimo a sí mismo y que nadie busque su propio interés sino el de los demás (1 Co 10, 4). Así, cuando todos estén colmados de sentimientos de benevolencia, el veneno de la envidia desaparecerá por completo, porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado (Lc 14,11). Lo dice el mismo Jesucristo que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén»(1).

EL PORTAL DE LA HUMILDAD

Para poder ingresar en el Reino de Dios, se hace necesario atravesar el portal de la humildad. Nadie que carezca de esta virtud evangélica podría alabar a Dios en espíritu y en verdad.
Cuentan que fueron a preguntarle a un viejo monje de gran cultura: cómo era posible que siendo un hombre de tanta ilustración, consultara sobre sus asuntos personales, a un paisano ignorante. El anciano les respondió: “Es verdad, conozco muchas cosas, pero todavía no he llegado a aprender el ABC del alfabeto de este campesino”.
La sabiduría de los sencillos nos introduce en el secreto de la filiación. Esta consiste en abandonarse en el corazón del Padre. El niño vive de la confianza; y reconoce instintivamente la voz y el rostro de quienes no lo habrán de defraudar. “No pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre” (Sal 131,1-2).
En ciertos lugares de latinoamérica se trabaja todavía con los bueyes, y estos son muy valorados por los campesinos; casi más que los caballos. Los bueyes reconocen al que los adiestra por sus silbidos, y saben que difícilmente los castiga. Pero hay algo más importante aún, el tema del yugo. Tal vez muchos puedan pensar que el yugo aprieta y lástima a animales tan mansos y pacientes. Por el contrario, les calza de tal manera que les permite realizar su trabajo sin molestias.
Algo semejante ocurre con el yugo de Jesús. A cada uno su propio yugo, que le ayuda a cargar su cruz. Si se la carga con amor y con la mirada puesta en el rostro del crucificado, se nos abrirán las puertas de un Reino, que Cristo ha prometido a los pobres de espíritu. “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra” (Mt 5,4).
[1] San León Magno, Sermón 7 para la Epifanía, 3-4; PL 54,258-259 (trad. en: Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Editorial Apostolado de la Prensa, 1973, B 15). León, que ostenta el título de Grande (Magno), sobre todo por su contribución teórica y práctica al afianzamiento del primado de la Sede Apostólica romana, fue Papa de Roma entre 440 y 461, en el momento histórico en que el Imperio Romano se quebraba en Occidente ante el empuje de las invasiones bárbaras. León habría nacido en Toscana (¿o Roma?), hacia el fin del siglo IV. Antes de ser obispo de Roma ocupó una posición importante durante el pontificado de sus predecesores. León fue ante todo obispo de Roma y, por medio de sus frecuentes sermones dirigidos tanto al clero como al pueblo, buscó introducir a su comunidad en la celebración de los misterios de Cristo, proponiéndole la vivencia sincera de la vida bautismal, a la vez que procuró preservar a sus fieles de las herejías y los errores provenientes del paganismo. Después de veintiún años de pontificado arduo y difícil, murió el 10 de noviembre de 461. Nos legó 97 sermones y 173 cartas.

Publicado el 07/06/2008