«Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los Judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”» Jn 20,19-23.
«Es necesario comprender que el Espíritu Santo es aquel por quien el amor ha sido derramado en nuestros corazones (
Rm 5, 5). Pues bien, dado que el amor debía reunir a la Iglesia de Dios por todo el universo, el don de hablar todas las lenguas, que entonces se otorgaba a un solo hombre, receptor del Espíritu Santo, se da a la Iglesia entera, que, reunida por el Espíritu Santo, habla ahora todas las lenguas. De ahí que, si se pregunta a uno de nosotros: “Tú has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué, pues, no hablas todas las lenguas?”, deberá responder: “Es verdad que hablo todas las lenguas, puesto que yo formo parte del cuerpo de Cristo, la Iglesia, que habla todas las lenguas”. Y efectivamente, ¿qué otra cosa ha querido Dios darnos a entender con la presencia de su Espíritu Santo, sino a su Iglesia destinada a hablar todas las lenguas?...
Celebren, pues, este día como los miembros del único cuerpo de Cristo. Porque no lo celebrarán en vano, si ustedes mismos son aquello que se celebra: si están todos juntos unidos en esta Iglesia que Dios llenó con su Espíritu Santo y que reconoce como suya, al mismo tiempo que ella le reconoce y se extiende por el mundo. A ustedes, establecidos por todas las naciones; a ustedes, es decir, a la Iglesia de Cristo, a los miembros de Cristo, a la Esposa de Cristo, el Apóstol dice: Sopórtense en el amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (
Ef 4,2-3). Fíjense bien: ha puesto la caridad allí donde nos manda soportarnos mutuamente; y donde habla de la esperanza de la unidad, muestra el vínculo de la paz. Tal es la casa de Dios, integrada por piedras vivas, donde este padre de familia desea habitar: la ruina de la división no debe ofender sus ojos»(1).
EL BESO DE FUEGOPara el evangelista Juan, el Espíritu Santo, es claramente Alguien; es una persona, y esa Persona es la tercera de la Santísima Trinidad.En la solemnidad de Pentecostés, el soplo del Espíritu ocupa el papel protagónico. Con rumor de aguas vivas, agita el agua bautismal depositada en la cisterna de nuestros corazones. Saciando así, la sed de oración que sentimos los que, sabiéndonos hijos en el Hijo, necesitamos invocar a Dios como Padre.Los hombres solemos olvidar fácilmente las enseñanzas evangélicas recibidas, y nos cuesta testimoniarlas con la homilía de nuestras vidas. El Espíritu de la Verdad, comportándose como la memoria activa de Dios, viene en nuestra ayuda para curar nuestros olvidos.La perfección de la ley de Cristo es el amor. Por esta razón, los monjes de la antigüedad, insistían en que para llegar a ser plenamente monje, había que convertirse en fuego, como la zarza ardiente de Moisés.El Espíritu Santo es el Amor convertido en un beso espiritual de fuego. Él nos impulsa a los cristianos, en todo momento y desde cada vocación, a colaborar activamente en la anhelada construcción de la civilización del amor.“Espíritu por el que he conocido a Dios, tú eres Dios y me haces Dios; ven, a suscitar nuestra oración” (Gregorio Nacianceno).
[1]
Fulgencio de Ruspe,
Sermón sobre Pentecostés, 2-3; PL 65,743-744; trad. en:
Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, H 2. Fulgencio nació en el 467 en Telepte (África Bizacena). Su madre viuda Mariana le proporcionó una educación completa, que comprendía también el conocimiento del griego. Pero después de unos años dedicados a la administración del patrimonio familiar, a pesar de la hostilidad de su madre, entró en un monasterio. La persecución anticatólica de los vándalos le obligó a cambiar varias veces de residencia y en cierta ocasión fue duramente golpeado por orden de un sacerdote arriano. Decidió irse con los monjes de Egipto, pero en Sicilia desistió de este propósito y se dirigió a Roma (500). Volvió a la vida monástica en África y a pesar de sus resistencias no pudo evitar un compromiso eclesial más directo: fue ordenado sacerdote y luego obispo de Ruspe (Bizacena) en el 507 y desterrado con otros miembros del clero católico a Cerdeña. Su prestigio doctrinal era grande y en el 515 el rey Trasamundo lo llamó a su lado a Cartago para discutir con él, aunque poco después lo despidió a Cerdeña debido a la actividad antiarriana que desarrollaba Fulgencio. Volvió a África al morir Trasamundo (523) y pasó sus últimos años dedicado a escribir y a la actividad pastoral. Murió el 1° de enero del 532. La atribución del Sermón sobre Pentecostés a Fulgencio es dudosa.