Monasterio Santa María de Los Toldos

DOMINGO 34 DURANTE EL AÑO

Crucifixión
Duccio di Buoninsegna
1308-1311
Museo dell'Opera del Duomo
Siena (Italia)

«En aquel tiempo el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el Rey de los Judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el Rey de los Judíos”.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios?, tú que sufres la misma pena que él?  Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”» Lc  23, 35-43

«El Salvador es múltiple, según lo que es necesario a cada uno: para los que tienen necesidad de alegría es la Viña (Jn 15,1); para los que tienen necesidad de entrar es la Puerta (Jn 10,7); y para los que tienen necesidad de ofrecer oraciones es el Sumo Sacerdote mediador (Hb 7,26).
También es Oveja (Hch 8,32) para los que tienen pecados, para que sea degollada en favor de ellos. Se hace todo a todos (1 Co 9,22), permaneciendo siempre el mismo que es. Permaneciendo y teniendo verdaderamente la invariable dignidad de Hijo, como médico excelente y maestro compasivo, se somete a nuestras mismas debilidades. Siendo Señor en verdad y no adquiriendo el señorío por promoción, sino teniendo la dignidad de Señor por naturaleza, y no llamado Señor en forma amplia como nosotros, sino siendo Señor en verdad, por designio del Padre, domina sobre todas las obras que él mismo ha creado.
 Nosotros dominamos sobre hombres que tienen nuestra misma dignidad y nuestras mismas pasiones, y muchas veces sobre personas que tienen mayor edad, ya que muchas veces un patrón joven manda sobre sirvientes ancianos. Pero en Nuestro Señor Jesucristo el mandato no se presenta de esta manera, porque primero es Creador y luego Señor. Por voluntad del Padre, primero hizo todas las cosas, y después gobierna sobre las cosas hechas por él mismo»(1).

UN DISCURSO PROGRAMÁTICO

La realeza hoy en día no goza de mucho prestigio y no tiene demasiados seguidores. Entonces, ¿qué significado guarda para nosotros, la fiesta de Cristo Rey, que la iglesia celebra con tanta solemnidad, al concluir cada año litúrgico?Debemos ser sinceros en reconocer que el término rey, todavía nos recuerda épocas pretéritas, en la  que la monarquía se ejercía con un poder absoluto, entre pompas y circunstancias.Pero para nosotros los cristianos, adquiere otro significado y resonancia. La realeza de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, está en función de hombres libres, y al servicio del amor. Tanto es así, que desde antiguo, venimos repitiendo  el conocido dicho: “servir es reinar”.Sin embargo, el poder y la gloria de Cristo, el Hijo de Dios, se manifiesta prioritariamente, en su autoridad para perdonar el pecado del hombre y en la promesa de garantizarle la participación en su reinado.
De este modo, en el evangelio de Lucas, entronizado en el leño de la Cruz, Jesús da a conocer en su “discurso programático”, que ha venido al mundo sólo para aquellos que no se consideran dignos del Reino.La Iglesia es el cuerpo de Jesucristo, y los autosuficientes rechazan y se escandalizan ante el misterio de la encarnación. Sólo un ladrón reconoció en este hombre crucificado a su lado, al Señor de la Gloria.

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[1] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis X,5 (trad. de L. H. Rivas en San Cirilo de Jerusalén. Catequesis, Buenos Aires, Eds. Paulinas, 1985, pp. 124-125 [Col. Orígenes cristianos, 2]). Se ignora la fecha de su nacimiento, probablemente en los años 314 ó 315. Cirilo debe haber nacido en la misma ciudad de Jerusalén o en sus alrededores. Pertenecía al clero de la diócesis de Jerusalén. En el año 343 fue ordenado presbítero por Máximo, el obispo de Jerusalén que lo hizo su colaborador. Desempeñaba su ministerio sacerdotal en la Iglesia de Jerusalén cuando en el año 348 fue elegido obispo de esa misma Iglesia. Tres veces debió abandonar su sede episcopal para marchar al destierro. La primera vez fue en el año 357, cuando un concilio reunido en Jerusalén por el obispo Acacio y compuesto por arrianos lo privó de su sede y lo envió al destierro. Nuevamente fue desterrado en el año 360, pero también por poco tiempo. En el año 367 lo desterró el emperador Valente, y esta vez su alejamiento se prolongó por unos once años, regresando a Jerusalén recién en el año 378. Después del retorno de su último destierro participó en el Segundo Concilio Ecuménico, el II de Constantinopla. Murió en su sede en el año 386. Tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente celebran su fiesta el 18 de marzo, que es el día de su fallecimiento. Además de las Catequesis, su obra principal, se conservan una carta al emperador Constancio y una homilía sobre el paralítico de Juan 5 (Rivas, op. cit., pp. 5-6).

Publicado el 30/10/2007