«Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. “Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?”. Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”» Mt 16, 13-19
“Nos regocijamos, amados hijos, celebrando el recuerdo e invocando la protección de todos los santos que Dios nos ha dado, como ejemplos de paciencia y como apoyos de nuestra fe. Pero debemos gloriarnos especialmente de la eminente gloria de estos dos apóstoles que fueron sus padres. La gracia de Dios los ha elevado tan alto entre todos los miembros de la Iglesia, que en este cuerpo, cuya cabeza es Cristo, a ellos los podemos comparar con la luz de los dos ojos. Al pensar en sus méritos y en sus virtudes, que superan todo lo que uno pudiera decir de ellos, no debemos preferir el uno al otro, ni separarles. Porque una misma elección los ha hecho iguales, una misma tarea los ha hecho semejantes, el mismo fin los ha reunido. Como ya hemos experimentado nosotros, y como nuestros predecesores lo han testimoniado, creemos y esperamos que las oraciones de estos dos insignes protectores nos obtendrán la misericordia de Dios en medio de las pruebas de esta vida; de este modo, mientras nos aplasta el peso de nuestros pecados, nos levantaremos por los méritos de estos apóstoles”(1).
DOS ROSTROS DE IGLESIAEsta fiesta que celebramos como iglesia nos invita a contemplar el perfil espiritual de los santos Pedro y Pablo, pilares de nuestra fe cristiana.Son dos rostros sugestivos, auténticos intérpretes de una experiencia afirmada en una fe común: Jesucristo es El Señor.Pedro el referente, piedra, mojón y punto de reparo de nuestra fe: “Señor, nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,69). Pablo el interlocutor válido, que con la espada de la Palabra, interpela a la humanidad, desafiándola a encontrarle un sentido a la vida y a la muerte.“Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor” (Rm 14,7-9). Sin embargo no podemos ignorar que estos grandes apóstoles, estaban dotados de una fuerte personalidad. Los enfrentamientos que vivieron, fueron lógica consecuencia de sus historias diferentes y de sus propias limitaciones. Por eso se hace necesario no “idolizar” a los santos, y tener siempre en cuenta, que la unidad no está reñida con la complementariedad y con un sano disenso. Siempre y cuando se respete el viejo dicho eclesial que se viene repitiendo desde la antigüedad: “En lo esencial la unidad, en lo accidental, la libertad, y en todo, la caridad”.
[1]
San León Magno,
Sermón 82,6-7; PL 54, 426-428 (trad. en:
Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, N 2). León, que ostenta el título de Grande (Magno), sobre todo por su contribución teórica y práctica al afianzamiento del primado de la Sede Apostólica romana, fue Papa de Roma entre 440 y 461, en el momento histórico en que el Imperio Romano se quebraba en Occidente ante el empuje de las invasiones bárbaras. León habría nacido en Toscana (¿o Roma?), hacia el fin del siglo IV. Antes de ser obispo de Roma ocupó una posición importante durante el pontificado de sus predecesores. León fue ante todo obispo de Roma y, por medio de sus frecuentes sermones dirigidos tanto al clero como al pueblo, buscó introducir a su comunidad en la celebración de los misterios de Cristo, proponiéndole la vivencia sincera de la vida bautismal, a la vez que procuró preservar a sus fieles de las herejías y los errores provenientes del paganismo. Después de veintiún años de pontificado arduo y difícil, murió el 10 de noviembre de 461. Nos legó 97 sermones y 173 cartas.