La adoración de los Magos
Siglo III o IV
Sarcófago de Flavio Julio Catervio
Tolentino, catedral
Italia
Cipriano de Cartago (+258)[1]
Permanece hipotética la reconstrucción de los años anteriores al episcopado. Se convirtió hacia el 246 (ver
Ad Donatum), siendo decisiva en esta etapa la intervención del presbítero Ceciliano. Bastante pronto recibe la ordenación sacerdotal, habiendo renunciado previamente a su patrimonio personal.
En el año 249 es elegido obispo de Cartago, despertando la envidia de varios candidatos que se creían con más derecho al cargo. Casi inmediatamente se verá envuelto en todas las vicisitudes que plantea a su comunidad la persecución de Decio (250-251). Sobre todo lo preocupan fuertemente el problema de la reconciliación de los apóstatas y los cismas y discusiones que nacen de dicha situación.
En el año 252 otra gran preocupación: una peste que disturba y asola a sus ovejas. Cipriano se entrega para aliviar el sufrimiento del pueblo de Dios que le ha sido confiado.
A partir del año 255 Cipriano se ve envuelto en una polémica con Esteban, obispo de Roma, por causa del bautismo de los herejes. La discusión alcanzará su punto culminante en el concilio celebrado el lº de septiembre del año 256, en Cartago; donde se sanciona la tesis de Cipriano: los herejes que vienen a la Iglesia deben ser bautizados, salvo el caso de que hayan recibido dicho sacramento antes de pasar a la herejía o al cisma. La persecución de Valeriano (257-258) impide que se arribe a una situación crítica en la relación entre el papa Esteban y Cipriano. Ambos obispos mueren mártires en ella: Cipriano es martirizado el 14 de septiembre del año 258.
Cipriano es un obispo de gran rectitud y firmeza de carácter. Disponible y generoso para con los demás, fue siempre fiel a sus deberes de obispo y a su compromiso cristiano. Conoce sólo dos maestros: la Sagrada Escritura y Tertuliano. Pero a los dos los conoce bien: son su lectura diaria. Renuncia, pues, a las lecturas profanas y se entrega a estos “faros” con un abandono que tiene visos de control ascético.
Durante su episcopado Cipriano, arrancando desde una situación de caos y de enormes dificultades, consigue lograr la unidad en su diócesis. No lo atemorizaron persecuciones, pestes y controversias: al fin consiguió superar todos los obstáculos y logró muy especialmente, afianzar no sólo su diócesis sino también la unidad de la iglesia del África romana.
Las obras de san Cipriano De modo sintético intentaremos presentar todas las obras que han llegado hasta nosotros. Para facilitar su ubicación las damos en orden cronológico, así se pueden poner en relación con los grandes momentos del obispo cartaginés.
- A Donato (Ad Donatum) (año 246): escrita poco después de su bautismo, es importante para conocer los motivos que lo impulsaron a abrazar el cristianismo.
- Los ídolos no son dioses (Quod idola dii non sint) (entre el 246 y el 249): obra de los primeros años de adhesión al cristianismo. Se trata de una serie de notas de sus lecturas de Tertuliano y Minucio Félix, cuya principal finalidad es combatir la religión pagana.
- Colección de “testimonios”, dedicada a Quirino (Ad Quirinum: Testimoniorum libri III) (¿año 249?, o antes de esa fecha): es un florilegio de sus propias lecturas de las Sagradas Escrituras.
- Sobre el vestido de las vírgenes (De habitu virginum) (año 249): probablemente es su primera obra como obispo; se aprecia en ella una gran influencia del De cultu feminarum de Tertuliano (ver también la Ep. 4 de Cipriano).
- La oración del Señor (De dominica oratione) (año 250, o 252?): también se advierte en ella un gran parecido con el De oratione de Tertuliano. Cipriano ofrece una muy sencilla interpertación del “Padrenuestro”.
- Sobre los apostátas (De lapsis) (a comienzos [o mediados?] del 251): aborda la espinosa cuestión de la apostasía en la persecución; está, pues, ligada a la persecución de Decio y sus consecuencias.
- Sobre la unidad de la Iglesia católica (De ecclesiae catholicae unitate) (primera mitad del 251?): es un verdadero “tratado” de eclesiología. El cap. 4 presenta dos redacciones obra del mismo Cipriano. La primera se muestra más favorable al primado de Pedro.
- Los celos y la envidia (De zelo et livore) (251/252; o verano del 256?): en esta obra es posible advertir un eco de las controversias suscitadas contra Cipriano por su actitud en la persecución, pero que ya habían comenzado con motivo de su elección para la sede episcopal.
- Sobre la mortalidad (De mortalitate) (años 252/3): sale al paso de las dificultades provocadas por la peste.
- Sobre las buenas obras y la limosna (De opere el eleemosynis) (año 252): si no somos llamados al martirio, también se puede alcanzar la perfección por medio de la limosna, que aunque menos heroica, no por eso es menos importante.
- A Demteriano (Ad Demetrianum) (años 252/3): contra la objeción que se le hace en el sentido de que los males presentes son un castigo divino y los culpables de ello son los cristianos.
- Sobre el bien (o la bondad) de la paciencia (De bono patientiae) (a comienzos del año 256): podría ser que se trate de una homilía. Se advierte una dependencia del De patientia de Tertuliano.
- A Fortunato, exhortación al martirio (Ad Fortunatum de exhortatione martyrii) (257/258): escrita durante la persecución de Valeriano, es la última obra de Cipriano; presenta un florilegio de textos de las Sagradas Escrituras sobre los deberes del cristiano en tiempos de persecución.
- Epístolas (Epistulae): son en total ochenta y una; sesenta y cinco del mismo Cipriano y dieciséis de otros personajes que le escriben al obispo de Cartago: el presbiterio romano, Cornelio y Firmiliano son sin duda los más relevantes. Las epístolas 1 a 4 tratan temas diversos: la prohibición de hacerse tutor un presbítero; sobre si un actor convertido puede enseñar arte dramático; sobre un diácono que ha ofendido a su obispo; sobre las vírgenes que cohabitan con varones. Las epístolas 5 a 43 abrazan el período de tiempo en que Cipriano permanece en retiro a causa de la persecución de Decio. Las cartas 44 a 61, 64 y 66 son la correspondencia entre Cipriano y Cornelio obispo de Roma (251-253); son particularmente importantes las epístolas 44 a 55 pues abordan el tema del cisma de Novaciano. Las epístolas 67 y 68 son la correspondencia con Esteban, obispo de Roma entre 254 y 257. Las cartas 69 a 74 están dedicadas a la controversia bautismal. La 62 está dirigida a ocho obispos de Numidia. La 63 es casi un tratado sobre el “sacramento del cáliz del Señor”. La 65 recomienda a la iglesia de Assuras (¿en la Proconsular?) no autorizar a un ex obispo a retornar a sus funciones, ya que éste ha sacrificado a los ídolos. Finalmente, en las epístolas 8 y 33 falta el destinatario; atendiendo al contexto, la segunda de éstas parece dirigida a unos “lapsi”.
A las obras de Cipriano ya mencionadas debe sumarse la “Vida de Cecilio Cipriano” (
Vita Cecilii Cypriani), obra del diácono Poncio, ya que si bien se trata de un panegírico del santo es importante para conocer, sobre todo, algunos detalles de su martirio. Traducción castellana de C. Miglioranza,
Actas de mártires, Buenos Aires, Eds. Paulinas, 1986, pp. 138-142.
Continuación
[1] Ver la catequesis del papa Benedicto XVI: http://www.mercaba.org/Benedicto%2016/AUDIEN/2007/06-06_Cipriano.htm