Monasterio Santa María de Los Toldos

DOMINGO SEXTO DE PASCUA
«En aquel tiempo dijo Jesús: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece en ustedes y estará con ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y ustedes también vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” Jn 14,15-21

“Después que el hombre, creado en el principio por Dios y puesto en el Paraíso, hubo transgredido el mandamiento, fue sometido a la ruina y a la muerte. Luego, a pesar de ser guiado por la variada providencia de Dios de generación en generación, siguió progresando en el mal y, por las diversas pasiones de la carne fue llevado a desesperar de la vida. Por esto el Hijo unigénito de Dios, el Lógos (la Palabra) de Dios Padre, anterior al tiempo, la fuente de vida y de la inmortalidad, se nos manifestó a los que yacíamos en tinieblas y en la sombra de la muerte (Is 9,2; Mt 4,16) y, encarnándose del Espíritu Santo y de la Santa Virgen, nos mostró la conducta de la vida divina, dándonos los santos mandamientos, prometiendo el Reino de los Cielos a aquellos que viviesen de acuerdo con estos, y el castigo eterno a los transgresores. Y, sufriendo la Pasión salvífica y resucitando de entre los muertos nos concedió la esperanza de la resurrección y de la vida eterna, liberándonos, por medio de la obediencia, de la condena del pecado original, anulando con la muerte, el poder de la muerte (Hb 2,14), para que, así como todos mueren en Adán, de esa manera todos sean vivificados en él (1 Co 15,24). Y subiendo a los cielos, sentándose a la derecha del Padre, envió al Espíritu Santo como prenda de Vida, para iluminación y santificación de nuestras almas y para el auxilio de los que, a causa de su propia salvación, luchan por observar sus mandamientos”(1).

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

Sólo en los escritos de san Juan encontramos el término: Paráclito; y con tres significados distintos: los de abogado, testigo y maestro de interioridad. Es que la misión que le ha encomendado el Padre al Espíritu Santo, es la de ser testigo de la Verdad de Cristo, que en realidad fue el primer Paráclito.
La interiorización del Espíritu de la Verdad, es más que necesaria en un mundo descreído e indiferente, que pone todo en tela de juicio y no acepta al mensaje de Cristo.
En este contexto, el Espíritu Santo nos da la fuerza y la sabiduría necesarias para poder ser testigos de la verdad, y no perder el rumbo en estos tiempos de crisis de valores y de deterioro de la trama moral social.
Nos encontramos con un mundo que nos pregunta con sonrisa escéptica, sin siquiera esperar una respuesta: “¿Qué es la verdad?”. Pero nosotros respondemos, que ignorar el contenido de la verdad, es arriesgar ponerla al servicio de la mentira.
La verdadera libertad consiste en permanecer constantemente en Dios. Y si Cristo es la Verdad, él es el único que puede hacernos auténticamente libres. Libres para servir a los demás.
Cuando olvidamos la verdad evangélica, corremos el peligro de perder la libertad de espíritu de los hijos de Dios. Dando un paso atrás, pasaremos del servicio a los hermanos, a la servidumbre de los esclavos.
Entonces sí, tendríamos que repetir la exclamación de aquella mujer víctima de la guillotina: “¡Ay libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.
[1] San Máximo el Confesor, Diálogo ascético, 1 (trad. de P. Árgarate). Máximo nació el 579/580 en Palestina, hijo de un samaritano y de una esclava persa bautizados por un sacerdote de la región del Golán. Recibió el nombre de Moschion y a los diez años fue encomendado al abad Pantaleón del monasterio de San Garitón, que le impuso el nombre de Máximo y lo encaminó al estudio de Orígenes. Huyendo de Jerusalén el 614 ante la invasión persa, se refugió en Cízico, cerca de Constantinopla, y entabló estrechas relaciones con la corte imperial, especialmente por mediación de su discípulo Anastasio. Hacia el 626 empujado por las invasiones de persas y ávaros, Máximo se refugió en África. Poco antes del 647 Máximo llegó a Roma y aquí tomó parte, el 649, en el concilio Lateranense convocado por el papa Martín I en defensa de las dos voluntades en Cristo contra el edicto del emperador Constante II, quien para sedar los ánimos había prohibido toda discusión sobre el debatido problema cristológico. Volvió a Constantinopla el 653, donde fue arrestado, procesado y, el 654, condenado a exilio temporal a Byzia en Tracia. El 655 murió en exilio el papa Martín I y Máximo, no contando con el apoyo de sus sucesores los papas Eugenio y Vitaliano, sufrió un segundo proceso el 622, en el que, con su discípulo Anastasio, fue condenado a la pena iraní de la mutilación de la lengua y de la mano derecha, por ser éstos los órganos con que se había opuesto al edicto imperial, y le fue intimado definitivamente el exilio a Lazika, en la lejana Cólquida, a orillas del Mar Negro, donde murió acabado por los sufrimientos el 13 de agosto del mismo año 662. De Máximo se han conservado unos 90 escritos.

Publicado el 21/04/2008